sábado, 7 de marzo de 2015

ORACI. Capítulo 2

“Cada segundo deja de ser presente un instante después para formar parte de tu historia, el segundo que le sucederá es sólo un pequeño anticipo del futuro. La vida es un bien limitado, pero millonario en segundos” 

Fue un tiempo convulso, los acontecimientos pasaban ante nosotros como coches de carreras a toda velocidad sin poder ver mas que su estela y que nos dejaban aturdidos por el ruido que provocaban.

Tras nuestro rapto nos metieron en una jaula a todos juntos. Contagiados por la agitación de la pajarera donde todos trataban de huir, gritando, volando alocadamente, aquel pequeño recinto se convirtió en un torbellino. Nos movíamos en círculos, chocando en un vuelo frenético, se desprendían los plumones, se confundían los gritos de unos y otros. Parecía que la histeria se había apoderado de nosotros, almas dementes, locos en plena crisis, orates enajenados. 

Hasta que nos llevaron al coche. Tras cerrar las puertas y perderse el sonido de la pajarera todo pareció calmarse. Como la parálisis que se sucedía tras mis ataques, hubo un momento de silencio en que cada uno tomo conciencia de su situación. Nosotros tres nos miramos como cómplices satisfechos, compinches de correrías que han logrado llevar a cabo su jugada. Nuestros amigos retenidos contra su voluntad, obligados a emprender una nueva vida, quedaron en un silencio aterrador, la desesperanza hablaba por ellos. Tratamos de infundirles valor, animarles, trasmitirles nuestra ilusión en ese proyecto que no dejaba de ser pura ficción, puesto que ni nosotros mismos conocíamos lo que nos deparaba el futuro. 

No pasó mucho tiempo hasta que el coche se detuvo y el granjero tomo de nuevo la jaula con todos nosotros, los siete reos volvieron a la vida. A una realidad que temían pero que no tenían más remedio que afrontar. 

A menudo la vida nos deja tirados en la cuneta, como cadáveres ajusticiados. Sin previo aviso, sin preguntarnos si aceptamos la condena. Nos deja en un pozo oscuro del que vemos sólo la luz del brocal o en una cavidad tan profunda que la oscuridad es total. Otras nos regala un jardín con una fuente, un banquete de ambrosía, un genio de la lámpara y nos concede un deseo que parecía inalcanzable. 

La vida no tiene maldad ni bondad en ninguno de los dos hechos. Ocurre de esta manera quizás por la conjunción de los astros o por el capricho de los dioses, por la mano del azar, por los extraños designios de la fortuna. Ocurre sin más y debes aceptarlo como un hecho consumado, como la imposición de un padre que no te comprende o una madre complaciente. 

La vida te trata sin maldad. Yo diría que le somos indiferentes, que no conoce nuestro destino, actúa sin premeditación, sin alevosía pero también sin amor. No es la justicia divina quien lleva su mano, es la ruleta de la suerte. 

Lo que nos diferencia, lo verdaderamente importante, es la forma de aceptar este regalo o esta pena. Ante la adversidad buscar la salida, ante el dolor buscar el consuelo o sentirlo como prueba de vida, ante el infortunio mirar al futuro, ver lo que queda por delante, no lo que pudo ser. No emborracharse ante el éxito fruto de la casualidad, no enrocarse en la felicidad como un bien que nos pertenece. No hacer del dolor un muro infranqueable que nos aleja más de la vida y nos trae la soledad, la más dolorosa de las realidades. 

Otras veces parece que la vida se ha olvidado de nosotros que nos deja en una monótona secuencia de dejà vu que nos adormecen los sentidos. Decimos que la cotidianidad no nos ofrece más que repetir mecánicamente los mismos actos cada día, como las manecillas de un reloj recorriendo monótonamente la esfera. No es verdad. No atravesamos nunca dos veces el mismo río, cada instante cambian sus aguas. Cada momento hay miles de hechos de irrumpen en nuestra vida cotidiana, que hacen de cada instante un fotograma diferente lleno de matices. A veces sólo somos capaces de ver el conjunto, sin percibir los detalles. Aquello que a veces llamamos casualidades y que pasan inadvertidas. Dar sentido a la casualidad, no depende del azar, depende de nosotros mismos. 

