sábado, 21 de marzo de 2015

CAPÍTULO 3

“Cuando te sientes, aprovecha para pensar dónde quieres ir al levantarte”

            En los largos meses que pasamos en la tienda después de estos acontecimientos la vida pasaba como un río tranquilo desfilando mansamente por nuestros ojos. El verano fue fatigoso por el calor, llegado el otoño el día se iba acortando, la luz desaparecía y llegaba el tiempo de las confidencias, de los susurros. Cuando los tonos rojos de la tarde se iban convirtiendo en sombras, el frío hacia que nuestros cuerpos se buscaran, que sin pretenderlo nuestros picos chocaran. En el silencio de la tienda tras cerrar su persiana y sus ventanas, comenzaba para nosotros el paraíso. Comíamos de la fruta prohibida, rogábamos al firmamento que no trajera de nuevo al sol. Nos amábamos y conversábamos en voz baja. Volvimos a tener largas charlas sobre la libertad, sobre el mundo exterior que ahora materializábamos a través de las imágenes que nos ofrecía el pequeño televisor de la tienda. A pesar de ver como nuestros sueños eran sólo burdos bocetos de este mundo maravilloso, ahora no sentíamos la necesidad de volar fuera de aquel recinto. Allí parecía estar todo lo que necesitábamos. Nos teníamos uno al otro. Habíamos forjado unas cadenas con nuestro amor y nos aferrábamos a ellas como si pudieran soltarse y dejarnos libres. Ahora esta cárcel de conveniencia era un refugio seguro.  
        
            Habíamos renunciado a todos aquellos sueños que predicamos en la pajarera. Nos dábamos cuenta que aquel discurso ardiente que nos emocionaba y nos daba sentido, estaba huero. Las palabras, los mensajes, las ideas son inmortales, perduran en el tiempo, persisten  sus resonancias a través de los recuerdos, pero son capaces como los camaleones de adaptarse, cambiar de forma y acomodarse a nuestras circunstancias. Pronunciamos sentencias que parecen definitivas, inamovibles, decimos que son los cimientos de nuestra conciencia. Luego el viento de la vida les lima las aristas, les cambia la forma hasta casi no poder reconocerlas y sin embargo pensamos que no hemos modificado nuestro discurso, que sólo introdujimos matices que son propios a la experiencia, a la madurez. Las palabras son como obras inacabadas de un artista, las vamos creando día a día, cada segundo les añadimos una pincelada para que encajen en nuestra vida, como un traje a medida que vamos remendando, sacando dobladillos y sisas, para que nos acomode aunque crezcamos o engordemos. 

            La palabra, siempre vuelvo a ella como a mi dios. La venero como el bien más preciado. Contiene nuestra esencia y va madurando con nosotros. Cada palabra pertenece a su dueño, al que la pronunció, porque además de su significado, lleva impreso los detalles que le imprime su señor, su amo. Van creciendo con nosotros, nos acompañan en el viaje de la vida cambiando a nuestro antojo. 

            Madre, amor, libertad, cobran significados diferentes en un niño que en un anciano. La pronuncian igual, pero cada una de ellas encierra una infinidad de matices propios. El niño abre los ojos mientras llama a su madre, la busca como un refugio en la montaña, como al calor del hogar en una noche de invierno. El viejo cerrando los ojos, pronuncia la palabra madre con un lamento, buscando en el recuerdo su imagen para que lo acompañe en ese tránsito solitario hacia la muerte. Hay palabras que tienen tanto poder que invocan por sí mismas los demonios del mundo o abren las puertas del paraíso. 

            Todas las palabras aprendidas en la televisión, todo el conocimiento adquirido en esa puerta abierta al mundo, no era la única fuente de la que bebí. Aprendí a conocer a los hombres a través de nuestros cuidadores. 

            Me identificaba más con Javier, un ser solitario que no acababa de encontrar su sitio en el mundo. Un soñador que vivía una existencia ajena al conflicto. En paz con el mundo y con sus ocupantes, preocupado en vivir su soledad repleta de seres de ficción, porque ellos no le exigían una posición, un compromiso. No estaba casado, tenía pocas amistades, o por lo menos no se les veía por la tienda. No recibía llamadas, no quedaba para cenar o para fiestas. No era un hombre triste, no se le veía amargado por su condición de excluido, no anhelaba que cambiase su suerte. Había elegido su forma de vivir, no quería ser salvado para la causa de los individuos bien adaptados. Los animales y los libros eran su compañía y las pocas personas que poblaban su universo casero le sobraban para sentirse acompañado. Con los vecinos mantenía relaciones cordiales, con los clientes tenía una afabilidad que lo convertía en un hombre educado, con Trini el trato era el de un jefe compresivo, con su padre había poco trato. Era un individuo corriente que ocultaba una personalidad nada convencional. Su vida social se reducía a la tienda pero su vida íntima se extendía hasta los confines de su espacio imaginario. La felicidad puede estar dentro de uno mismo y no se necesita ir a buscarla en los demás. La filosofía de Javier se basaba en la simplicidad, la belleza estaba en la luz, la armonía en el silencio. Le gustaba admirar los paisajes y las ciudades de los documentales, pero no se planteaba ni por un instante viajar hasta ellos, le vencía la pereza de romper el curso calmado de su vida, la confortable cotidianidad, el monótono tic-tac del segundero que adormece los sentidos. No le conocimos ninguna pareja, hombre o mujer que acompañase sus días. A sus cuarenta y nueve años había establecido un modus vivendi que no era ya fácil de cambiar. No es que lo hubiera planificado, había surgido así, la vida había tomado sus propias decisiones sin consultarle y él las había aceptado con naturalidad. No existía imposición en su soledad. En parte su actitud de ermitaño, esa profesión de fe hacia la vida solitaria lo dejaba en el lugar que eligió del mundo. Su familia éramos nosotros, su padre, Trini y los animales de la tienda. Cuando traspasaba las fronteras de la realidad para adentrarse en su reserva natural, los libros, le esperaban el resto de los seres que constituían su universo.

            Su actitud de inquebrantable ecuanimidad ante los vaivenes de la vida me permitió forjar una imagen de hombre que más tarde vi que poco tenía que ver con el común de ellos. Ante la adversidad los hombres son más propensos a buscar soluciones, culpables, razones que justifiquen sus primarias reacciones. Javier dejaba que el problema se desvaneciera en el tiempo, se disipara como la niebla. No necesitaba convencerse que el sol saldría de nuevo en su vida, se limitaba a seguir su propia inercia, ninguneando el contratiempo, aceptando estoicamente su sino. “No hay mal que dure cien años” este era su lema, su égida. Los reveses de la vida quedaban al margen de su atención. 

