FIN DEL CAPITULO 6



     -En un tiempo remoto, en que los dioses de ahora aún no habían sido creados, vivió una mujer sublime en su belleza, princesa de Edom hija de Herodia que en su juventud no había sido menos bella. En ellas la belleza y la maldad eran tan perfectas que sólo mirarlas corrompía el alma. Herodes por entonces convivía con la madre, mujer de su hermano Filipo. Gustaba admirar a la muchacha bailar en su palacio, ver sus sugerentes movimientos, deleitarse con su cuerpo que se intuía a través de las sutiles trasparencias del vestido. Salomé sabía que aquel baile hipnotizaba a los que miraban, que anulaba su voluntad. Conocía el poder de su movimiento, envolvía como las serpientes a su presa hasta que le mordía e inyectaba el veneno. Herodes poseído por el ardor que provoca la pasión, ciego por la lujuria quizás, le prometió lo que ella deseara incluso la mitad de su reino si bailaba para él. Y tras la danza Salomé exigió su trofeo. No eran palacios, ni esclavos, ni joyas, ni oro. Pidió algo que sólo el odio o el amor pueden pedir. La muerte. Exigió a Herodes la cabeza de Juan el Bautista, un hombre tenido por profeta, de la misma familia que Jesús de Nazaret. Había sido apresado por Herodes debido a que temía su mensaje y su poder sobre las gentes, porque criticaba su pecado al convivir con la mujer de su hermano. Por venganza, instigada por su madre pidió Salomé su cabeza, que tras decapitar le sirvieron con una bandeja de plata. Aunque esta es la versión oficial, a mí sin me gusta más la historia de Oscar Wilde y sé que fue el amor, el amor no correspondido de Juan el que quiso vengar Salomé para arrancarle el beso que le negaba en vida.
            Yo que había permanecido momificado, agarrado por mis patas al palo de mi jaula, estuve a punto de caer. Desmayarme de emoción. Pero tras un silencio de Aristóteles recuperé el habla.
            -¿Por qué te interesa tanto Salomé? Es una mujer perversa. Por celos o por rencor arrebata la vida a un inocente, sin  un atisbo de remordimiento.
            -No es el acto de Salomé lo que admiro de ella. Es lo que representa. La historia está vestida con el ropaje que se desea para llevar al oyente un mensaje perverso. La maldad del deseo de lo inalcanzable. La destrucción que provoca la belleza, la mujer que hace perder la razón y se paga con la culpa del remordimiento de una cabeza ensangrentada sobre una bandeja de plata que pesará sobre la conciencia para siempre. Para mí, Salomé no es el deseo oscuro de llevarte a la perdición. Es la belleza de su baile, la armonía de sus formas que pueden hacerte perder el sentido, pero a la vez elevarte hasta el paraíso. Si te fijas en el capitel, mientras la bailarina es el movimiento, su cuerpo se contornea elegantemente con los brazos en jarras, en una postura casi imposible de contorsionismo, el músico permanece estático, hierático, ausente a la realidad. Ella está llena de vida, apunto de escapar del capitel, mientras el arpista permanece atrapado en la piedra en que fue esculpido, como el resto de las figuras de los capiteles. Salomé rompe con el misticismo para abrirse a la realidad, rompe con las figuras inertes y toma vida. Pese a que es representada como el pecado, el mal al que está abocado todo aquel que ceda a las tentaciones terrenales, para mí es la salvación. Ella representa a la mujer creadora, rompedora de moldes, la victoria de la luz sobre la oscuridad, del placer sobre el dolor de la vida. Es la representación del triunfo de la belleza sobre la fealdad. Acuérdate de los ángeles que estaban representados en el capitel, tu mismo me dijiste que te parecían grotescos. Ella en cambio te seducirá.
            -¿Cómo sabes que me seducirá? ¿Acaso olvidas que no soy un hombre si no un pájaro y esas formas no son para mí sensuales?
            -Verás en ella como yo veo a tu propia Salomé. Al amor por el que serías capaz de cometer cualquier barbaridad. A la que ofrecerías como Herodes hasta la mitad de tu reino si bailara para ti. Nosotros somos como Salomé una grieta en el firme muro de la realidad, quizá por eso nos seduce la historia de la mujer, de su osadía y su desafío. ¿O acaso no estamos incumpliendo nosotros todas las reglas de la lógica, persiguiendo el amor? Un pájaro y un viejo, persiguiendo un sueño...
            No pude dormir esa noche. No estoy seguro de si los pájaros soñamos, porque nuestro sueño es como un duermevela, un estado de vigilia amodorrada, un sopor. Pero si sé que esa noche me visitaron imágenes de periquitas de cuerpos exquisitos, cabezas cortadas de pájaros cuyos ojos me miraban, espadas y sangre junto a músicas embriagadoras. Casi perdí el sentido de cual era mi objetivo al día siguiente en que me dirigí con las primeras luces del día a buscar la figura de Salomé entre los capiteles de San Pedro el Viejo. Sólo tras verlo y comprobar, como decía mi maestro, que su danza rompía la monotonía del resto de figuras, recordé que debía emprender la búsqueda de mi Salomé, como la había llamado Aristóteles. 
          Pasaron días en que la emoción del inicio se convertía en el tedio de la cotidianidad. Seguíamos buscando pero no teníamos resultados. Empezábamos a dudar de nuestra estrategia.
        Somos capaces de soportar casi todo. Somos invencibles. Somos indestructibles aunque no lo sepamos, aunque creamos que no podemos resistir, resistimos hasta la extenuación. 
       Somos frágiles, somos delicados. Peleamos con fuerza, pero nos quebramos como el cristal. Soportamos el peso de la vida y nos fundimos con la emoción del alma. Somos fuertes y débiles. Nos hace fuertes el futuro y sólo nos debilita el tiempo, cuando el futuro se acerca y no encontramos nada allí.
             No puedo decir de las dos semanas siguientes, más que no existieron. No se puede contar nada donde nada existe. El tiempo fue perdido, no corrió o si lo hizo parecía moverse en círculos, como nosotros. Un espacio vacío, un borrón en la memoria porque lo que se anotó ya se había dicho. Sucedía lo que puede ser olvidado sin perder nada, aquello que no sucede y no deja huella. Es posible que suceda pero nadie lo ve. Si no es visto, no existe, porque nadie es capaz de hacerlo propio. Dos semanas de conversaciones estúpidas, de diálogos de sordos con pájaros que cada vez me resultaban más odiosos. Los presos ya no me daban lástima, no los hubiera ayudado a escapar aunque me lo pidieran. No sabían, no conocían, no habían oído, no habían visto... ¿Entonces que eran?. ¿Mamarrachos, muebles con voz, adornos con plumas? Si no veían, ni oían, ni conocían ¿para qué estaban? ¿Qué dios inepto les había dado pico, voz, ojos, cerebro? Los pájaros libres que encontraba vivían su propia historia, aunque es verdad que se ofrecieron a contarme lo que pudieran ver. Les conté a todos mi propósito, sin revelar mi amistad con el viejo o mi capacidad de hablar. La historia les conmovía, sin duda, me hubieran ayudado si se hubieran tropezado de bruces con alguna información. Otra cosa es que fueran a buscarla. Tenían su propia vida, su compleja vida de pájaros y no podían dedicarse a otros propósitos que el de sobrevivir.