A cada uno de nosotros tras aquel secuestro, la vida nos abría un camino nuevo y cada cual tomó lo que pudo. Nuestro proyecto, el diseño del sueño compartido que los tres teníamos, fue convirtiéndose en realidad, pero una realidad diferente a la que nosotros habíamos previsto. 

Estuvimos al principio todos juntos, compartíamos las penas, las ilusiones, los pensamientos. Fuimos convirtiendo aquella realidad en la definitiva, como si fuera a permanecer inmutable para siempre y fueron días en que llegamos a sentirnos felices. Nuestros siete compañeros ya no lloraban la pérdida de la pajarera , empezaban a ver en nuestra ilusión un proyecto posible, fuimos tomando a nuestros raptores como nuevos cuidadores. Nosotros tres en cambio nos convertimos en los predicadores de un nuevo credo, apóstoles de una verdad que sólo vivía en nuestra mente, pero que de tanto hablarla parecía dotada de corporeidad. La fuimos alimentando en aquellos días donde cada hora estaba dedicada a su génesis, la edificamos sobre la ilusión de romper con la triste monotonía que nos imponía la vida en la pajarera. Incorporamos al resto del grupo en la secta por la libertad. Teníamos hambre de conocer mundo, de vivir en mayúsculas. 

Comulgábamos ya todos del mismo sueño y la vida nos vino a devolver al mundo real. Llegaron los cuidadores para separarnos en parejas, colocarnos en jaulas más pequeñas destinadas al traslado a otros lugares. A Quica y a mi nos valió el estar siempre juntos para que llegado ese momento nos llevaran a la misma jaula. 

Vimos a través de los barrotes a nuestros compañeros con los ojos abiertos, sin atreverse a cerrarlos por miedo a perder para siempre la referencia del grupo. Quico nos miraba desesperado, él había quedado al margen, había sido desplazado apartado de nuestro lado. Veíamos por momentos quebrarse el coraje, la ilusión de nuestros sueños compartidos. Nos sentíamos desmembrados, troceados en porciones que no tenían capacidad por sí mismas de existir. Eso pensábamos en aquel momento, pero el motor que mueve la vida, era mucho más potente de lo que creíamos y ninguno hubiese podido imaginar que sería capaz de resistir lo que nos fue llegando. Pudimos durante un tiempo despedirnos, nos mirábamos y nos llamábamos a gritos, entregando los últimos mensajes, las últimas consignas para resistir, para afrontar un futuro que nos aterraba pero que era inevitable. 

La separación de Quico fue para Quica y para mí un dolor que dejó por un tiempo cicatrices profundas. No sólo su ausencia, también el desconocimiento de su destino, la percepción de que no habría reencuentro, nos dolía como una enfermedad terminal. Se rompía en añicos nuestro triángulo que parecía a prueba de bombas, a prueba de vidas. Sentíamos que su pérdida no era sino el comienzo de otras pérdidas, de un soltar lastre para mantener el barco a flote. 

La tristeza, la angustia no provenían sólo de su recuerdo, era el haber tomado conciencia de que todo lo que sucediera ya no dependía de nosotros mismos. La confianza que teníamos en nuestra indestructible unidad, la seguridad de que éramos capaces de cualquier hazaña se vino abajo. 

No éramos dueños de nuestro destino, no podíamos tomar las decisiones que nos afectaban. Éramos marionetas, títeres en manos de desconocidos, en manos de seres indiferentes a nuestro dolor, que no sabían siquiera que sufríamos. No podíamos esperar clemencia, ni comprensión de los hombres que unían y desunían nuestros destinos como si fueran niños jugando con sus muñecos. Es posible que los hombres sean a su vez manejados por otros seres superiores y estos a su vez sigan los dictados de mentes que están bajo las órdenes de criaturas esclavizadas por sus propios amos. No existe el libre albedrío, la naturaleza puede ser una cadena donde los amos se convierten en esclavos ignorando su dependencia, viviendo en la ilusión de una libertad que no es más que la ficción necesaria para mantenernos vivos. 

