sábado, 21 de marzo de 2015

CAPÍTULO 3

“Cuando te sientes, aprovecha para pensar dónde quieres ir al levantarte”

            En los largos meses que pasamos en la tienda después de estos acontecimientos la vida pasaba como un río tranquilo desfilando mansamente por nuestros ojos. El verano fue fatigoso por el calor, llegado el otoño el día se iba acortando, la luz desaparecía y llegaba el tiempo de las confidencias, de los susurros. Cuando los tonos rojos de la tarde se iban convirtiendo en sombras, el frío hacia que nuestros cuerpos se buscaran, que sin pretenderlo nuestros picos chocaran. En el silencio de la tienda tras cerrar su persiana y sus ventanas, comenzaba para nosotros el paraíso. Comíamos de la fruta prohibida, rogábamos al firmamento que no trajera de nuevo al sol. Nos amábamos y conversábamos en voz baja. Volvimos a tener largas charlas sobre la libertad, sobre el mundo exterior que ahora materializábamos a través de las imágenes que nos ofrecía el pequeño televisor de la tienda. A pesar de ver como nuestros sueños eran sólo burdos bocetos de este mundo maravilloso, ahora no sentíamos la necesidad de volar fuera de aquel recinto. Allí parecía estar todo lo que necesitábamos. Nos teníamos uno al otro. Habíamos forjado unas cadenas con nuestro amor y nos aferrábamos a ellas como si pudieran soltarse y dejarnos libres. Ahora esta cárcel de conveniencia era un refugio seguro.  
        
            Habíamos renunciado a todos aquellos sueños que predicamos en la pajarera. Nos dábamos cuenta que aquel discurso ardiente que nos emocionaba y nos daba sentido, estaba huero. Las palabras, los mensajes, las ideas son inmortales, perduran en el tiempo, persisten  sus resonancias a través de los recuerdos, pero son capaces como los camaleones de adaptarse, cambiar de forma y acomodarse a nuestras circunstancias. Pronunciamos sentencias que parecen definitivas, inamovibles, decimos que son los cimientos de nuestra conciencia. Luego el viento de la vida les lima las aristas, les cambia la forma hasta casi no poder reconocerlas y sin embargo pensamos que no hemos modificado nuestro discurso, que sólo introdujimos matices que son propios a la experiencia, a la madurez. Las palabras son como obras inacabadas de un artista, las vamos creando día a día, cada segundo les añadimos una pincelada para que encajen en nuestra vida, como un traje a medida que vamos remendando, sacando dobladillos y sisas, para que nos acomode aunque crezcamos o engordemos. 

            La palabra, siempre vuelvo a ella como a mi dios. La venero como el bien más preciado. Contiene nuestra esencia y va madurando con nosotros. Cada palabra pertenece a su dueño, al que la pronunció, porque además de su significado, lleva impreso los detalles que le imprime su señor, su amo. Van creciendo con nosotros, nos acompañan en el viaje de la vida cambiando a nuestro antojo. 

            Madre, amor, libertad, cobran significados diferentes en un niño que en un anciano. La pronuncian igual, pero cada una de ellas encierra una infinidad de matices propios. El niño abre los ojos mientras llama a su madre, la busca como un refugio en la montaña, como al calor del hogar en una noche de invierno. El viejo cerrando los ojos, pronuncia la palabra madre con un lamento, buscando en el recuerdo su imagen para que lo acompañe en ese tránsito solitario hacia la muerte. Hay palabras que tienen tanto poder que invocan por sí mismas los demonios del mundo o abren las puertas del paraíso. 

            Todas las palabras aprendidas en la televisión, todo el conocimiento adquirido en esa puerta abierta al mundo, no era la única fuente de la que bebí. Aprendí a conocer a los hombres a través de nuestros cuidadores. 

            Me identificaba más con Javier, un ser solitario que no acababa de encontrar su sitio en el mundo. Un soñador que vivía una existencia ajena al conflicto. En paz con el mundo y con sus ocupantes, preocupado en vivir su soledad repleta de seres de ficción, porque ellos no le exigían una posición, un compromiso. No estaba casado, tenía pocas amistades, o por lo menos no se les veía por la tienda. No recibía llamadas, no quedaba para cenar o para fiestas. No era un hombre triste, no se le veía amargado por su condición de excluido, no anhelaba que cambiase su suerte. Había elegido su forma de vivir, no quería ser salvado para la causa de los individuos bien adaptados. Los animales y los libros eran su compañía y las pocas personas que poblaban su universo casero le sobraban para sentirse acompañado. Con los vecinos mantenía relaciones cordiales, con los clientes tenía una afabilidad que lo convertía en un hombre educado, con Trini el trato era el de un jefe compresivo, con su padre había poco trato. Era un individuo corriente que ocultaba una personalidad nada convencional. Su vida social se reducía a la tienda pero su vida íntima se extendía hasta los confines de su espacio imaginario. La felicidad puede estar dentro de uno mismo y no se necesita ir a buscarla en los demás. La filosofía de Javier se basaba en la simplicidad, la belleza estaba en la luz, la armonía en el silencio. Le gustaba admirar los paisajes y las ciudades de los documentales, pero no se planteaba ni por un instante viajar hasta ellos, le vencía la pereza de romper el curso calmado de su vida, la confortable cotidianidad, el monótono tic-tac del segundero que adormece los sentidos. No le conocimos ninguna pareja, hombre o mujer que acompañase sus días. A sus cuarenta y nueve años había establecido un modus vivendi que no era ya fácil de cambiar. No es que lo hubiera planificado, había surgido así, la vida había tomado sus propias decisiones sin consultarle y él las había aceptado con naturalidad. No existía imposición en su soledad. En parte su actitud de ermitaño, esa profesión de fe hacia la vida solitaria lo dejaba en el lugar que eligió del mundo. Su familia éramos nosotros, su padre, Trini y los animales de la tienda. Cuando traspasaba las fronteras de la realidad para adentrarse en su reserva natural, los libros, le esperaban el resto de los seres que constituían su universo.