            Cada día salíamos, yo por la ventana y él por la puerta, nos dirigimos a la búsqueda, pero volvíamos a casa con las manos vacías y las piernas cansadas (yo con las alas cansadas, que sirve para ambas). Aristóteles cada día más agotado, porque el círculo se agrandaba y era mayor el espacio a cubrir.
            Empezaba a sentir el desaliento, ese gusano que roe las entrañas sin apenas ser percibido, con silenciosos mordiscos, que van dejando huecos en el ánimo. Los dos sentíamos la misma angustia, pero no lo hablábamos, dejábamos que nuestras charlas fueran a lo filosófico. A veces lo profundo es un excelente refugio contra  lo esencial, lo necesario. El mundo de las ideas que permanece en las cavernas del conocimiento es tan banal como las sombras que son la vida cotidiana. Nos refugiamos en la entelequia para no hablar de lo básico. Discutíamos de la divinidad, de la justicia y la libertad, pero no hablábamos de la soledad que llenaba nuestras existencias. Huíamos de comentar la decepción o la tristeza por el paso del tiempo sin frutos. Un tiempo que para ambos corría a gran velocidad. Él por su edad y yo porque mi vida de periquito, necesariamente más corta, nos acercaba a un final sin alcanzar a nuestro objetivo. Quizá era bueno no hablar del desencanto, porque es posible que aquello no hubiera hecho más que ahondar en el dolor, sin ser útil, ni mejorar nuestro ánimo.
            Lo único que decidimos fue cambiar la estrategia de búsqueda. En vez de cubrir el espacio como círculos a partir de la catedral que nos servía como referencia y que conforme se hacían más grandes eran más difíciles de cubrir, lo haríamos tomando segmentos de un círculo mayor. Como las porciones de queso que había visto comer a Aristóteles. Cada día tomaríamos una de ellas, hasta completar el gran círculo. De forma que el camino a recorrer fuera más corto. Esta fue una idea de él, porque decía que sus piernas no daban para más.
            El hecho fue que bien por el cambio o por que las cosas deben suceder, la semana siguiente hubo un cambio significativo, un resultado, aunque en aquel momento no sabíamos si era útil. Tuvimos algo a que agarrarnos. Como muchos descubrimientos fue un poco casual. En una de mis charlas con los pájaros con los que me encontraba encontré una posible pista. Fue una golondrina quien me lo dijo, por lo que al principio no lo creí. Las golondrinas pese a que están muy idealizadas en el ideario de los humanos, son pájaros inconsistentes, poco fiables, muy variables en su criterio. De la misma forma que realizan acrobáticos juegos aéreos con una maestría y elegancia perfecta, con cambios de dirección y recortes asombrosos persiguiendo mosquitos. De la misma manera realizan increíbles piruetas con sus pareceres. Son alegres y charlatanas, pero mentirosas e imaginativas, tan creativas en sus fábulas que no es aconsejable creer todo lo que dicen. Que cruzan inmensos territorios, mares, buscando el calor de África. ¿Quién puede creerlas? Yo en una ciudad pequeña no puedo orientarme apenas y ellas van a cruzar países enteros y el mar sin tener puntos de referencia, sin perderse y sin morir fatigadas en un vuelo tan brutal. Ya estaba acostumbrado a oír sus historietas de niñas presumidas y entraba en su juego por ganarme la confianza. Aún con eso no pude pasar por alto cuando comento una de ellas que por el noroeste más allá de la catedral, había estado hablando con una periquita azul que era nueva en la zona.
            Le pregunté por el nombre. ¿Cómo que el nombre? ¿Qué nombre? Me decía aquella estúpida, no sabía nada de nombres. No existía aquella palabra en el mundo de los pájaros. Si hubiera tenido manos la hubiera estrangulado, la hubiera torturado para que me ofreciera la información que necesitaba y certificara que no era una invención más de las suyas. Como aquello no era posible y si se hubiera ido volando no la hubiese alcanzado ni en sueños, le pregunté con amabilidad:
            -¿Cómo puedo llegar a esa zona?
            -Ya te lo dije. Volando al noroeste, pasada la catedral hay otro edificio con un patio y cerca de allí unas casas altas. Se ve desde lo alto una señal roja.
            - ¿Qué es una señal roja?.
            -Yo sé lo que he visto, pero no sé lo que significa.
            Otra vez echaba de menos tener manos para estrujarle el pescuezo.
            Otra vez calma y voz melosa de amigo agradecido.
            -El edificio con patio ¿Cómo es?
            -Es un edificio muy grande. Entran muchos niños. Yo que sé.
            Dispuesto como estaba ya a lanzarme sobre ella, salió volando. ¿Qué puedes esperar de una golondrina? No pueden estar quietas y si además les preguntas asuntos que le son ajenos... Tienen cosas tan importantes en que pensar... como cruzar océanos..
            -¡¡Vuelve que quiero preguntarte algo más!!
            Se perdió mi grito en el espacio vacío. Maldecí a aquel ser, sin pensar que no tenía nada antes y quizá ahora con lo que me había dicho podría conseguirlo.
            Cuando llegué a casa, por la tarde, esperaba poder contarle todo aquello a Aristóteles. Regresé pronto, al entrar encontré al viejo derrumbado sobre el sillón, lívido, ojeroso, inmóvil. El miedo me paralizó. No podía morirse ahora, lo necesitaba y él abandonaba el barco. Me precipité hacia él, desesperado. Revoloteando en su cara como si pudiera resucitarlo con el aire de mis alas. ¿Cómo comprobar si estaba muerto o aún vivía? ¿Y en caso de que así fuera, qué podía hacer? Mi cerebro  era pura agitación, un violento choque de ideas, un furioso vendaval de emociones. De la misma forma que había volado la golondrina dejándome con la palabra en la boca, me quedaba mudo de espanto al pensar que había perdido a mi brújula.