            Si los sinsabores le eran indiferentes, los regalos de la buena fortuna no conseguían despertar emociones intensas, los aceptaba con idéntica frialdad. Era inmune al bien y al mal. Podría pensarse que no era humano, pero había aprendido a defenderse haciéndose el muerto. Había colocado las fronteras de su territorio alrededor de su persona. Tenía una fértil vida interior y realizaba escasas incursiones en territorios ajenos. Abría las puertas de su fortaleza a pocos extraños porque le suponía un esfuerzo tener que compartir con ellos su tiempo.

            Conocí otros hombres y mujeres que vivían siempre rodeados de una multitud, de conocidos y extraños a los que deseaban conocer. Necesitaban estar junto a otros para dar sentido a su existencia, eran ellos porque formaban parte del grupo. Como si no fueran capaces de existir por sí mismos, como si su propio yo requiriera de la presencia de otros que levantaran acta notarial de su presencia en el mundo. A ellos les resultaba capital estar en sintonía con el medio, cualquier adversidad era un desastre que había que remediar de inmediato para retomar su vida compartida. De la misma manera los triunfos requerían el aplauso , el reconocimiento general. No eran más sociables que Javier, porque en esa interrelación con los demás tenían que existir víctimas y verdugos, deudos y deudores. Esa intensa vida social provocaba que unas veces fuera el depredador y otras la presa. 

            El ser social compite, busca un lugar destacado en su nicho ecológico desplazando a sus rivales, el sentido de su vida está en alcanzar la cima de su pirámide. El ser individual se basta consigo mismo, no porque esté satisfecho, orgulloso, o porque haya alcanzado la gloria por su capacidad, le es suficiente sentirse vivo. Es posible que estemos predestinados a comportarnos como depredadores de nuestros semejantes y el éxito biológico consista en alcanzar esa supremacía frente a otros en el medio. Pero la evolución fruto de errores que favorecen la adaptación, debería ver una ventaja evolutiva en la individualidad. El individuo que piensa para sí mismo y cuyo fin no es medrar sobre los demás, persiguiendo la propia felicidad puede servir a otros. En el ser individual hay tanta sociabilidad como en el ser social, liberándose del principio de la causalidad de la Naturaleza y elevando a categoría de principio la razón. Esta era la cualidad que yo veía en Javier, en su capacidad para vivir una vida plena, en paz con su entorno, sin batallas espurias. Este fue el modelo que yo admiré en los hombres y que como pájaro envidiaba y deseaba imitar. También aquí llegué a la conclusión de que aquellos que aparecían como escalón evolutivo más alto estaban lejos todavía de la perfección.

            Aristóteles, el padre de Javier, era viejo y venía a menudo a visitarnos, cuando lo vi por primera vez inmóvil, mirándonos, creí que siempre había estado allí como parte del mobiliario de la tienda, como una mascota más expuesta para su venta. No podía imaginar que aquel hombre que arrastraba el cuerpo y el alma tirando de ellos porque no querían seguirle, iba a ser el más importante de los maestros en mi vida. Merece capítulo aparte la profunda relación que adquirí con aquel viejo en apariencia inane y silencioso, que se movía entre las sombras de la tienda y cuya presencia no alteraba el orden natural de las cosas, como si su existencia no supusiera una mayor carga para el mundo, como si todo lo que pudiera hacer o decir hubiera sido ya hecho y dicho, siendo innecesaria su presencia.  Aquel espectro me reveló las profundas verdades de la  vida, la esencia de la existencia, convirtiéndose para mí en el mayor actor de mi vida después de Quica. Cómo podría haber imaginado que un hombre, que los vestigios de un ser decrépito, los restos de una vida ya apartada para el olvido, serían quien abriera la luz de mi pequeña cabeza y me convirtieran en dios de mi propio universo.

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sábado, 14 de marzo de 2015

fin del capítulo 2

   La cacatúa era el elemento más ajeno al grupo, su jaula era la mayor y más sofisticada, con columpios, barras, un bebedero y comedero de diseño y dos espejos en los que continuamente se miraba, como asegurándose de ser la más bella representación del mundo animal. “Espejo, espejito mágico, dime la verdad, no soy acaso la más bella de este vulgar recinto”. Esto imaginábamos que preguntaba cada vez que susurraba ante el espejo. Cuando nos dirigía la palabra, como para ilustrar a unos pobres paletos con quien, por un error del destino había tenido que compartir espacio, nos contaba su glorioso pasado y su sin duda maravilloso futuro. Se veía en una casa donde los señores pertenecieran poco menos que a a la nobleza y disfrutaría de las atenciones propias de su rango. Era motivo de burla por parte de todos nosotros porque su pretendida belleza, el embrujo que creía producir en quien la miraba se rompía cuando abría el pico y emitía aquella especie de graznido, de grito histérico que espantaba al más patán de los mortales.

            Conocí personas como ella, egocéntricas, que no veían más allá de su propio yo. Tan embelesadas consigo mismas, que acababan arrinconadas junto a su recuerdo en la mayor de las soledades. Presintiendo que el mundo las había traicionado por un error de los dioses  o pensando que la maledicencia de los demás los había colocado frente a un destino que no les correspondía. Son los seres más tristes, porque partiendo de virtudes naturales, acaban convirtiéndolas en sus defectos. Transforman la admiración ajena en compasión o rechazo por que son víctimas de sí mismos. Lo más doloroso es que la compasión es el peor de sus remedios. Pueden entender que otros sientan admiración, envidia, celos hacia su persona. No conciben ser objetos de lastima, su autoestima los sitúa en un plano superior, no por debajo, ni siquiera al mismo nivel que los demás. Por ello niegan la realidad y crean una ilusión, una vida paralela, hasta que el tiempo acaba sorprendiéndoles mirando en un espejo a alguien que no existe. Para entonces ya no hay retorno, sólo el refugio en el rincón del pasado donde creyeron ser importantes, donde construyeron la persona que ahora está definitivamente muerta. 

