miércoles, 8 de abril de 2015

final del capítulo 3

     
            Trini, la empleada de la tienda, era el anverso de Javier y su padre. Era la que más tiempo pasaba con nosotros. Una veinteañera jovial y simpática que nos trataba con verdadero interés. Cada vez que alguno de los animales era vendido le suponía un pequeño esfuerzo despedirse de él y le agasajaba y animaba para que no emprendiera su nuevo destino con pena. Su cara era pecosa y se escondía bajo una melena encendida por los rojos brillantes de su cabello, los ojos proyectaban la belleza que residía en su espíritu y la nariz tímida apenas se insinuada en el rostro. Fue mi amor humano, mi segunda dama. Quica se burlaba un poco de mí por ese sentimiento extraño que cruzaba la barrera imposible del amor entre un pájaro y una mujer, que yo atravesaba con la naturalidad de un necio.  No entendía que aquello fuera sólo una relación de amor hacia la mascota que está en una jaula, casi una relación de piedad y compasión. Pensaba que podía existir una especie de unión cósmica, que llegaba del reconocimiento de nuestros espíritus en otra dimensión del espacio. Me enamoré de ella como lo hice de Quica, aún sabiendo en el fondo de mi alma que nunca sería capaz de materializar ese amor. Cada vez que su presencia estaba cerca de la jaula se me alborotaba el corazón y cuando alguna vez me cogió en su mano para darme los mimos que repartía entre los animales de la tienda, estuve a punto de sufrir un colapso. Era como la sensación de vértigo que precedía a mis ataques. 

            Pese a las burlas de mi compañera a la que no le ocultaba mis sentimientos, no podía ni quería evitar esta unión mística con mi cuidadora. Los humanos le llamarían síndrome de Estocolmo, quizás en los hombres no sea posible el amor entre el carcelero y su preso, entre el dominador y el sometido, pero que saben del amor de un periquito.

         Con ella entendí parte de ese complejo mundo del amor humano, los novios que sucesivamente nos visitaron y que arrastraban a Trini a la trastienda o que tras el mostrador dejaban volar las manos, nos hicieron pensar que el amor era una sucesión de arrebatos y luchas, de batallas y acuerdos de paz que se sucedían en el tiempo y que copiaban la historia de la humanidad. Los tiempos de paz nos trajeron escenas de calor casi tórrido. El invierno llegaba con las trifulcas más disparatadas, por los motivos más insospechados, dejándonos heridos a todos nosotros, espectadores de aquellos finales llenos de llanto desesperado de nuestra Trini que parecería acabaría en el suicidio. Pero a base de guerras incruentas, de batallas perdidas, nos fuimos endureciendo y dejamos de preocuparnos tras cada fracaso, esperando que saliese el sol de nuevo. No podíamos consolarla, pero cuando caía en esos arrebatos de pena nos comportábamos con un silencio solidario hasta que se recuperaba.

            Trini era el alma más pura. Veía la vida a través de unos ojos trasparentes, sin el velo que la vida nos coloca en la cara. Sólo la ingenuidad de los jóvenes los acerca a los dioses. Les permite ser libres, libres de convencionalismos, libres de ataduras. Miran la vida de frente,  con la determinación de los valientes, de los convencidos, los que creen en sí mismos. Actúan con atrevimiento, con osadía, sin premeditación, con inconsciencia, pero a pecho descubierto. Con el espíritu desnudo, con  la franqueza del que está haciendo lo que cree adecuado. Esto los hace merecedores del respeto, necesitan una oportunidad para equivocarse. Porque se necesita tiempo para forjar un alma y sólo los errores propios  moldean el espíritu, con los golpes de la vida sobre la carne al rojo vivo, vamos tomando forma. 

            Esto es lo que veía en Trini, el fuego, la pasión en lo que hacía, la rabia de vivir, la energía propia de los héroes, la fuerza de existir, la juventud. Oigo en la tienda a veces comentarios de clientes que conversan con Javier sobre los jóvenes. Aparecen siempre como alocados irreverentes, malgastadores de la vida sin previsión para el futuro, sin atender los consejos de los viejos sabios. Sólo los jóvenes pueden gastar a manos llenas el tiempo, para ellos existe un ingente capital, ¿Acaso de viejo se puede dilapidar el escaso tiempo que queda? Si no son osados, libertinos, derrochadores cuando poseen la riqueza, que podemos esperar cuando les apremien las parcas, cuando el hilo de la vida se ha ido devanando sobre el huso y la tijera esta presta a cortarlo. Creo en los jóvenes, dejaría sin dudarlo mi futuro en sus manos, porque son manos poderosas, no tiemblan, no dudan y aunque yerren son capaces de enmendar la falta. No puedo entender a aquellos que reclaman para los viejos el poder, la exclusiva dirección del mundo sin escuchar el clamor de la vida en la boca de los jóvenes. 