PARTE SEGUNDA. Las aventuras de un buscador


Capitulo 6.
“Nada cambia. Todo se desvanece”

            Allí estaba yo encaramado a la ventana. En el tiempo donde la noche y el día se disputan el triunfo. Cuando el sol libera su luz asomando tímido por el horizonte. Cuando la mañana fresca augura un día caluroso pero que invita a sumergirse en la vida, no quedarse al margen.
Allí estaba yo encaramado a la ventana.
            Cuando el tiempo no significa más que una lucha por llegar a la meta, pero a la vez el tiempo es irreal porque no atraviesa la barrera del presente. Un tiempo indefinido en que se mira al mundo con la desconfianza que se mira a un extraño. Allí estaba yo inmóvil en la ventana mirando el espacio que quedaba bajo mis patas. Una ciudad desconocida, casas, tejados de gente extraña, calles, iglesias, patios y jardines que no eran mi mundo, que hasta ese momento no habían sido mi mundo, pero que ahora si lo eran, o quizá no. Allí en las alturas, desde la ventana de un segundo piso de la plaza de la Moneda, viendo la calle Desengaño como una premonición, un aviso, un sarcasmo del destino. ¿Había sido casual que el viejo hubiera ido a vivir frente a la calle Desengaño? ¿No había en toda Huesca otro lugar más acogedor para un anciano que aquel piso sin ascensor?
            Allí desde la ventana, inmóvil, como un pájaro disecado, contemplaba la ciudad que amanecía, veía mi futuro incierto. Es posible que en aquel momento en que clavado sobre el alfeizar de la ventana no mirara nada, o mejor no viera nada. Sólo estaba allí cumpliendo un ritual, celebrando una libertad que no lo era, o que si lo era no sentía. Los momentos que la vida retiene en la memoria nunca son los momentos más importantes. No siempre son nítidos paisajes. Los elige porque imprimieron en el cerebro la imagen que certifica tu paso por aquel tiempo. Esa imagen era yo, allí en la ventana, estoico, como un fantasma que acechaba la ciudad que despertaba.
            Cuando el sol elevo su rostro y el brillo de su luz penetró en mis ojos, tuve que dejar de mirar y los abrí para verme allí encaramado a la ventana. Entonces comprendí que no debía pensar si no actuar. Volar y buscar a Quica.
            Desde la pajarera, desde mi infancia cuando aprendí a volar, no me había lanzado desde una altura para iniciar el vuelo. Ahora veía el precipicio de la fachada, con las calles abajo y no sabía si era capaz de recordar el vuelo de un pájaro libre.
            Es fácil acostumbrarse a la esclavitud, la indolente comodidad de quien sabe que no puede decidir su vida. Esa docilidad impuesta o asumida que permite un tránsito dulce-amargo, la indiferencia ante el mundo de quien se sabe al margen. En la libertad, el dolor, el desprecio, el miedo, el deseo, la felicidad, todo lo que la vida ofrece está en nuestras manos (en mi caso en las alas) y tenía que volar.
            Cerré los ojos y me lancé al vacío, ellas se movieron solas, como si hubieran estado años esperando esta oportunidad de demostrar su propósito. Cuando abrí los ojos estaba sobre los tejados, ascendiendo por la calle Desengaño y veía ya la torre de la catedral. Empecé entonces a ver que la altura, el poder que da la altura, sería siempre mi poder. Que los pájaros podemos ver desde el cielo aquello que los hombres imaginan en sueños. Tuve que detenerme en uno de esos tejados para tomar aliento y sentir que mi corazón de periquito que corría veloz en reposo, galopaba ahora en mi pecho. Me hizo sentir vivo de nuevo. Sólo con Quica se había desbocado como ahora. Y cuando me detuve, me vi a mí mismo allí encaramado a un tejado pero dueño de mi destino.
            Volví de nuevo a  la ventana para hablar con Aristóteles. Necesitaba contarle que estaba vivo, que su libertad no me había matado de emoción, que había vuelto a notar vibrar las cuerdas del impulso de vivir.
            Teníamos que establecer la estrategia de búsqueda. Tomaríamos como centro la plaza de la catedral y empezaríamos a buscar en círculos concéntricos. Debíamos tener cuidado en que no pasase desapercibido ningún espacio. Ser meticulosos en el examen de cada casa, de cada patio. Yo lo haría parándome en las ventanas y mirando a su través, escrutando los rincones. No llamaría la atención porque había otros pájaros como yo que desde que amaneciera iniciaban sus viajes a ninguna parte, hablándose en trinos y gorjeos. Abejarucos, ruiseñores, tordos, zorzales, alondras, gorriones, vencejos, chorlitos, todos aves de paso. Mezclado entre zureos de palomas y tórtolas, gritos de aviones y las golondrinas que cazaban si cesar en aquellos acrobáticos vuelos que yo admiraba. No era más que un extraño en aquel mundo nuevo. Un periquito que no pertenecía a aquel paisaje pero que no destacaba en la algarabía de la mañana.
            Aristóteles pasearía las calles de manera que pudiese encontrarse con el matrimonio que  compró a Quica, entablar con ellos un dialogo y la recompra del pájaro que por error le vendieron en la tienda de animales.
            Pasé la mañana en aquel tedioso oficio de buscador, de quijote enajenado, de voyeur improvisado mirando por ventanas y balcones, asomándome a vidas ajenas hasta que el sol fue calentando mi cuerpo. En cada parada sentía el aleteo de mi corazón que se aceleraba. ¿Podría encontrar a Quica? ¿Y si la viera que haría? No lo sabía, pero lo primero era encontrarla. Es verdad que algunos pájaros estaban en sus jaulas a la sombra en los patios o ventanas, cantaban músicas evocadoras de sueños que quizá sólo habían escuchado a otros. Eran como hasta entonces yo había sido, esclavos sin saberlo. Hablé con ellos, les pregunté por Quica. Ninguno podía darme información, vivían en el reducido mundo de sus casas, sin más contacto que el de sus propios amos y ocasionales visitas de pájaros libres. No envidiaban esa condición, si les hubiese abierto la  puerta de la jaula se hubieran quedado. ¿Qué puede ofrecer el mundo a un pájaro que no sea otra esclavitud diferente a aquella? La necesidad de buscar cada día alimento, la de volar evitando caer en manos de nuevos amos, huyendo de los gatos, esquivando peligros en una ciudad llena de ellos. La mayoría preferían esa confortable sumisión, la vida regalada en hermosas jaulas a cambio de sus trinos. No entendían como yo había escapado de la paz, para buscar a alguien que probablemente no me esperaba y no querría venir conmigo en esa absurda aventura. La historia se repetía tanto en machos como en hembras. Los afortunados que vivían en pareja tenían un motivo más para quedarse, notaba como mi conversación casi les molestaba por innecesaria. Por más que no fueran de gran ayuda no podía dejar de entender su punto de vista. No gasté el tiempo en mostrarles otros caminos, como hacía tiempo ya habíamos hecho en la pajarera. No entoné cantos libertarios como los de nuestro jilguero en la tienda.
            Aunque bebí varias veces de los pequeños posos de agua que quedaban en las fuentes, el castigo del calor y el cansancio fueron los acicates para volver a casa, al refugio que de momento tenía.
Vi la ventana abierta, la vi con otros ojos, con los ojos del hijo pródigo que espera ser recibido con alegría. Volvía a casa por propia voluntad, como un ser libre. Aunque a la vez volvía porque era un lugar donde encontrar comida y seguridad. Entré a mi jaula a comer y beber, a resarcirme de la jornada, que había sido parca en resultados pero generosa en sensaciones. Reposé sólo en la barra, dormitando hasta que Aristóteles volviera y poder contarle mis andanzas de Quijano.
            A la caída de la tarde llegó él, cansado, era un viejo que otrora había sido un hombre vigoroso, pero había agotado su tiempo y sus fuerzas. Él también había estado recorriendo las calles, había entrado en las tiendas, panaderías y ultramarinos para tratar de encontrar a los nuevos dueños de Quica. Había comido con su hijo después de visitar la tienda y juntos habían estado en el médico. Su hijo se empeñó en acompañarlo y en que lo visitara. Era un amigo suyo. Tras la visita, su hijo insistió en que fuera a vivir con él, estaba demasiado mayor para vivir sólo. Imaginaba que el pronóstico de su amigo no era muy optimista cuando su hijo le invitaba a su casa. Él ya lo sabía. Tuvo que sacar al cascarrabias que habitaba en su interior para evitar aquel error. Finalmente su hijo entre enfadado y aliviado cedió. Venía exhausto, las batallas contra la vida le cansaban más que los escalones de su casa. En el momento de entrar en la vivienda sin embargo un amago de sonrisa asomó a su cara. Quise ver una sonrisa donde es posible que sólo existiera un rictus de contrariedad, de inquietud, al verme en la jaula. No le pregunté, los dos necesitábamos hablar de otros asuntos. Lo dejé que recuperara el aliento, que desde su sillón encarado a la jaula y la ventana, tomara fuerzas para contarme sus descubrimientos, si es que los había, y sobre todo para que escuchase mis historias.