            Otros en cambio parece que nacieron ya muertos, con los astros conjurados para hacerlos infelices desde el primer momento que ponían los pies en la tierra. Los jilgueros eran de esa clase de pájaros que pasan su existencia lamentando existir. Se muestran siempre en contra de  cualquier  atisbo de felicidad. Reniegan de su estado, de su forma, de su color, de su suerte. Son incapaces de reconocerse ninguna virtud, aunque no permiten que nadie más se atreva a decirles que son unos pájaros de mal agüero. Se mostraban siempre malhumorados, disconformes con cualquier propuesta, contrarios a toda opción que les pudiera llevar a la alegría. Desdichados profesionales, cargados por el peso de las penas del mundo entero. Se disputaban entre ellos cual de los dos era mas desafortunado, cual arrastraba la desgracia con mayor entereza. Discutían por ser el más desgraciado de los seres que pueblan el universo y sólo conseguían alegrarse cuando el destino les favorecía con un aciago acontecimiento. El día que el mayor de ellos comenzó a notar como bajo su lengua comenzaba a crecer un pequeño tumor, que le dificultaba comer, manteniéndole la boca permanentemente abierta, pensó que tenía ganada la batalla del perdedor. Fueron los días en que la vida parecía darle la razón y  él se sentía agradecido por primera vez a un infausto futuro. Su compañero en cambio buscaba bajo su pico otro nuevo tumor que permitiera disputar la guerra de desgracias con ciertas posibilidades. Cuando el dueño de la tienda llegó una mañana con un hombre que parecía un cliente interesado. Ambos miraron con atención a nuestro amigo y tras intercambiar algunas frases en unos términos para mí desconocidos. El hombre metió la mano en la jaula, los cinco iniciaron una frenética huida hacia ninguna parte. Aquel hombre después descubrí que era el veterinario, cogió el jilguero, le sujetó la cabeza y tomando unas pinzas sujetó la lengua de nuestro amigo. Cerrábamos los ojos por no ver el martirio al que íbamos a asistir y gritamos cuando vimos como con un instrumento maléfico cortaba dentro de la boca el tumor. Limpiando luego con un bastoncillo el lecho de la herida. Le habían arrancado el tumor, pero había perdido el único motivo que lo hacía imbatible en su combate por ser el más desafortunado de los mortales. Fue perdiendo el poco ánimo que tenía, inane, lamentándose de su mala fortuna. No nos llamó la atención su enfoque de la cura del tumor, era lo habitual, pero cayó poco a poco en un círculo de tristeza vital que acabó postrándolo y una mañana nos dejó, para seguir sufriendo en el cielo de los pájaros toda la eternidad. 

            Su compañero vio en esta muerte una señal, una bengala de luz en el cielo oscuro que le permitió encontrar un nuevo camino. Pensamos equivocadamente que la muerte le serviría como argumento para su consabida mala estrella. No fue así, en los primeros días mantuvo un estado de trance de donde temimos nunca saldría, pero pasado un tiempo de reflexión, quizás de recapitulación sobre su anterior condición, lo vimos aparecer renaciendo del dolor a la vida. La muerte como maestra nos imparte lecciones magistrales a las que no querríamos asistir pero que son de obligada presencia. La mortalidad es posible que sea una de las experiencias más terribles y más generosas de las que la vida nos impone. En la muerte podemos ver la verdad, la certeza absoluta de la vida. Su tiempo limitado, pero también su tiempo infinito. El valor del tiempo, su fragilidad y su terrible fuerza. Aprendemos que cada segundo es una oportunidad para hacer aquello que no debemos guardar para el futuro, porque el futuro llega el instante después. Adquirimos la conciencia de lo inmediato, de vivir el preciso momento que trascurre, con el dulce o el amargo que lo acompaña. Disfrutar del ahora. El reloj no se detiene, pero cuando llega tu hora cesa para siempre de marcar el tiempo.  El antes está cada vez más lejos y el después quizá no llegará. Es bello sufrir por lo que se tiene, sintiéndolo perecedero, así adquiere más valor si cabe. Saber que llegara un día en que no debas preocuparte por la comida, por acicalarte las plumas, por soñar con la libertad. ¡Vive con hambre cada momento, devora con ansiedad el segundo que te corresponde porque nació sólo para ti y sólo tu puedes disfrutarlo! Así es como nuestro amigo volvió a la realidad, un instante le enseñó más que su vida pasada. Empezó a querer ver el sol por las ventanas, decidió vivir su vida por él y por su amigo. Le llamamos Fénix. 
          
 Los hámsteres hiperactivos, continuamente en movimiento, recorriendo los artilugios que poseían en el pequeño circo montado para mostrar su “increíble” destreza. Hasta cuando paraban a hablar seguían moviendo los bigotes, emitían una verborrea, un torrente de palabras que parecía habían estado pensando mientras corrían de un lado a otro. Las conversaciones con ellos eran pequeñas charlas con paradas intermitentes, donde descargaban su comentario con prisas sin casi necesitar esperar a la réplica y respondían de nuevo en la siguiente parada. Era esperpéntico hablar con ellos, hablaban secuencialmente, se pisaban las respuestas, como si la conversación fuera común para los dos. A mí me ponían nervioso, sin embargo a Quica le divertía esa hiperactividad, ese desenfreno, dónde uno parecía ser la estela del otro. Esa ansiedad por correr como para ser capaces de adelantar al tiempo, de hacer más largo el instante por haberlo llenado de movimiento, la divertía; sus conversaciones a dos, entrecortadas y carentes a veces de sentido le parecían de lo más estimulante. Entre ellos nunca discutían, no se peleaban, si acaso competían por realizar sus acrobáticas piruetas con mayor destreza, con el menor tiempo. Este ese su objetivo. Alguna vez quisimos hacerles ver la inutilidad de aquellas demostraciones circenses. Estaba en su condición respondían. Es posible que sea así, que cada cual sea un poco esclavo de su condición, de sus genes, estamos programados. Yo siempre pensé que pese a esas limitaciones que nos impone nuestra naturaleza somos capaces de modificar los planes del Creador.
         
  Los dos conejos permanecían siempre acurrucados uno contra otro, pocas veces se movían por la caja, como por miedo a ser devorados por un predador que permaneciera al acecho. Su personalidad era tímida, retraída y cuando hablaban lo hacían con el mismo temor a equivocarse. Su voz era chillona, pero procuraban no molestar con ella y emitían opiniones que no supusieran un compromiso, que no requiriera defensa ante los demás. Eran jóvenes y esta circunstancia los hacía inseguros. Deseaban hablar pero no por el placer de la conversación, sólo por hacerse presentes y que no se olvidase que ellos también estaban allí. Eran frágiles, dulces. Hubiera sido imposible enfadarse con ellos, no quererlos.
           
 Los perros eran tres cachorros de muy corta edad,  se lamentaban continuamente de su pérdida. Añoraban a sus madres, las caricias, el calor de su cuerpo, la dulzura de sus pezones cuando mamaban recostados sobre la paja. No había consuelo para ellos porque sabíamos que aquello que habían perdido tan tempranamente, no iban a recuperarlo. Tratábamos de darles palabras de ánimo, hablarles con cariño. En la noche, cuando su quejido era constante y lo repetían como un mantra para ahuyentar los fantasmas de la noche, les susurrábamos canciones de cuna para que pudieran dormir. Quica y los canarios entonaban sus mejores cantos, los más sutiles para que se sintieran queridos, arropados por los sonidos y acababan dormidos los tres en un ovillo que enternecía. No debería haber animales tan pequeños alejados de sus madres, privar de una infancia a un animal es como arrancar un brote verde de un rosal y ponerlo en agua, nunca dará rosas.
         
