domingo, 15 de febrero de 2015

14 DE FEBRERO

SIN ánimo de parecer cursi,
al publicar los amores de Pericles aprovechando la ocasión





ORACI (Continuación)

  Si bien al principio no estuve totalmente integrado era admitido en el grupo, aunque en un estatus de clara inferioridad. A mi no me importaba porque ello no suponía ningún menoscabo en mi orgullo. Compartía los juegos también con mis hermanas. Aún era demasiado joven para no poder estar con ellas, aunque pronto empecé a recibir  insinuaciones para que dedicara más tiempo a estar con los machos que con ellas. Ya existían suficientes razones para dar que hablar y no necesitaba añadir otras nuevas.

 La relación de los machos con las hembras se admite con permisividad cuando puede iniciarse el cortejo, hasta entonces los machos deben relacionarse entre ellos y lo mismo para las hembras. No voy a deciros que lo comparto, pero es así. No tengo conocimiento de otras sociedades aviares, si esta separación de sexos está tan arraigada, pero en nuestra pajarera esas eran las normas sociales. Convencionalismos de los que espero comprensión por parte de los humanos puesto que son verdaderos especialistas en la segregación de grupos por razones bien distintas. Entre los pájaros, al menos entre los periquitos no existen motivos de exclusión por razón del color de la pluma, la raza, el estatus social y muchos menos por motivos políticos o religiosos que nos son ajenos.

 Así pues pase mi infancia siendo el rarito de la familia. Sólo un hecho cambió mi posición frente al grupo. Cuando entrando en la edad que podíamos decir la pubertad de los periquitos, me veía abocado a la invisibilidad, a ser uno entre la multitud, a ser nadie. Sucedió un hecho que cambió el curso de mi vida.

 Era la primera incursión de los granjeros a la pajarera en varios meses y todos sabíamos cual era el significado de aquella visita. Venían como cada temporada a recoger crías para llevárselas y venderlas. Era como venir a recoger los frutos de un árbol maduro. Esta era una situación asumida por la pajarera, como un mal necesario. El dios de los pájaros lo mandaba de esa manera, o quizás  los dioses humanos dictaban aquella norma. Pero que fuera admitido como necesario, no significaba que alguno de ellos quisiera ser voluntariamente el candidato que se inmolara a ese sacrificio. Cuando el  granjero penetraba en nuestro territorio todos los periquitos volaban alrededor de la jaula para no ser atrapados pero yo no me moví. Sabían que yo deseaba salir de allí, explorar el mundo. Pese a ello mi familia me gritaba: “ ¡Tico, vuela, escóndete!” sobre todo mis padres. Pero en aquel totum revolutum el único que permaneció encaramado a su rama, fui yo. No hacía falta cogerme tan bruscamente, quería ir de buena gana. ¿Acaso no veían mi buena disposición? Mis padres seguían gritando pero yo les miraba condescendiente. Tenía decidido que quería marcharme y ver mundo. Sólo quise liberar una de las alas para despedirme y eso me costó un apretón que a poco me asfixia.

 Entonces sucedió, comenzó mi cuerpo con la particular lucha consigo mismo contrayéndose bajo la presión de la mano. Aquellos movimientos espasmódicos debieron sorprender al chico que vino a buscarnos y abrió la mano, yo no volé, quedé  tendido sobre el suelo y cuando volví  a la conciencia vi aquel muchacho que con los ojos muy abiertos me miraba y empujaba con un dedo mi cuerpo como queriendo reanimarme. Esta vez no había silencio en la jaula, el alboroto de la espantada general se había amortiguado pero no había desaparecido, pero vi como era el objeto de sus miradas casi indulgentes, como perdonando mis deudas ahora que iba a desaparecer. Oí al chico decir:   
  
 -¿Qué te pasa amigo, te asustaste demasiado? Venga arriba que hoy te voy a dejar para que te recuperes.