            Los dos convenimos que aquella estrategia, aquella búsqueda era la más útil, que más pronto o más tarde daría sus frutos. La Esperanza, aquella virtud perdida en el fondo de la Caja de Pandora, era ahora nuestra bandera. Él que había renegado de la esperanza como de un apestado. Él que la veía como el refugio de los débiles. Ahora alentaba la empresa de esperar, de no perder la Fe en nuestro proyecto.
            Aquel hombre, ateo beligerante que trataba de repudiar a Dios como a un leproso, ahora ejercía de penitente, de apóstol, predicando para mi la Fe y la Esperanza. Sólo me quedaba saber que mi liberación podía ser fruto de la Caridad. Las tres virtudes teologales al servicio de un católico renegado. Le hice ver la contradicción de aquella situación. Con tono sarcástico le lanceaba para molestarlo, pero a su vez para entrar definitivamente en la vida de aquel viejo sabio, resabiado por la vida.
            Primero explotó, enfurecido por la ofensa, quedó pensativo y estalló en una risa que me asustó más que la diatriba que previamente me había lanzado. Éramos una pareja extraña. Un periquito socarrón que no podía reírse más que de sí mismo. Un anciano ateo que lanzaba anatemas contra un pájaro charlatán. ¿Cómo es posible que la vida nos ofreciera paradojas tan ocurrentes? ¿Es posible que sólo seamos títeres cómicos de una ópera bufa y que la vida no sea más que esa representación? ¿O que estemos en manos de un sádico que se divierte a nuestra costa?
            Los dos acabamos riendo. Bueno más bien él reía, yo imitaba la risa. Los periquitos podemos imitar el canto de muchos pájaros y la risa es como un canto, o un llanto. Pero de la misma manera que no podemos llorar, no podemos reír. La risa no es la cualidad que más echo de menos entre mis carencias. La risa alivia la tensión, produce una especie de endorfinas, como el ejercicio. La risa puede ser también la forma de escape al miedo, a la inseguridad. La risa que borra lo oscuro, le da brillo a la negrura de la vida. Tiene poder, sin duda, como la palabra, como la súplica, pero teniendo la palabra no es necesaria la risa. Porque la risa es una especie de lenguaje sin palabras, pero que sucede a la palabra, por tanto se supedita a ella. Los mimos hacen reír sin hablar, lo conozco, los he visto con sus caras pintadas, creando un mudo discurso que inspira risa o pena. Por que en los hombres la palabra existe también en el gesto. Se puede decir mucho sin hablar. La boca, los ojos, las manos son como gargantas mudas que producen frases, poemas, maldiciones sin un sólo sonido. Un periquito tampoco puede gesticular, otra contrariedad, pero en cambio puede volar.
            Cuando la risa acabó, estábamos allí, cada uno en su lugar, mirándonos sin acabar de creer lo que veíamos, sin dejar de necesitar que fuera cierto. Los dos en el mismo barco, en la misma empresa. Sólo un día de búsqueda, pero vacío ¿Cuántos más quedarían?  Hasta cuando podíamos seguir con aquel plan.
            Todos los días parecían iguales, volvía a la tarde, siguiendo el rastro de San Pedro el viejo como me recordaba cada vez Aristóteles. Sería porque él también era un viejo y la iglesia le resultaba especialmente simpática. Una de las tardes con el sol coloreando en ocres los colores de la piedra, decidí pasarme por aquel templo que parecía una pobre parroquia avejentada, como su nombre. Me paré en uno de los árboles de la plaza, confundido mi verde con el de las escasas hojas que empezaban a brotarle a aquel árbol. Frente a mí quedaba la puerta arqueada sobre la que estaban escritos antiguos lenguajes que lejos de mí pretendía entender. Veía sobre el arco la figura de dos seres alados que sostenían una esfera con dibujos, miraban de frente con sus ojos saltones ¿me estaban mirando, o miraban a aquellos que entraban como reclamando su atención? No podía apartar la vista de aquella mezcla de pájaros y hombres que sostenían el ojo redondo con un mensaje que debía ser leído al penetrar en el templo. Yo había visto ángeles en imágenes, pero siempre resultaban seres imaginarios perfectos, rodeado de nubes, aureolados por una especie de divina virtud que los convertía en semidioses. Tan bellos, tan perfectos que dejaban de ser creíbles. Pero allí había dos hombres con rostros grotescos, dos figuras claramente imperfectas. De sus cuerpos nacían dos alas que parecían a punto de iniciar un vuelo. Era posible que aquellos seres, hombres-pájaro, hubieran existido alguna vez. Que mensaje portaban en sus manos. Lo preguntaría a mi maestro particular. Ese día tenía algo de qué hablar con Aristóteles que no fuera de la búsqueda.
            No entendí todo lo que me contó del Crismón, el símbolo representaba las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, junto con el alfa y omega que representan el principio y el final. Aquel dibujo era la representación de las bases del cristianismo. Todo un ensayo de teología reducido a un dibujo. Una representación del Dios, uno y trino que sólo un humano es capaz de comprender. Aunque tampoco mi contertulio era un convencido de aquel mensaje. Lo que realmente envidiaba era la capacidad de simbolizar, de resumir a un esquema, a un signo, una ley, una religión. Los hombres eran capaces de realizar las más grandes obras en el lenguaje. No se limitaban a hablar, a gesticular, eran capaces de escribir compilando el saber en una representación gráfica. No abría el pico ni para respirar, era tal la emoción que me contenía que sólo salí del encantamiento cuando me dijo:
            -¿No vas a acabar profesando la Fe de Cristo? porque no creo que pueda convencer a ningún cura para que te bautice.
            -Te burlas de mi, pero sólo admiraba la capacidad de entender un símbolo, la envidia que me produce, la emoción de poder explicar en una imagen una historia.
            -Los hombres eran entonces, tan incapaces como tú de leer las Sagradas Escrituras, eran los ministros de Dios quienes les explicaban el mensaje de la Iglesia. La pintura y la escultura han hecho mucho por el clero. Les han permitido llegar a los iletrados, para que resultaran tan crédulos como tú. Para creyesen en aquel mensaje divino enrevesado, adornaban la palabra de su Dios de historias llenas de personajes fantásticos. Hermosos, malvados, perversos, santos. Pocos de ellos eran gente normal, todos ellos se dejaban seducir por el pecado o bebían de la santidad en sus actos, obraban actos milagrosos, increíbles, sólo al alcance de los elegidos. Los humildes, los profanos, como tú, quedaban fascinados de vidas tan maravillosas, lejos de las suyas, mundanas y sometidas a las necesidades. Esa es la base de la Fe. La ilusión, la fantasía, el milagro, la redención, la esperanza en un futuro glorioso. No existe ninguna religión que no cree sus propios héroes y villanos, sus palacios, sus cielos e infiernos. Es justo maravillarse de aquel símbolo del Crismón, lejos de su significado, su concreción y su belleza es admirable. Yo también he pasado algunas tardes admirando aquel pórtico. Sólo cuando pienso en las vidas malgastadas por aquel mensaje, cierro los ojos y huyo de su poder de atracción, de su magnetismo.
            -Sólo hablas de las vidas malgastadas por un mensaje que habla de amor. Supongo que habrá habido alguna que se ha salvado por mediación de ese mensaje de fraternidad.
            -Los tontos como tu y yo vivimos el amor sin necesidad de dios o hicimos que Dios fuera para nosotros el otro. No somos ni más ni menos santos que los curas, los imanes o los rabinos. Pero como veo que te fascinan las historias de los hombres, te contaré la que en verdad más me gusta a mí. Cuando vuelvas a San Pedro el Viejo, mira en su claustro. Las columnas están rematadas en su parte más alta dónde se sujeta el arco por capiteles, son bases labradas de imágenes. Busca la de Salomé, la bailarina que se contonea al son de la música del arpa en un gesto provocador, sus cabellos caen como desprendiéndose, formando toda ella un arco. Escucha la historia que cuenta.
            Empezó entonces a contarme como si de un niño se tratara, la historia que le apasionaba, porque mientras la narraba cerraba los ojos como queriendo ver a la bella Salomé en su danza. O quizá recordando a su mujer, Inés, su musa.
           CONTINUARA...