   Los gatos sin embargo, pese a ser jóvenes eran más independientes, la siamesa era bella y perversa, rabiosamente inteligente. Su lengua hiriente no conocía la compasión. Les contaba a los perros historias de terror sobre sus próximos dueños que nosotros tratábamos de desmentir para mitigar el temor de los cachorros y quizá también el nuestro. Era arisca con su compañero al que desdeñaba, no le gustaba que éste pasara junto a ella rozándola, le gruñía y sacaba sus zarpas haciendo el gesto de arañarlo, aunque no llegaba a hacerlo, únicamente cuando mediaba la comida que debían de compartir. Él pese a su aspecto de gato negro pendenciero, era bonachón, le consentía sus desprecios, disculpaba su agrio carácter. Trataba de acariciarla con el lomo y con la cola, quería a través de la dulzura de su pelo suavizar su rencor  con el mundo.
      
      Ella se sentía superior porque decía que podía entender a los humanos, que conocía su lenguaje, incluso presumía de haber entablado conversación con uno de ellos. Yo nunca le dije que podía entender también lo que hablaban, me parecía una amiga peligrosa aquella gata que escondía tras sus ojos azules un velo de maldad. No acababa de creerla porque no concebía la conversación entre un humano y un gato como algo posible.
            
 Pienso que ese desprecio a los demás era posiblemente un mecanismo de defensa, un escudo frente a los golpes que la vida le había dado. Es posible que el humano con el que mantenía conversaciones hubiera sido el motivo de su comportamiento perverso. Ahora que conozco a los humanos, los creo capaces de convertir al más dócil de los animales en un ser malvado, en un asesino.
            
 En cualquier caso fue una relación breve, porque la compraron en los primeros meses y no lamentamos su pérdida. El gato negro se quedó sólo en aquella vitrina, junto con los perros separados por un cristal. Que la hubieran elegido a ella no había sido solamente un signo de desprecio a su persona, prefiriendo la belleza a la calidez de su tacto, a su ronroneo dulzón y complaciente. Echaba de menos a aquella hermosa gata a la que pese a sus desprecios amaba. Nunca lo dijo, no quiso reconocerlo, pero tras su partida se volvió melancólico, huraño. Los maullidos eran de dolor y de llamada. No tenía ya compañera y su amor se fue transformando en amargura. Ya no encrespaba el lomo para dejarse acariciar sino amenazante. Sus ojos mostraban el rencor y daba realmente miedo. Si no hubiéramos visto como había sido, compartiríamos el temor a los gatos negros. Pero su alma seguía siendo pura a su pesar y no podía dejar de ronronear a los perros para mitigar su temor, se restregaba sobre el cristal que servía de separación. Creo que si los hombres nos entendieran, habrían colocado a nuestro gato junto con los perros para que los cuidara y ello hubiera sido un bálsamo para su dolor y un consuelo para los desamparados cachorros. Pero esa pretendida enemistad entre perros y gatos mantuvo a nuestro amigo en la más triste de las soledades, incubando la pena hasta que esta se convirtió en un cáncer que no podía ser amputado como lo fue el tumor del jilguero. Su obsesión era escapar de la tienda para buscar a su gata, amarla, entregarse a ella. Incluso para que ella lo humillase. Su único objetivo era el amor y pese a ello la negrura de la maldad iba apoderándose poco a poco de su alma. El amor como veneno se había introducido en su sangre y ocupaba todo su ser. El sentimiento más puro, el más desinteresado, el que era capaz de hacer que renunciase a su propia identidad. El amor en estado puro, salvaje, lo iba hundiendo en un pozo de ofuscación del que sólo veía una salida. La huida. Lo fuimos perdiendo en esa carrera hacia la nada, en su locura de amor.

            Una  tarde llegó una cliente interesada por él, se dejó querer, recobró su antigua dulzura para que lo tomaran en brazos y cuando se sintió seguro, sacó sus garras, arañó a la mujer y escapó por la puerta, salió de nuestras vidas sin mirar atrás. Estoy seguro que hubiera querido despedirse de los cachorros, decirles que estuvieran tranquilos que él se cuidaría y algún día se encontrarían en un parque y podría correr y revolcarse por la hierba. Pero salió como una exhalación, con la elegancia y la velocidad de un felino. Oímos el grito de dolor de la mujer, el del hijo del dueño de la tienda, el grito de sorpresa del hombre que en ese momento entraba por la puerta y que permitió a nuestro amigo elegir ese preciso instante para cambiar su destino. Oímos después un claxon, varios frenazos y el ruido seco que ocasiono la colisión de dos coches. Se sucedieron como una cascada de sonidos que hacían presagiar el peor de los augurios, todos los pájaros callamos con las plumas erizadas, los conejos se quedaron inmóviles, los perros aturdidos se miraban entre ellos sin entender lo que pasaba y se pusieron a ladrar. A continuación el movimiento se recuperó en la tienda. Javier el hijo del dueño se asomó, un murmullo creciente iba convirtiéndose en el único sonido que podíamos oír. Lo único que nos preocupaba era nuestro amigo. Oí como comentaban que el gato había cruzado la calzada y había escapado hacia los callejones. Tuve que mentir a mis compañeros diciéndoles que vi a través de la ventana como nuestro amigo había salido indemne del accidente, no podía reconocer que lo había oído de las conversaciones de los clientes. La prueba definitiva  era que si hubiera muerto traerían el cadáver a la tienda. Todos tuvimos en ese momento la certeza de que encontraría a la gata siamesa y que la haría comprender la grandeza de su amor, lo imaginamos ya para siempre unido a ella.

            Javier se ocupó de la mujer que había arañado en su huida nuestro compañero. Eran pequeñas lesiones superficiales. Se disculpó, las limpió con un antiséptico del botiquín. Todo volvió a la normalidad. La tienda quedó de nuevo vacía y en silencio, todos teníamos nuestro pensamiento en los gatos que ya añorábamos, apenas darnos cuenta de que nuestra separación era definitiva.

            ¡Ostias! ¡Joder! 