            Su actitud de inquebrantable ecuanimidad ante los vaivenes de la vida me permitió forjar una imagen de hombre que más tarde vi que poco tenía que ver con el común de ellos. Ante la adversidad los hombres son más propensos a buscar soluciones, culpables, razones que justifiquen sus primarias reacciones. Javier dejaba que el problema se desvaneciera en el tiempo, se disipara como la niebla. No necesitaba convencerse que el sol saldría de nuevo en su vida, se limitaba a seguir su propia inercia, ninguneando el contratiempo, aceptando estoicamente su sino. “No hay mal que dure cien años” este era su lema, su égida. Los reveses de la vida quedaban al margen de su atención. 

            Si los sinsabores le eran indiferentes, los regalos de la buena fortuna no conseguían despertar emociones intensas, los aceptaba con idéntica frialdad. Era inmune al bien y al mal. Podría pensarse que no era humano, pero había aprendido a defenderse haciéndose el muerto. Había colocado las fronteras de su territorio alrededor de su persona. Tenía una fértil vida interior y realizaba escasas incursiones en territorios ajenos. Abría las puertas de su fortaleza a pocos extraños porque le suponía un esfuerzo tener que compartir con ellos su tiempo.

            Conocí otros hombres y mujeres que vivían siempre rodeados de una multitud, de conocidos y extraños a los que deseaban conocer. Necesitaban estar junto a otros para dar sentido a su existencia, eran ellos porque formaban parte del grupo. Como si no fueran capaces de existir por sí mismos, como si su propio yo requiriera de la presencia de otros que levantaran acta notarial de su presencia en el mundo. A ellos les resultaba capital estar en sintonía con el medio, cualquier adversidad era un desastre que había que remediar de inmediato para retomar su vida compartida. De la misma manera los triunfos requerían el aplauso , el reconocimiento general. No eran más sociables que Javier, porque en esa interrelación con los demás tenían que existir víctimas y verdugos, deudos y deudores. Esa intensa vida social provocaba que unas veces fuera el depredador y otras la presa. 

            El ser social compite, busca un lugar destacado en su nicho ecológico desplazando a sus rivales, el sentido de su vida está en alcanzar la cima de su pirámide. El ser individual se basta consigo mismo, no porque esté satisfecho, orgulloso, o porque haya alcanzado la gloria por su capacidad, le es suficiente sentirse vivo. Es posible que estemos predestinados a comportarnos como depredadores de nuestros semejantes y el éxito biológico consista en alcanzar esa supremacía frente a otros en el medio. Pero la evolución fruto de errores que favorecen la adaptación, debería ver una ventaja evolutiva en la individualidad. El individuo que piensa para sí mismo y cuyo fin no es medrar sobre los demás, persiguiendo la propia felicidad puede servir a otros. En el ser individual hay tanta sociabilidad como en el ser social, liberándose del principio de la causalidad de la Naturaleza y elevando a categoría de principio la razón. Esta era la cualidad que yo veía en Javier, en su capacidad para vivir una vida plena, en paz con su entorno, sin batallas espurias. Este fue el modelo que yo admiré en los hombres y que como pájaro envidiaba y deseaba imitar. También aquí llegué a la conclusión de que aquellos que aparecían como escalón evolutivo más alto estaban lejos todavía de la perfección.

            Aristóteles, el padre de Javier, era viejo y venía a menudo a visitarnos, cuando lo vi por primera vez inmóvil, mirándonos, creí que siempre había estado allí como parte del mobiliario de la tienda, como una mascota más expuesta para su venta. No podía imaginar que aquel hombre que arrastraba el cuerpo y el alma tirando de ellos porque no querían seguirle, iba a ser el más importante de los maestros en mi vida. Merece capítulo aparte la profunda relación que adquirí con aquel viejo en apariencia inane y silencioso, que se movía entre las sombras de la tienda y cuya presencia no alteraba el orden natural de las cosas, como si su existencia no supusiera una mayor carga para el mundo, como si todo lo que pudiera hacer o decir hubiera sido ya hecho y dicho, siendo innecesaria su presencia.  Aquel espectro me reveló las profundas verdades de la  vida, la esencia de la existencia, convirtiéndose para mí en el mayor actor de mi vida después de Quica. Cómo podría haber imaginado que un hombre, que los vestigios de un ser decrépito, los restos de una vida ya apartada para el olvido, serían quien abriera la luz de mi pequeña cabeza y me convirtieran en dios de mi propio universo.

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