capítulo 5

Capitulo 5.
“El equilibrio de las moléculas es fruto de la unión de átomos incompletos, inestables”

            -Yo también perdí lo que más quería. Somos como almas gemelas. La mayoría de los hombres consumen su tiempo sin haber descubierto esa otra mitad. Otros no son capaces de reconocerlo aunque esté a su lado, porque pasan la vida mirando hacia sí mismos, no a su alrededor. Pero quien lo descubre no vuelve a poseer otro bien más preciado. Yo lo tuve, lo disfruté y lo perdí. Tú eres ahora mi segunda oportunidad.

            Me encontraba allí escuchando aquel viejo, hablándome de su amor perdido, de nuestra similitud espiritual y no estaba seguro de querer escuchar sus palabras. Es verdad que Aristóteles creaba en mí la extraña sensación de estar conversando con mi pasado, su voz oscura y templada me traía el aroma de mi pajarera rodeada de las encinas a las que creía estar oyendo. Puede que esa fábula de nuestra comunicación astral, de la afinidad de nuestras almas a él le resultase útil, pero a mi no me servía de nada. A mí me sonaba a algunas nociones de química que escuche y nunca acabé de entender, de átomos que se buscan, de moléculas formadas por átomos inestables que tras su unión encontraban el equilibrio, paparruchadas. No podía sin embargo evitar su monólogo, no tenía más palabras que decir, se había secado el pozo de mi manantial y era un erial, sólo polvo y piedra.
           