Para salir de esta oscuridad, de este desasosiego, tomamos la medicina del amor, éste fue el mórfico que adormeció el dolor de la herida. Durante los primeros días que pasamos en un recinto solos y después viajando hasta la tienda donde tuvimos nuestro primer destino, vivimos una especie de sueño con escasos momentos de vigilia. Decidimos que era necesario para resistir vivir mirándonos uno a otro. Vivir como si fuéramos los únicos habitantes del planeta, dedicando todo el tiempo a la contemplación del mundo como lo hicieron los ascetas, uniendo nuestras almas en una sola existencia. Pasábamos del amor místico al carnal, de la contemplación sensible al deleite sublime del sexo, del onírico mundo de las ideas a la unión de los cuerpos. Durante ese tiempo que trascurrió sin sentirlo, como si hubiera durado un segundo o un siglo, igual que trascurría en el periodo de pérdida de conciencia de las crisis epilépticas, igual que bajo los efectos de la anestesia. Ese fue el momento más real de mi vida, el que recuerdo como más vivo, porque conseguimos alejarnos del mundo para abrazar la vida con el ansia de un hambriento. 

Nos alejamos de la realidad, como unas vacaciones en el extranjero, como una visita al Hades. Conseguimos liberarnos de las cadenas que impone estar vivo, para estarlo de verdad. No estábamos pendientes del día o de la noche, del hambre o de la sed, del sueño, del futuro, del pasado. Ni siquiera el presente era importante. Sólo nosotros importábamos, éramos nuestro objetivo, el final, el camino, los medios para hallarlo. No había nada ni nadie salvo nosotros. No conocimos otro momento donde estuviéramos tan despiertos y tan ausentes. Sentimos como aunque las heridas seguían abiertas, el dolor había desaparecido. Nuestros picos se mantenían unidos cada minuto, susurrando la dulce melodía del amor. 

Tomamos tanta dosis de ese amor que entramos en un sopor etílico, en un estatus catatónico, que nos convirtió en dos pájaros de trapo y plumas, dos atontados, alienados o lunáticos. 

A nuestra llegada a la tienda seguíamos en este trance. Fue una mala presentación, nos vieron como dos pájaros bobos, pero supusieron que aquella actitud se debía al trauma de la captura y el viaje. 

Despertamos del letargo, tomamos conciencia de la nueva situación, pero no renunciamos a nuestra nueva droga. El largo tiempo que estuvimos juntos vino a dar la razón a nuestro sueño, se hizo realidad, vivimos posiblemente uno de los momentos más dulces de nuestras existencias. Las lágrimas del dolor por la pérdida de Quico (ya sabéis que los pájaros no lloran, es sólo una figura literaria para que me entendáis) fueron el líquido amniótico donde creció nuestro amor. Ya existía la compenetración de ideas, la idoneidad de caracteres, la simbiosis en las almas que se complementan y se necesitan. Pero eso no es suficiente para el amor, el amor es un estado de la mente, una disposición del alma que trasciende al cuerpo, trasporta sus impulsos eléctricos hasta los remotos poros de la piel. El amor como lo vivimos fue el clímax de un sentimiento que había ido creciendo en intensidad, que había brotado como la lava hirviendo de un volcán. Tenía una fuerza imparable, era incapaz de ser dominado, surgía del fondo para explotar como un universo contenido en una burbuja. De aquel tiempo cada segundo se convirtió en una vida entera porque supimos apreciar la esencia de la vida. 

En el amor somos iguales a los hombres, no creáis que la Naturaleza os eligió para amar sólo a vosotros. El amor es el único sentimiento que acerca a lo divino a hombres y animales. El amor a los hijos, a los seres que te cuidaron, a los que compartieron tu felicidad y tus penas, el amor a los demás que te impide dañar, el amor a otro ser que se antepone al amor a ti mismo. En los periquitos no existe el odio, no existe el rencor o la venganza. Puede haber indiferencia, instinto para la supervivencia, competencia que puede ocasionar dolor a otros, que perjudique a tus semejantes. Pero la maldad, la voluntad por dañar, esa perversión para aniquilar al otro, en someterlo por placer, eso es sólo cualidad de los hombres. 

Supimos adaptarnos a la nueva vida, cada hora que pasó fuimos tomando parte en aquella nueva comunidad. Eran casi todo cachorros, los tres perros, dos pastores alemanes de la misma camada y un dálmata de apenas unos meses. Dos gatos también de corta edad, una gata siamesa y otro negro azabache con unos ojos claros que hubiera atemorizado en cualquier película de terror si no fuera porque era extremadamente dulce y se deshacía en arrumacos. Ellos cinco ocupaban la cristalera de la tienda. Dentro, había varias jaulas en las que estábamos repartidos los demás. Nosotros dos ocupábamos una pequeña jaula sin grandes adornos, junto a la nuestra otra jaula con cinco pájaros: dos canarios, dos jilgueros y un ruiseñor y una más que contenía la estrella de los alados, una cacatúa blanca, con su penacho y su pretenciosa elegancia. 