          En Trini veía esa fuerza, la entrega absoluta en su verdad. En cada amor, en cada desengaño, en cada sueño, en cada proyecto ponía toda su alma, se vaciaba. 

          Todo se sucedía en plena armonía, el mundo giraba sin sobresaltos, al menos para nosotros. 

          Hubo cambios en la tienda, ya conocéis la pérdida del ruiseñor, el jilguero y los gatos. Llegaron nuevos animales, un pequeño gatito solitario ocupó la jaula de sus anteriores congéneres y el amor de los perros, que a su vez perdieron uno de los compañeros, el dálmata fue comprado por una pareja joven. Uno de los hámsteres también había sido adquirido por otra pareja con un niño pequeño que lo deseaba como regalo. Su compañero había sentido la pérdida, pero era tal la actividad que tenía que la pena se fue amortiguando poco a poco. Dejamos de oír aquella conversación con ecos de resonancia donde alternaban los dos acróbatas de la tienda, para escuchar unos monólogos entrecortados que dejaban casi sin aliento a su autor. Sentimos pena por él, pensábamos que aunque no lo manifestaba el dolor estaba en su corazón. Los conejos también perdieron uno de los miembros, pero fue sustituido por un conejo gris al que miraban con ojos rojos. El extraño supo ganarse su afecto y les infundió el valor que nunca tuvieron. No se volvieron feroces ni atrevidos, pero eran capaces de alzar la mirada, de vernos, de mirar el mundo que existía más allá de su caja. Dejaron de esconderse en los rincones al menor ruido, con el sonido de las voces humanas que entraban en la tienda.

            Nosotros seguíamos viviendo una apacible existencia de día y la noche nos regalaba la intimidad necesaria para compartir el amor. Un amor que había ido pasando del fuego, a la mansedumbre de un animal domado y que nos ofrecía mayores placeres. Uníamos la pasión del sexo siempre fugaz, con un prolongado estado de equilibrio. Un equilibrio que consistía en la percepción del otro como parte indispensable del todo. La necesidad de la existencia compartida para ser completa. La seguridad de que el orden natural requería de la unión de las dos almas para seguir siendo orden y no caos. La inexplicable certeza de la indivisibilidad de ambos en dos mitades que pudieran coexistir por separado. La fusión de nuestras conciencias en un único hálito vital. Este era el estado de nuestro amor, elevado a la categoría de un sentimiento sagrado, divino, inalienable.

            Pero la vida tan dura y tan frágil, tan fuerte y a la vez tan voluble me tenía preparada aquella mañana soleada de una primavera fatídica, la peor de las pruebas. 

            La puerta de entrada a la tienda tenía unas campanillas que hacían sonar su dulce melodía al abrirse, aunque para todos nosotros aquel sonido siempre producía el aleteo de unas mariposas en el estómago. 


            Los clientes, dos personas mayores entraron charlando entre ellos, fue Trini la que los atendió y nos mostró. Nosotros callamos de inmediato nuestra conversación que en ese momento versaba sobre la agradable sensación del calor del sol en primavera, su luz, sus colores que hacían destacar más nuestras plumas. Oí como Trini trataba de ofrecerles que nos acogieran a los dos porque éramos una pareja estable. Ellos ya tenían más pájaros y deseaban sólo una hembra. No podía creer aquello, empecé a agitarme en la jaula a tratar de decirles que aquello no era  posible, no podían llevarse sólo a Quica. Queríamos permanecer allí pero al menos si nos íbamos debía de ser juntos. Trini insistía y yo apoyaba sus argumentos, pero finalmente al introducir la mano en la pajarera, Trini , mi amor humano, tomo a Quica con cuidado y la extrajo de la jaula. Yo seguía mi alocada carrera tropezando con los barrotes, con el columpio, con los palos, dejando un reguero de plumones en el aire, mis gritos eran cada vez más desesperados. Empecé a notar como la negrura se apoderaba de mi mente, como se paralizaban mis alas, se agarrotaban mis patas y antes de caer en el pozo de la desesperación, en el tormento de la convulsión, grité: “¡No os la podéis llevar!”