            Esas fueron las palabras que me sacaron de mi soliloquio. Era Javier que tras despedir amablemente a la señora arañada había cerrado la puerta dispuesto a ajustar las cuentas de aquellos que mordíamos la mano del amo que nos daba de comer. Estaba furioso e impotente, sin saber contra quien dirigir aquella ira. Se le había escapado un gato, había quedado como un imbécil ante la cliente que también había huido y quién sabe si volvería. Caminaba  por la tienda, resoplando y mirándonos como para buscar un culpable que pudiera asumir el papel de víctima propiciatoria. Pero todo se esfumó como un suspiro, cerró los ojos y cuando los abrió ya era de nuevo él.

            Javier es el hijo del dueño de la tienda, en realidad el verdadero responsable del negocio. Cuando surgía un contratiempo que rompía el equilibrio perfecto de su mundo tranquilo, se transformaba. Se trasmutaba a un ser distinto, más atractivo, perdía de pronto la linealidad de su carácter comedido y bisoño, para tomar por breves momentos la severidad de un general en campaña. Tras la batalla con el mundo aparcaba sus armas y se prometía a sí mismo no retomar el combate, firmaba humillantes tratados de paz asumiendo la derrota que sólo existía en su ánimo. Era un hombre bueno, pero no apto para medirse en  la pelea por ocupar un lugar destacado en la sociedad. Prefería vivir en la retaguardia sin tomar parte en la justa, no pretendía trofeos de guerra, ni medallas al valor. Quería pasar por la vida siendo el escudero y no el señor que desafiaba sobre brioso corcel a su oponente para ganar el favor de la dama. Para esa ficción de héroe ya tenía los incruentos episodios de su mundo imaginario.

             Era una persona afable, que sentía verdadera pasión por los animales. No tenía estudios superiores, no había querido estudiar pese a la insistencia de su padre. Ello había constituido el mayor escollo en sus  relaciones. El padre, un hombre viejo que se había hecho a sí mismo, que había conseguido forjarse un futuro en unas circunstancias difíciles, siempre deseó que su hijo tuviera una formación sólida que le ayudase a salir adelante. Javier nunca tuvo vocación por estudiar. No es que fuera un calavera de los que sólo piensa en divertirse con los amigos. Estudió  bachiller sin pretensión de continuar los estudios ni destacar. Sin embargo era un amante de los libros, leía apasionadamente, lo veíamos devorar los libros durante los tiempos muertos en la tienda, cuando no había clientes y no tenía que reponer estanterías o arreglar el almacén. Se sentaba apoyado sobre el mostrador y se le veía perderse en los mundos fantásticos de aquellas ventanas de papel que se abrían al mundo. Aquellos tesoros que descubría en la mayor de las soledades, pasando las hojas como para encontrar un nuevo cofre cargado de monedas en la siguiente página. Cómo envidiaba yo esa posibilidad de adentrarme en mundos ajenos, en vidas de otros a través de la lectura. Porqué injusto reparto de dones se me excluía del placer de viajar al infinito a través de las palabras escritas que no podía descifrar. 

            Podía ver la televisión de la tienda, era como mi libro parlante, me permitían como a Javier salir al mundo sin moverme de la jaula, pero en mi caso me resultaba un mundo de extraños. Casi siempre veíamos reportajes de Naturaleza. Cuando estábamos con Trini, la dependienta que ayudaba a Javier, veíamos los seriales, algunas películas y los anuncios de infinidad de artículos que parecían imprescindibles para los humanos. Sus personajes parecían la invención de un perturbado, con sentimientos tan extraños a un periquito como para ellos pudiera resultar la imagen de un pájaro haciendo una crítica televisiva. Las complicadas relaciones entre hombres y mujeres que se hilvanaban en aquellas series me ayudaron a conocer a los hombres o quizás a formarme una imagen desenfocada de ellos. Fui aprendiendo como un colegial aplicado ante el televisor.

            Mis compañeros me veían tan atento a aquella caja que emitía imágenes y sonido que me creían hipnotizado ante aquel infernal aparato, como los mosquitos que giran alrededor de las bombillas. Sólo Quica me dejaba escapar de nuestro recinto acompañando aquellos personajes de ficción que cabían en un pequeño cuadrado. A veces me preguntaba qué es lo que ocurría en aquellas interminables peleas de hombres y mujeres que discutían a gritos y se amaban como posesos casi al mismo tiempo.      Cuando le contaba al oído las perfidias y los romanes de aquellos héroes de pacotilla, siempre exclamaba asombrada: ¡humanos!    
            Nadie es capaz de reconocer al diferente como diferente sin que tenga que mediar un sentimiento. A veces la solidaridad, el amor, la bondad, la generosidad permiten que lo anómalo de otros, sea aceptable si no entendible. Otras veces la indiferencia, el egoísmo, incluso la cerrazón en los argumentos hacen del diferente, distinto e irreconciliable con uno mismo, pero permiten su existencia. Quizá la verdadera integración del diferente sería dejar de verlo como tal. Entender que existen otros modos de ver la realidad, otros principios, otras actitudes frente al mundo. Una especie de Ley Moral universal cuyo principio único sería la ausencia de maldad. Todo aquello que no esté dirigido a dañar a otro es admisible. El mismo principio que aceptaríamos para nosotros debería tener una aplicación general. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esa máxima que sostienen todas las religiones humanas, que en su simpleza encierra todo el código moral necesario para vivir.

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sábado, 7 de marzo de 2015

ORACI. Capítulo 2

“Cada segundo deja de ser presente un instante después para formar parte de tu historia, el segundo que le sucederá es sólo un pequeño anticipo del futuro. La vida es un bien limitado, pero millonario en segundos” 

Fue un tiempo convulso, los acontecimientos pasaban ante nosotros como coches de carreras a toda velocidad sin poder ver mas que su estela y que nos dejaban aturdidos por el ruido que provocaban.

Tras nuestro rapto nos metieron en una jaula a todos juntos. Contagiados por la agitación de la pajarera donde todos trataban de huir, gritando, volando alocadamente, aquel pequeño recinto se convirtió en un torbellino. Nos movíamos en círculos, chocando en un vuelo frenético, se desprendían los plumones, se confundían los gritos de unos y otros. Parecía que la histeria se había apoderado de nosotros, almas dementes, locos en plena crisis, orates enajenados. 

Hasta que nos llevaron al coche. Tras cerrar las puertas y perderse el sonido de la pajarera todo pareció calmarse. Como la parálisis que se sucedía tras mis ataques, hubo un momento de silencio en que cada uno tomo conciencia de su situación. Nosotros tres nos miramos como cómplices satisfechos, compinches de correrías que han logrado llevar a cabo su jugada. Nuestros amigos retenidos contra su voluntad, obligados a emprender una nueva vida, quedaron en un silencio aterrador, la desesperanza hablaba por ellos. Tratamos de infundirles valor, animarles, trasmitirles nuestra ilusión en ese proyecto que no dejaba de ser pura ficción, puesto que ni nosotros mismos conocíamos lo que nos deparaba el futuro. 