Dos hámsteres ocupaban una jaula parecida a una carpa de circo, con sus ruedas, toboganes y pasadizos. Tres conejos blancos descansaban en una especie de caja abierta por arriba que permitía a los clientes acariciar el suave pelo mientras ellos trataban de esconderse en los rincones, permanente asustados, con lo ojos abiertos y rojos. Los peces eran los más numerosos, nunca pude comunicarme con ellos, eran como de otra dimensión en su tanque de agua en permanente cambio por las nuevas aportaciones y las compras. 

La tienda poseía además abundante material de complemento, accesorios para jaulas, comida para animales, libros de razas y del cuidado de las mascotas. 

De todos los miembros de aquella dispar familia los canarios fueron nuestros más cercanos amigos. Eran también una pareja, que si bien se habían conocido en la tienda, habían llegado a compenetrarse y mantenían una estrecha relación amorosa. Con ellos podíamos compartir conversaciones que la mayoría de las veces versaban sobre el amor. Es posible que habláramos del amor como quien habla del tiempo meteorológico cuando no sabe que decir. Pero el tema nos llevaba a menudo a otros aspectos de la vida que compartíamos en aquel encierro dulce y seguro. Era como encontrar un paisano cuando estás lejos de tu tierra. Nos resultaba fácil conectar, no podía haber una intimidad en nuestras charlas porque la distancia que separaba nuestras jaulas no permitía conversaciones privadas. Aún con eso llegábamos a hacernos mutuas confesiones cuando la tienda estaba llena y nuestras conversaciones se mezclaban con los sonidos de la actividad de una tienda de animales. Cuando se animaban esas charlas, ocurría a veces que llamaba la atención a los clientes que veían en nuestro canto el alborozo que se les supone a los pájaros, como si en su naturaleza no cupieses mas que la alegría. Entonces venían hasta nosotros y se detenían a mirarnos, se acercaban a las jaulas e incluso intentaban meter un dedo a través de los barrotes para acariciarnos, lo que provocaba que se interrumpiera el hilo de nuestra conversación. Cuando callábamos se alejaban comentando que seguramente nos habíamos asustado. Para los hombres los animales poseen sólo sentimientos primarios: hambre, sed, temor, alegría, nunca imaginarán la complejidad de nuestras mentes. No comprenden ni siquiera la de sus semejantes. Quica sabía que yo los entendía y me preguntaba por sus comentarios al oído, siempre interesada en aprender de los humanos. 

Nunca conté a mis compañeros de encierro mi capacidad para entender el lenguaje de los hombres. Podría haberlo hecho, no creo que tuviera ningún riesgo para mí, pero ya había sido el raro del grupo durante demasiado tiempo y pensaba con los años que ser uno más tiene algunas ventajas. Es distinto pasar desapercibido en el grupo que ser nadie, que no existir en él. Puedes ser feliz en un grupo donde no representas más que un individuo, precisamente porque permite tu individualidad. Puedes ejercer de ti mismo, aunque a veces necesites utilizar las máscaras de conveniencia que te mantengan al margen de la popularidad. 

El grupo sólo te afecta en las acciones comunes, en aquellas situaciones llamadas sociales, pero queda un enorme espacio para uno mismo. En la intimidad, pero también en la más populosa de las concentraciones uno puede mantenerse al margen, desarrollando sus propios pensamientos sólo con pequeños gestos que conforman a los demás y que parecen que participas de su mundo. La intimidad del pensamiento es uno de los mayores milagros de la naturaleza. El pensamiento es el único espacio de libertad completa, porque no necesita adaptarse a las leyes físicas, ni siquiera a las leyes de la convención social, nos hace libres frente al resto. Permite adoptar tu posición en el mundo sin necesidad de dar una explicación cierta de tus verdaderos motivos. Somos en parte lo que queremos ser, tenemos capacidad para escondernos en la masa, para disfrazarnos en la fiesta de la vida y elegir con quien compartir nuestra verdadera identidad. Quizá en esto consiste el amor o la amistad, es encontrar alguien capaz de conocer tu verdadero mundo, que no te pide que lo abandones, ni lo cambies, si acaso sólo que lo incluyas a él. 