           -Mira Pericles, yo nací en un pueblo de Teruel. Un pueblo pequeño como muchos de aquellas tierras. Mis padres vivían en una de las casas de las afueras del pueblo, aunque llamarle afueras es absurdo en ese pueblo que todo él, era las afueras del mundo. Tenían un huerto regado con un pozo del que podíamos tener las verduras que eran casi un lujo para los hombres y mujeres del secano. Tierras de siembra y pasto con la que obtenían lo justo para vivir y alimentar una cabaña de ovejas y cabras. Dos hermanas mayores y un hermano también mayor que yo formábamos una familia, como cientos de ellas por aquellos lugares. No sobraba de nada en nuestra infancia, pero no faltó nunca amor, ni siquiera con los malos tiempos que pasaron faltó tampoco comida. Mi padre se ocupaba de trabajar, dejándose el sudor y la vida en cada surco de aquella tierra árida. Nos veía como una bendición de un dios que nunca vino a visitarnos, pero también éramos como los eslabones de la cadena que lo ataban al arado y la fatiga. Nunca se quejó, aunque lo veíamos poco en la casa de pequeños, cuando llegaba nos llenaba de alegría, porque mi madre se ocupaba de anunciarnos a nuestro padre como a un rey mago, como un ser de otra dimensión. A veces incluso nos lo parecía, cuando nos traía en su morral o en el capazo de esparto los primeros higos dulces como la miel, unas manzanas rojas como recién pintadas,  pasteles cuando bajaba a la capital con el carro. Nuestro padre fue siempre como la figura intocable, que por su nobleza había que  reverenciar y obedecer, pero nunca pudo ser la figura de amor y protección que quizá él hubiera querido. Nos quiso a su manera, pero siempre a través de nuestra madre. Ella era la luz de la casa, el calor, la sal. Lo fue para nosotros y lo era también para mi padre que la amó, también a su manera, pero con absoluta entrega. Mi madre nos fue dando el cariño, que la vida nos escatimaba. En aquella pobreza, nos sentimos como príncipes. Las calabazas fueron carruajes, el borrico y la mula dos magníficos corceles y nuestras ropas de los domingos eran brocados a nuestros ojos, todo lo veíamos a través del tamiz de mi madre. No puedo imaginar una infancia más feliz. No desearía cambiarla por la infancia de ningún señorito, como los que veíamos endomingados cuando bajábamos a las fiestas mayores del pueblo cercano a nuestra aldea. Nuestra inocencia no nos dejaba ver, que tras aquella fantasía que mi madre adornaba con sus mimos y sus historias, había un trabajo de sol a sol, un sacrificio de aquellos dos mártires sin otra causa que nosotros mismos. Un trabajo que para mi padre eran el campo y el ganado y para mi madre eran el campo, el ganado, la casa y sus hijos. Un trabajo que lo ocupaba casi todo, que dejaba sólo resquicios pequeños para el solaz, destellos de sol en el invierno. Conforme fuimos creciendo lo fuimos comprobando. Fuimos entendiendo nuestro mundo al despertar del sueño, de la ilusión que nuestra madre había tejido para nosotros. Mis hermanas primero, incorporándose pronto a las tareas de la casa, al cuidado de los animales. Luego mi hermano mayor que acompañó a mi padre al campo tan pronto tuvo posibilidad de llevarle el botijo. “Si tu me traes el agua, ese tiempo que puedo yo aprovechar para seguir trabajando” Esta era la atroz filosofía de un mundo que descubríamos con pena, el mundo de los pobres. Yo también dediqué mi tiempo a los quehaceres del campo y de la casa, pero el amor de mis hermanas que me mimaban como a su fuera su propio hijo, el pequeño, el niño de la casa, me alejaron de muchas horas de sol y sudor.
           
            Siempre fui un niño extraño, diferente a otros niños de la aldea. Cuando era pequeño sorprendía a todos por mis agudas respuestas, por mi agudeza en captar los matices que parecían reservados a los más mayores. Era un solitario aunque me rodease de gente. Me gustaba la soledad, me permitía vivir mi mundo. Pasaba muchas horas con los animales, me gustaba estar con ellos, darles de comer, limpiarlos, sentarme a mirarlos. Ayudaba a mi padre en el pastoreo de las ovejas y me encantaba ir con él cuando vigilaban alguna de las que estaban cerca del parto. Atendimos muchas veces partos difíciles, a veces con el veterinario, pero la mayoría solos. Aprendí pronto a leer en la escuela, cuando descubrí como aquellos signos dibujados significaban palabras y estas componían historias, pensé que todos aquellos libros que me prestaba la maestra estaban escritos sólo para mí.
            
           Mis padres querían que estudiase y me empeñé en que aquel esfuerzo que hacían no fuera baldío, leía todo lo que caía en mis manos, en realidad no me costaba, era un placer adentrarme en los mundos sugerentes de los libros, escapar de aquella realidad que deseaba dejar atrás para buscar otros horizontes. Los niños del pueblo iban al colegio cuando podían o les dejaban. Sólo una niña y yo acudíamos regularmente, éramos los dos raritos de la aldea. Ella fue casi la única amiga, compartía conmigo sus ensoñaciones, alimentábamos la certeza de salir de aquella cárcel dorada. Fuimos construyendo juntos planes de huida, futuros que por fuerza iban a estar lejos de la aldea, en la ciudad que prometía un paraíso de rosas y miel.
          
           Nada fue como esperábamos, pudimos estudiar en el pueblo hasta el bachiller. Pero despertamos el día en que acabamos el curso y supimos que ella no iba a poder seguir porque le habían ofrecido un puesto de secretaria en el Ayuntamiento que su padre no tardó en aceptar en su lugar. Era una oferta inmejorable a los ojos de aquella familia con pocos recursos, cuya hija tendría ahora un sueldo y podría aspirar a conocer quizá a un hombre mejor situado que la sacara del campo.
           