No pasó mucho tiempo hasta que el coche se detuvo y el granjero tomo de nuevo la jaula con todos nosotros, los siete reos volvieron a la vida. A una realidad que temían pero que no tenían más remedio que afrontar. 

A menudo la vida nos deja tirados en la cuneta, como cadáveres ajusticiados. Sin previo aviso, sin preguntarnos si aceptamos la condena. Nos deja en un pozo oscuro del que vemos sólo la luz del brocal o en una cavidad tan profunda que la oscuridad es total. Otras nos regala un jardín con una fuente, un banquete de ambrosía, un genio de la lámpara y nos concede un deseo que parecía inalcanzable. 

La vida no tiene maldad ni bondad en ninguno de los dos hechos. Ocurre de esta manera quizás por la conjunción de los astros o por el capricho de los dioses, por la mano del azar, por los extraños designios de la fortuna. Ocurre sin más y debes aceptarlo como un hecho consumado, como la imposición de un padre que no te comprende o una madre complaciente. 

La vida te trata sin maldad. Yo diría que le somos indiferentes, que no conoce nuestro destino, actúa sin premeditación, sin alevosía pero también sin amor. No es la justicia divina quien lleva su mano, es la ruleta de la suerte. 

Lo que nos diferencia, lo verdaderamente importante, es la forma de aceptar este regalo o esta pena. Ante la adversidad buscar la salida, ante el dolor buscar el consuelo o sentirlo como prueba de vida, ante el infortunio mirar al futuro, ver lo que queda por delante, no lo que pudo ser. No emborracharse ante el éxito fruto de la casualidad, no enrocarse en la felicidad como un bien que nos pertenece. No hacer del dolor un muro infranqueable que nos aleja más de la vida y nos trae la soledad, la más dolorosa de las realidades. 

Otras veces parece que la vida se ha olvidado de nosotros que nos deja en una monótona secuencia de dejà vu que nos adormecen los sentidos. Decimos que la cotidianidad no nos ofrece más que repetir mecánicamente los mismos actos cada día, como las manecillas de un reloj recorriendo monótonamente la esfera. No es verdad. No atravesamos nunca dos veces el mismo río, cada instante cambian sus aguas. Cada momento hay miles de hechos de irrumpen en nuestra vida cotidiana, que hacen de cada instante un fotograma diferente lleno de matices. A veces sólo somos capaces de ver el conjunto, sin percibir los detalles. Aquello que a veces llamamos casualidades y que pasan inadvertidas. Dar sentido a la casualidad, no depende del azar, depende de nosotros mismos. 

A cada uno de nosotros tras aquel secuestro, la vida nos abría un camino nuevo y cada cual tomó lo que pudo. Nuestro proyecto, el diseño del sueño compartido que los tres teníamos, fue convirtiéndose en realidad, pero una realidad diferente a la que nosotros habíamos previsto. 

Estuvimos al principio todos juntos, compartíamos las penas, las ilusiones, los pensamientos. Fuimos convirtiendo aquella realidad en la definitiva, como si fuera a permanecer inmutable para siempre y fueron días en que llegamos a sentirnos felices. Nuestros siete compañeros ya no lloraban la pérdida de la pajarera , empezaban a ver en nuestra ilusión un proyecto posible, fuimos tomando a nuestros raptores como nuevos cuidadores. Nosotros tres en cambio nos convertimos en los predicadores de un nuevo credo, apóstoles de una verdad que sólo vivía en nuestra mente, pero que de tanto hablarla parecía dotada de corporeidad. La fuimos alimentando en aquellos días donde cada hora estaba dedicada a su génesis, la edificamos sobre la ilusión de romper con la triste monotonía que nos imponía la vida en la pajarera. Incorporamos al resto del grupo en la secta por la libertad. Teníamos hambre de conocer mundo, de vivir en mayúsculas. 

Comulgábamos ya todos del mismo sueño y la vida nos vino a devolver al mundo real. Llegaron los cuidadores para separarnos en parejas, colocarnos en jaulas más pequeñas destinadas al traslado a otros lugares. A Quica y a mi nos valió el estar siempre juntos para que llegado ese momento nos llevaran a la misma jaula. 

Vimos a través de los barrotes a nuestros compañeros con los ojos abiertos, sin atreverse a cerrarlos por miedo a perder para siempre la referencia del grupo. Quico nos miraba desesperado, él había quedado al margen, había sido desplazado apartado de nuestro lado. Veíamos por momentos quebrarse el coraje, la ilusión de nuestros sueños compartidos. Nos sentíamos desmembrados, troceados en porciones que no tenían capacidad por sí mismas de existir. Eso pensábamos en aquel momento, pero el motor que mueve la vida, era mucho más potente de lo que creíamos y ninguno hubiese podido imaginar que sería capaz de resistir lo que nos fue llegando. Pudimos durante un tiempo despedirnos, nos mirábamos y nos llamábamos a gritos, entregando los últimos mensajes, las últimas consignas para resistir, para afrontar un futuro que nos aterraba pero que era inevitable. 

La separación de Quico fue para Quica y para mí un dolor que dejó por un tiempo cicatrices profundas. No sólo su ausencia, también el desconocimiento de su destino, la percepción de que no habría reencuentro, nos dolía como una enfermedad terminal. Se rompía en añicos nuestro triángulo que parecía a prueba de bombas, a prueba de vidas. Sentíamos que su pérdida no era sino el comienzo de otras pérdidas, de un soltar lastre para mantener el barco a flote. 

La tristeza, la angustia no provenían sólo de su recuerdo, era el haber tomado conciencia de que todo lo que sucediera ya no dependía de nosotros mismos. La confianza que teníamos en nuestra indestructible unidad, la seguridad de que éramos capaces de cualquier hazaña se vino abajo. 

No éramos dueños de nuestro destino, no podíamos tomar las decisiones que nos afectaban. Éramos marionetas, títeres en manos de desconocidos, en manos de seres indiferentes a nuestro dolor, que no sabían siquiera que sufríamos. No podíamos esperar clemencia, ni comprensión de los hombres que unían y desunían nuestros destinos como si fueran niños jugando con sus muñecos. Es posible que los hombres sean a su vez manejados por otros seres superiores y estos a su vez sigan los dictados de mentes que están bajo las órdenes de criaturas esclavizadas por sus propios amos. No existe el libre albedrío, la naturaleza puede ser una cadena donde los amos se convierten en esclavos ignorando su dependencia, viviendo en la ilusión de una libertad que no es más que la ficción necesaria para mantenernos vivos. 