La invisibilidad, el anonimato, tienen inconvenientes sin duda. No es posible realizar algunos de los sueños, de los retos personales desde una posición de ser uno más. Se requiere una posición de poder, un lugar destacado para cambiar las fuerzas que tratan de dirigir tu existencia. Pero a cambio esta trasparencia frente al mundo es la llave para poder pasearse por él sin sentir los ojos escrutadores del resto. Permite la libertad de movimientos del que no llama la atención, del que permanece en la sombra y decide por dónde quiere andar. 

El diferente, el triunfador, el líder, el sabio, el encantador , consiguen arrastrar tras de sí a los demás, pero esa condición de ser visible tiene también su coste. El peaje a pagar es la propia libertad, la pérdida de tu espacio que acaba siendo compartido por la multitud. El triunfador acaba ahogado por su éxito, el sabio por su ciencia y su estudio, el encantador no puede librarse de sus fans, el líder no lidera más que la vida de los demás pero no sabe a dónde se dirige la suya. 

Para ser feliz es necesario reconocer tu propia vida, la felicidad es la percepción de que recibes lo que pides a la vida. La felicidad está en la conciencia de estar vivo y en la capacidad de dirigir tu destino. Aunque admito que la felicidad no es un estado permanente, sino un rayo de luz que pasa fugaz por tu lado y debes estar atento para cazarlo. A veces choca contigo y le llamas suerte, pero las más de las veces es esquiva, hay que buscarla. 

En nuestra tienda el ruiseñor era el líder. Poseía las armas necesarias: un “pico de oro” como dirían los hombres, una determinación absoluta en hacer ver su verdad , los sueños de un visionario y la fe en sí mismo que creía compartida por todos los allí reunidos. Me recordaba un poco a mí mismo en los tiempos en que viví en la pajarera enamorado de mi propia imagen, como Narciso de su reflejo. Ese tiempo en que soñé que era el elegido para llevar a todo mi pueblo en el viaje al paraíso, abriendo las aguas del mar a mi paso. Sólo que entonces mi gente no quería viajar a ningún paraíso que estuviera fuera de aquella pajarera, porque la mayoría se sentían satisfechos. El ruiseñor se esforzaba en dirigir el destino de una comunidad que ya había caminado por senderos de frustración y no estaba dispuesta a sumarse a su visión de iluminado. Cada uno tenía sus razones. Incluso Quica y yo que habíamos sido antiguos activistas del escapismo vivíamos ahora un periodo de dulce apatía donde dejábamos a la vida que nos mostrase sus cartas sin pedir nada más que estar juntos. 

Los canarios nunca se habían planteado participar de revoluciones ajenas, menos ahora que también disfrutaban de las mieles del amor. Los jilgueros estaban en permanente conflicto con el mundo y la bella cacatúa creía que aquellas ideas eran propias de rufianes y plebeyos. El resto de animales prestaban poco crédito a un pájaro que como un predicador agorero se dedicaba permanentemente a tratar de dirigir sus vidas, demasiado cortas para tomar en serio sus apocalípticas profecías. 

Así es como el líder indiscutible se consumía en su afán de abrir las mentes de los obtusos, de regar la semilla del descontento para buscar el sueño de un mundo feliz. De tanto cantar sus canciones libertarias, de tanto silbar melodías de revolucionario se erigió en el más atractivo de los artículos de la tienda. En su desvarío no entendía que no era más que un objeto a la venta, un valor medible por el dinero que otro estuviera dispuesto a pagar y que aquellas diatribas cantadas no hacían más que aumentar su valor. Ignorante de que sus arengas no nos despertaban las ansias de libertad sino que sólo entusiasmaban a los clientes. Fue el primero en ser vendido. Involuntariamente su canto había sido un plan de fuga no premeditado. Aunque todos sabíamos que únicamente cambiaba el lugar no la condición. Seguiría siendo un preso, un pájaro enjaulado y más aún sería un pájaro encerrado en su propia quimera. 

Aunque era un descanso dejar de oír permanentemente su encendido discurso, todos lamentamos que se fuera y deseábamos en el fondo de nuestros corazones que encontrase allá donde fuera un alma gemela. Que con ella pudiese dirigir una revolución, como un general al frente de su ejército y fuera definitivamente feliz. .

..........(continuará)