         Mis padres habían hablado con un familiar que vivía en Zaragoza, aceptaron que viviera con ellos a cambio de un pequeño hospedaje. Yo iba a iniciar los estudios de veterinaria. Nuestra separación fue dolorosa, no podíamos creer ser capaces de hacer una vida por separado, cuando todos los planes estaban premeditados para dos. No habíamos hablado de amor o de vida en común sino de una huída juntos, compartiendo sueños. La vida no te pregunta si lo que te corresponde es lo que habías pedido, simplemente discurre por el camino que marca el destino o la fortuna, ajena a tus planes. Emprendimos nuestros caminos como dóciles corderos con la promesa de que nos mantendríamos en contacto a través del correo. Sus cartas fueron el combustible que me daba energía para aquella vida en la capital. La carrera me gustaba, amaba los animales y la perspectiva de poder aprender a sanarlos me animaba, pasaba muchas horas estudiando y no se podía tener queja de mis notas. El estudio además de resultar placentero, me permitía mantenerme sólo en mi habitación. No es que no me tratara bien mi familia, pero yo era poco hablador, poco sociable. La correspondencia con mi compañera llenaba el espacio de relación social que era capaz de soportar. Podía escribir en soledad, podía hablar con ella como si hablase conmigo mismo. En la facultad tuve algunos amigos, pero su amistad se circunscribía a las aulas, a un intercambio de ideas pero no de sentimientos. Nunca tuve capacidad para establecer relaciones personales mas que con gente en la que pudiera unirme la afinidad de caracteres, la identidad de sus proyectos con los propios. La única relación que fue creciendo era la que a través de las cartas y los encuentros durante las vacaciones  tejimos mi compañera y yo.
             
          No me fue difícil acabar la carrera ni encontrar trabajo a través de profesores que vieron en mí, un individuo competente y con verdadera vocación por el trabajo. Conseguí un puesto de veterinario en la Facultad, primero como becario, pero pronto me ofrecieron un puesto fijo que me permitió pagar el  alquiler de un piso y vivir holgadamente.
           
          No tardé en volver al pueblo con el propósito de pedirle a mi compañera que viniera a vivir conmigo. No fue una ardua negociación, no tuve que rogar para que aceptara. Me dijo: “Te estaba esperando” y partimos como dos fugitivos. Comunicamos a las familias que nos íbamos a vivir juntos sin esperar siquiera su aprobación. Vivimos un tiempo en Zaragoza pero los dos sabíamos que este no era el lugar que deseábamos. Los dos exhibíamos en nuestra frente el estigma de los pueblerinos. Buscábamos la tranquilidad del campo o de la ciudad pequeña. Dejé la Facultad ante la perplejidad de mis compañeros. Nos fuimos a Huesca donde abrí una clínica. Allí es donde realmente nos sentimos como una familia y donde tuvimos a Juan. Puedo decir que he conocido la felicidad, toda la felicidad que alguien es capaz de sentir sin romperse. Trabajábamos juntos, ella me ayudaba en la recepción y con los animales. Cuando Juan nació ella supo dividir su corazón a partes iguales y a ninguno de los dos nos faltó amor. Es cierto que la memoria puede traicionarnos cuando hemos idealizado un momento. Lo sé, pero no consigo ver ni un sólo día en el que no me haya sentido dichoso de los muchos años que pasé en la clínica.
           
         No sé como ocurrió pero no pude contener mi pregunta, aquella historia me traía recuerdos de la mía propia, Me devolvió a la realidad de la que había huido herido de muerte, aunque no pudiera devolverme a la vida.
            - ¿Cómo se llamaba tu compañera? -Pregunté yo
            - Inés. Gracias por preguntar. Necesitaba pronunciar su nombre.
            - Me has dicho que lo perdiste todo.
            -Nada es peor que tenerlo todo para perderlo después. Tú lo sabes bien y por eso es por lo que te traje conmigo. Vivimos muchos años en el dulce sueño de la felicidad completa, con la ilusión de que la eternidad nos encontraría en ese estado. Nunca pudimos pensar que en el último momento de dicha no tiene una marca que lo identifica y no podemos agarrarnos a él para evitar que se escape. El día que acudimos al médico para una revisión ginecológica porque desde hacía algunos meses sangraba más cantidad, nos dijo que existía un tumor que había crecido rápidamente y que debía ser extirpado. Ninguno de los dos vio en ello el anuncio de un final. Una cirugía era sólo un contratiempo, incluso cuando esa cirugía se complicó y tras ella nos dijeron que el diagnóstico era un sarcoma. Yo había trabajado mucho tiempo en veterinaria y sabía el significado de ese diagnóstico, pero aún así, no lo quise ver. Nos agarramos a la esperanza como garrapatas, desesperadamente ¡que contradicción asir la esperanza desesperadamente! Cuando murió no sabía qué estaba fallando, dónde estaba el error del sistema. Me convertí como tú en un proyecto inacabado.
            -Pero tú tenías a tu hijo. Yo no tengo nada.
          -Los hijos no son nuestros, no nos pertenecen. Yo tenía a mi cargo a mi hijo y tenía la clínica, que eran lo que más me unía a Inés porque habían sido un proyecto conjunto. No fue suficiente. Como mucho me permitió caminar, no mirar el paisaje.
            -Los hombres tenéis a Dios, que os reconforta en la muerte.
          -Dios no existe. Es una ilusión creada para el engaño. Sólo es útil para el consuelo de los pobres. Dios nunca tuvo vocación para consolar al afligido. Ha habido mil dioses a los que los hombres han adorado. Creaciones místicas que sólo tratan de hacerle olvidar las carencias que tienen en este mundo, confiar en una vida posterior perfecta. En cada religión la mentira es adornada con una escenografía diferente, idílica. Seguramente las carencias de cada sociedad eran lo que ofrecían los paraísos de cada  credo. Creamos espacios donde mirar porque la realidad es oscura y cruel. El Edén, el cielo cristiano, al-Yanna, el Elyseo, Nirvana. Estados perfectos para mitigar el dolor de una vida terrenal imperfecta. Algunos pagan un precio muy alto para alcanzar esos paraísos, el olvido de lo real. Y esos dioses engendran los demonios correspondientes, el pecado, la Inquisición, la jihad, la anulación de las voluntades por los dogmas, la sumisión del hombre a dios, al dios creado por los falsos profetas. Los sacerdotes, los chamanes, los himanes, los Popes, los predicadores de mundos venideros que nadie ha visto. Nadie vino nunca en la historia de la Humanidad para mostrarnos las pruebas de los paraísos prometidos. ¿Cómo puede el cielo ser cierto, si nadie se pone de acuerdo en su forma y sus reglas?
           
               -Dios existe a pesar de tus negros augurios, de tu visión pesimista del hombre. El problema es que buscas a Dios en el lugar equivocado. No está en su trono presidiendo el mundo, no vive en un Olimpo antinatural. Tienes razón en que quienes anuncian su mensaje no hacen mas que desvirtuarlo, dar razones a la lógica del ateísmo o del nihilismo. Pero yo te digo desde mi visión de pájaro, desde lejos de las ataduras de la condición humana, que Dios está en nosotros. Hace posible los milagros de lo cotidiano. Está en este diálogo que mantenemos, en el amor que tuviste a tu esposa y en el que yo viví con Quica. A mi no me hablaron de ángeles ni demonios, de dioses que protegen a los periquitos, no supe nada del paraíso hasta que empecé a vivir con los hombres. Pero descubrí a ese Dios que tu rechazas y vi su obra en la bondad de algunas personas, en los pequeños y grandes gestos hechos en su nombre. ¿Porqué me sacaste de la tienda si no fue por protegerme de mi mismo?
           