Para salir de esta oscuridad, de este desasosiego, tomamos la medicina del amor, éste fue el mórfico que adormeció el dolor de la herida. Durante los primeros días que pasamos en un recinto solos y después viajando hasta la tienda donde tuvimos nuestro primer destino, vivimos una especie de sueño con escasos momentos de vigilia. Decidimos que era necesario para resistir vivir mirándonos uno a otro. Vivir como si fuéramos los únicos habitantes del planeta, dedicando todo el tiempo a la contemplación del mundo como lo hicieron los ascetas, uniendo nuestras almas en una sola existencia. Pasábamos del amor místico al carnal, de la contemplación sensible al deleite sublime del sexo, del onírico mundo de las ideas a la unión de los cuerpos. Durante ese tiempo que trascurrió sin sentirlo, como si hubiera durado un segundo o un siglo, igual que trascurría en el periodo de pérdida de conciencia de las crisis epilépticas, igual que bajo los efectos de la anestesia. Ese fue el momento más real de mi vida, el que recuerdo como más vivo, porque conseguimos alejarnos del mundo para abrazar la vida con el ansia de un hambriento. 

Nos alejamos de la realidad, como unas vacaciones en el extranjero, como una visita al Hades. Conseguimos liberarnos de las cadenas que impone estar vivo, para estarlo de verdad. No estábamos pendientes del día o de la noche, del hambre o de la sed, del sueño, del futuro, del pasado. Ni siquiera el presente era importante. Sólo nosotros importábamos, éramos nuestro objetivo, el final, el camino, los medios para hallarlo. No había nada ni nadie salvo nosotros. No conocimos otro momento donde estuviéramos tan despiertos y tan ausentes. Sentimos como aunque las heridas seguían abiertas, el dolor había desaparecido. Nuestros picos se mantenían unidos cada minuto, susurrando la dulce melodía del amor. 

Tomamos tanta dosis de ese amor que entramos en un sopor etílico, en un estatus catatónico, que nos convirtió en dos pájaros de trapo y plumas, dos atontados, alienados o lunáticos. 

A nuestra llegada a la tienda seguíamos en este trance. Fue una mala presentación, nos vieron como dos pájaros bobos, pero supusieron que aquella actitud se debía al trauma de la captura y el viaje. 

Despertamos del letargo, tomamos conciencia de la nueva situación, pero no renunciamos a nuestra nueva droga. El largo tiempo que estuvimos juntos vino a dar la razón a nuestro sueño, se hizo realidad, vivimos posiblemente uno de los momentos más dulces de nuestras existencias. Las lágrimas del dolor por la pérdida de Quico (ya sabéis que los pájaros no lloran, es sólo una figura literaria para que me entendáis) fueron el líquido amniótico donde creció nuestro amor. Ya existía la compenetración de ideas, la idoneidad de caracteres, la simbiosis en las almas que se complementan y se necesitan. Pero eso no es suficiente para el amor, el amor es un estado de la mente, una disposición del alma que trasciende al cuerpo, trasporta sus impulsos eléctricos hasta los remotos poros de la piel. El amor como lo vivimos fue el clímax de un sentimiento que había ido creciendo en intensidad, que había brotado como la lava hirviendo de un volcán. Tenía una fuerza imparable, era incapaz de ser dominado, surgía del fondo para explotar como un universo contenido en una burbuja. De aquel tiempo cada segundo se convirtió en una vida entera porque supimos apreciar la esencia de la vida. 

En el amor somos iguales a los hombres, no creáis que la Naturaleza os eligió para amar sólo a vosotros. El amor es el único sentimiento que acerca a lo divino a hombres y animales. El amor a los hijos, a los seres que te cuidaron, a los que compartieron tu felicidad y tus penas, el amor a los demás que te impide dañar, el amor a otro ser que se antepone al amor a ti mismo. En los periquitos no existe el odio, no existe el rencor o la venganza. Puede haber indiferencia, instinto para la supervivencia, competencia que puede ocasionar dolor a otros, que perjudique a tus semejantes. Pero la maldad, la voluntad por dañar, esa perversión para aniquilar al otro, en someterlo por placer, eso es sólo cualidad de los hombres. 

Supimos adaptarnos a la nueva vida, cada hora que pasó fuimos tomando parte en aquella nueva comunidad. Eran casi todo cachorros, los tres perros, dos pastores alemanes de la misma camada y un dálmata de apenas unos meses. Dos gatos también de corta edad, una gata siamesa y otro negro azabache con unos ojos claros que hubiera atemorizado en cualquier película de terror si no fuera porque era extremadamente dulce y se deshacía en arrumacos. Ellos cinco ocupaban la cristalera de la tienda. Dentro, había varias jaulas en las que estábamos repartidos los demás. Nosotros dos ocupábamos una pequeña jaula sin grandes adornos, junto a la nuestra otra jaula con cinco pájaros: dos canarios, dos jilgueros y un ruiseñor y una más que contenía la estrella de los alados, una cacatúa blanca, con su penacho y su pretenciosa elegancia. 

Dos hámsteres ocupaban una jaula parecida a una carpa de circo, con sus ruedas, toboganes y pasadizos. Tres conejos blancos descansaban en una especie de caja abierta por arriba que permitía a los clientes acariciar el suave pelo mientras ellos trataban de esconderse en los rincones, permanente asustados, con lo ojos abiertos y rojos. Los peces eran los más numerosos, nunca pude comunicarme con ellos, eran como de otra dimensión en su tanque de agua en permanente cambio por las nuevas aportaciones y las compras. 

La tienda poseía además abundante material de complemento, accesorios para jaulas, comida para animales, libros de razas y del cuidado de las mascotas. 

De todos los miembros de aquella dispar familia los canarios fueron nuestros más cercanos amigos. Eran también una pareja, que si bien se habían conocido en la tienda, habían llegado a compenetrarse y mantenían una estrecha relación amorosa. Con ellos podíamos compartir conversaciones que la mayoría de las veces versaban sobre el amor. Es posible que habláramos del amor como quien habla del tiempo meteorológico cuando no sabe que decir. Pero el tema nos llevaba a menudo a otros aspectos de la vida que compartíamos en aquel encierro dulce y seguro. Era como encontrar un paisano cuando estás lejos de tu tierra. Nos resultaba fácil conectar, no podía haber una intimidad en nuestras charlas porque la distancia que separaba nuestras jaulas no permitía conversaciones privadas. Aún con eso llegábamos a hacernos mutuas confesiones cuando la tienda estaba llena y nuestras conversaciones se mezclaban con los sonidos de la actividad de una tienda de animales. Cuando se animaban esas charlas, ocurría a veces que llamaba la atención a los clientes que veían en nuestro canto el alborozo que se les supone a los pájaros, como si en su naturaleza no cupieses mas que la alegría. Entonces venían hasta nosotros y se detenían a mirarnos, se acercaban a las jaulas e incluso intentaban meter un dedo a través de los barrotes para acariciarnos, lo que provocaba que se interrumpiera el hilo de nuestra conversación. Cuando callábamos se alejaban comentando que seguramente nos habíamos asustado. Para los hombres los animales poseen sólo sentimientos primarios: hambre, sed, temor, alegría, nunca imaginarán la complejidad de nuestras mentes. No comprenden ni siquiera la de sus semejantes. Quica sabía que yo los entendía y me preguntaba por sus comentarios al oído, siempre interesada en aprender de los humanos. 