             -Mi dios era mi mujer, sólo ella me daba la perfección. Mi cielo estuvo en la Tierra mientras ella vivió. Ahora mi vida ya no tiene sentido. Por eso te rescaté, por eso quise traerte, para que tuvieras la oportunidad de encontrar a tu diosa. Mi mujer murió, pero Quica está esperándote a que vayas hasta donde la llevaron.
             -¿Me ayudarás a encontrarla?
            -Te dije que tú eras mi salida, mi última carta. Mi vida se está acabando y doy gracias por ello. Te ayudaré tanto como pueda hacerlo un viejo moribundo.
            
               Entonces abrió la jaula y me pidió que saliera. Me dio la libertad como un regalo a sí mismo. No lo ofrecía como un presente para mí, era como un sacrificio ritual, una ofrenda en señal de homenaje a su único dios. A Inés. Mi libertad era pues un doble regalo, sin embargo en aquel preciso momento a mi me pareció un acto espurio, vano. ¿Qué era la libertad para un periquito que había estado preso no sólo en la jaula de las pajareras, si no que se veía a sí mismo secuestrado por su condición de pájaro? No sabía todavía si aquel don que se me otorgaba ahora, tenía algún valor, si era en verdad una liberación o sólo un brindis al sol de un viejo que trataba en su postrera voluntad redimir sus pecados. No me atrevía a salir de la jaula. 


            Me quedé un tiempo que ahora no sería capaz de calcular mirando los barrotes como si fueran trasparentes, pero a la vez aquella puerta abierta parecía en realidad un muro infranqueable. 

            Estaba atónito, noqueado por un concepto que no podía asumir en aquel instante. Después de lo que acababa de vivir, de mi caída a los infiernos tras la desaparición de Quica, no era capaz de reconstruir mi existencia como pájaro libre. 

           -Necesitaré que me ayudes. No me siento capaz de pensar, no sé si quiera si puedo apañármelas sólo ahí fuera. Para mí el mundo ha existido a través de la televisión, pero no he vivido nunca en él.
            -No te preocupes, esa ventana siempre estará abierta para ti. Tendrás comida y agua en tu jaula. Me gustaría que me visitaras y me contaras tus historias. Me queda poco tiempo y me gustaría saber que te ha ido bien.
            -No sé por donde empezar. ¿Cómo puedo buscar a Quica en una ciudad que no conozco?
            Como un abuelo comprensivo se dispuso a ayudar a un niño desorientado que necesita de su experiencia, que confía en la sabiduría que se les supone a los viejos.
           -Estamos en la plaza de la moneda. Trini me dijo que conoce a la pareja que compró a Quica y cree que vive cerca de la catedral, aunque no sabe exactamente la calle. En este tipo de negocios no se suele hacer factura, por eso no tengo su dirección. Ven asómate conmigo a la ventana y te orientaré. Luego puedes hacer un vuelo de reconocimiento, para situarte.

            Era absurdo todo o me lo parecía a mi. Un viejo y un perico asomados a la ventana de un segundo piso mirando a lo lejos. El viejo señalando y hablando al pájaro que permanecía atento como si en aquellas explicaciones le fuese la vida. Mostrándole cada calle, haciéndole memorizar la dirección para evitar que se perdiera, tomando puntos de referencia para facilitar el regreso. Había en todo aquel espectáculo un tinte cómico, grotesco, antinatural. Si no hubiera sido por lo ridículo de la escena, si sólo se pudiese oír la conversación, sería la entrañable charla de un viejo y su nieto al que  instruye para no perderse en la ciudad. Pero los dos éramos conscientes de que aquel diálogo estaba más cerca de una comedia de Plauto, que de un cuento para niños. 

            -Esta es la calle desengaño (¡No te rías!), empieza en el edificio de la peña taurina, veras un cartel de una corrida de toros, seguro que has visto antes ¿sabes cómo son?
            -Por supuesto, un torero, vestido con un traje lleno de lentejuelas, ajustado al cuerpo que se enfrenta a un toro. El animal se deja engañar por la muleta, un paño rojo al que embiste. He visto antes corridas en televisión, a tu hijo le gustan y las veía si estaba en la tienda. Te advierto que si los toros tuvieran la inteligencia de los pájaros, no se dejarían engañar así.
            -Y tendríamos que torear en una pajarera para evitar que se volasen. ¡¡Atiende!!- me reñía como lo hubiera hecho con su nieto- siguiendo por la calle a la izquierda está la catedral, verás enseguida su cúpula y su torre. Puedes buscar primero por esa zona, ahora en primavera las familias suelen sacar las jaulas de los pájaros a los balcones o los patios. Puedes encontrarla así. Yo trataré de pasear por la zona y si encuentro a los viejos interesarme por Quica.

            Dijo viejos con desprecio, como si se tratara de traidores que hubieran cometido un delito. Pero yo lo entendía, ahora eran casi nuestros enemigos comunes.

            -Para regresar puedes tomar como referencia la iglesia de San Pedro el Viejo, está aquí mismo y puedes distinguirla fácilmente desde cualquier tejado.

            Tenía pues trazado el plan. Un plan ideado por otro, que lejos de ser un plan era como mucho una idea improvisada, un burdo esquema. Pero en aquel momento, en aquella salita sentí que la vida volvía a tomar sentido. Era una posibilidad entre mil, o entre cien, o quien sabe si era una posibilidad. Pero yo me sentí de nuevo esperanzado. En mi cabeza aún daban vueltas los acontecimientos, como si todo hubiera sido un pesado sueño del que no había despertado del todo. Percibía una densa neblina en mi cerebro, un embotamiento que me inmovilizaba, pero que a su vez me estimulaba a tomar las riendas de la acción. 

            Estaba en el comienzo de una nueva vida. De una búsqueda de la que dependía mi futuro y el de Quica. No sabía que podía hacer, era sólo un pájaro y ahora era plenamente consciente de mi condición y las limitaciones que tenía. Pero en el fondo de mi cerebro pulsaba algo, llamémosle necesidad o instinto que me empujaba adelante.