Nunca conté a mis compañeros de encierro mi capacidad para entender el lenguaje de los hombres. Podría haberlo hecho, no creo que tuviera ningún riesgo para mí, pero ya había sido el raro del grupo durante demasiado tiempo y pensaba con los años que ser uno más tiene algunas ventajas. Es distinto pasar desapercibido en el grupo que ser nadie, que no existir en él. Puedes ser feliz en un grupo donde no representas más que un individuo, precisamente porque permite tu individualidad. Puedes ejercer de ti mismo, aunque a veces necesites utilizar las máscaras de conveniencia que te mantengan al margen de la popularidad. 

El grupo sólo te afecta en las acciones comunes, en aquellas situaciones llamadas sociales, pero queda un enorme espacio para uno mismo. En la intimidad, pero también en la más populosa de las concentraciones uno puede mantenerse al margen, desarrollando sus propios pensamientos sólo con pequeños gestos que conforman a los demás y que parecen que participas de su mundo. La intimidad del pensamiento es uno de los mayores milagros de la naturaleza. El pensamiento es el único espacio de libertad completa, porque no necesita adaptarse a las leyes físicas, ni siquiera a las leyes de la convención social, nos hace libres frente al resto. Permite adoptar tu posición en el mundo sin necesidad de dar una explicación cierta de tus verdaderos motivos. Somos en parte lo que queremos ser, tenemos capacidad para escondernos en la masa, para disfrazarnos en la fiesta de la vida y elegir con quien compartir nuestra verdadera identidad. Quizá en esto consiste el amor o la amistad, es encontrar alguien capaz de conocer tu verdadero mundo, que no te pide que lo abandones, ni lo cambies, si acaso sólo que lo incluyas a él. 

La invisibilidad, el anonimato, tienen inconvenientes sin duda. No es posible realizar algunos de los sueños, de los retos personales desde una posición de ser uno más. Se requiere una posición de poder, un lugar destacado para cambiar las fuerzas que tratan de dirigir tu existencia. Pero a cambio esta trasparencia frente al mundo es la llave para poder pasearse por él sin sentir los ojos escrutadores del resto. Permite la libertad de movimientos del que no llama la atención, del que permanece en la sombra y decide por dónde quiere andar. 

El diferente, el triunfador, el líder, el sabio, el encantador , consiguen arrastrar tras de sí a los demás, pero esa condición de ser visible tiene también su coste. El peaje a pagar es la propia libertad, la pérdida de tu espacio que acaba siendo compartido por la multitud. El triunfador acaba ahogado por su éxito, el sabio por su ciencia y su estudio, el encantador no puede librarse de sus fans, el líder no lidera más que la vida de los demás pero no sabe a dónde se dirige la suya. 

Para ser feliz es necesario reconocer tu propia vida, la felicidad es la percepción de que recibes lo que pides a la vida. La felicidad está en la conciencia de estar vivo y en la capacidad de dirigir tu destino. Aunque admito que la felicidad no es un estado permanente, sino un rayo de luz que pasa fugaz por tu lado y debes estar atento para cazarlo. A veces choca contigo y le llamas suerte, pero las más de las veces es esquiva, hay que buscarla. 

En nuestra tienda el ruiseñor era el líder. Poseía las armas necesarias: un “pico de oro” como dirían los hombres, una determinación absoluta en hacer ver su verdad , los sueños de un visionario y la fe en sí mismo que creía compartida por todos los allí reunidos. Me recordaba un poco a mí mismo en los tiempos en que viví en la pajarera enamorado de mi propia imagen, como Narciso de su reflejo. Ese tiempo en que soñé que era el elegido para llevar a todo mi pueblo en el viaje al paraíso, abriendo las aguas del mar a mi paso. Sólo que entonces mi gente no quería viajar a ningún paraíso que estuviera fuera de aquella pajarera, porque la mayoría se sentían satisfechos. El ruiseñor se esforzaba en dirigir el destino de una comunidad que ya había caminado por senderos de frustración y no estaba dispuesta a sumarse a su visión de iluminado. Cada uno tenía sus razones. Incluso Quica y yo que habíamos sido antiguos activistas del escapismo vivíamos ahora un periodo de dulce apatía donde dejábamos a la vida que nos mostrase sus cartas sin pedir nada más que estar juntos. 

Los canarios nunca se habían planteado participar de revoluciones ajenas, menos ahora que también disfrutaban de las mieles del amor. Los jilgueros estaban en permanente conflicto con el mundo y la bella cacatúa creía que aquellas ideas eran propias de rufianes y plebeyos. El resto de animales prestaban poco crédito a un pájaro que como un predicador agorero se dedicaba permanentemente a tratar de dirigir sus vidas, demasiado cortas para tomar en serio sus apocalípticas profecías. 

Así es como el líder indiscutible se consumía en su afán de abrir las mentes de los obtusos, de regar la semilla del descontento para buscar el sueño de un mundo feliz. De tanto cantar sus canciones libertarias, de tanto silbar melodías de revolucionario se erigió en el más atractivo de los artículos de la tienda. En su desvarío no entendía que no era más que un objeto a la venta, un valor medible por el dinero que otro estuviera dispuesto a pagar y que aquellas diatribas cantadas no hacían más que aumentar su valor. Ignorante de que sus arengas no nos despertaban las ansias de libertad sino que sólo entusiasmaban a los clientes. Fue el primero en ser vendido. Involuntariamente su canto había sido un plan de fuga no premeditado. Aunque todos sabíamos que únicamente cambiaba el lugar no la condición. Seguiría siendo un preso, un pájaro enjaulado y más aún sería un pájaro encerrado en su propia quimera. 

Aunque era un descanso dejar de oír permanentemente su encendido discurso, todos lamentamos que se fuera y deseábamos en el fondo de nuestros corazones que encontrase allá donde fuera un alma gemela. Que con ella pudiese dirigir una revolución, como un general al frente de su ejército y fuera definitivamente feliz. .

..........(continuará)