 No salía de mi asombro, había entendido a aquel hombre, el monstruo que me iba a llevar lejos me había llamado amigo y había tratado de animarme. En ese momento supe que mi vida ya no iba a estar allí, que quería salir, que había un mundo desconocido y nuevo que me estaba esperando.

 Como por arte de magia, a partir de entonces cambió mi posición en la pajarera, pasé de ser un raro a un héroe. Dejé de ser el tocapelotas, preguntatodo, resabidillo, a un verdadero valiente que no necesitaba colgarse de las patas bocabajo para demostrar que era un macho. Se me miraba con respeto, casi con envidia por parte de mis amigos. Era como si hubiera regresado del otro mundo sin llegar a haber salido siquiera. El haber sido tocado por la mano de dios, por la mano del hombre y continuar allí inmutable, me otorgaba un estatus de elegido. Desde entonces resultaban más interesantes mis aspiraciones para vivir en el mundo exterior, como las propias de un iluminado, de un ser especial que podía y tenía derecho a plantearlas por su especial condición. No necesitaba reclamar la atención con piruetas acrobáticas o cantos insinuantes a las hembras de la pajarera. Cuando me acercaba a su territorio cantando, me sentía estudiado, perseguido con la mirada. Me pavoneaba ufano, haciendo gala de ese halo de grandeza que me otorgó el contacto con el granjero. Puedo decir que no desaproveché esa ventaja, entonces joven como era no percibía lo efímero del triunfo, la ironía que la vida suele dar al destino y no esperaba que se volviese contra mí. La ignorancia nos hace atrevidos y estúpidos a la vez, pero quien no haya cometido estupideces en su juventud murió antes de tiempo.

 Pasé algún tiempo como un casanova casquivano, filtreando con todas las periquitas disponibles. Sus padres comenzaron a tomarme por un peligro porque no me mantenía fiel a ninguna de ellas. Había un interés especial en emparejar a los hijos porque los granjeros respetaban algunas parejas con el fin de poder mantener el criadero. De forma que el emparejamiento podía ser un salvoconducto a la deportación forzosa que de tanto en tanto se producía. Pero yo no buscaba una compañera, volaba de flor en flor, tomaba un poco de su néctar vertía en sus oídos la miel de mis fabulaciones, de mis cantos de sirena. Les susurraba aventuras en el mundo exterior como si fuera un conocedor del mismo, como si hubiera corrido libre y hubiese regresado para trovar sus misterios, para descubrirles la emoción de vivirlos. Mi verbo fue convincente un tiempo, el suficiente para que mi tránsito a la juventud de los pájaros fuera bajo los acordes de la lira, del amor vano, de los romances fútiles. Desperté la envidia de mis amigos, que pasaron a ser mis contrarios, que dejaron de verme como el elegido, para despreciarme como al egoísta, engreído que acaparaba todas las miradas y atenciones.

 Empecé a despertar de ese sueño de grandeza cuando vi lo patético que resultaba en esa actitud de galán de medio pelo, de truhán de pacotilla y ese fogonazo lo recibí de quien menos lo esperaba. Quica era la más tímida de las hermanas de uno de mis mejores amigos (aunque ahora Quico había empezado a rehuirme por mi torpe comportamiento). No era la periquita más llamativa, pero era bonita. Sus plumas de un azul cielo, más intenso en su espalda sobre las alas moteadas y ese rayado en la cabeza tenue que acababa cerca de sus grandes ojos que parecían abarcarlo todo. Miraba sin pretender llamar la atención, como disculpándose por si molestaba, pero si recalabas en la profundidad de los ojos, esa negrura te trasportaba, te absorbía. Su pecho de finas plumas azules, con pequeñas motitas blancas, como si fuera pecosa, la hacia aún mas graciosa.

  Ya veis lo que me pasó, después de ser el príncipe de vacuos cuentos de arrope y miel, con princesas que me adulaban, me fascinó la indiferente presencia de alguien que no prestaba oído a las paparruchadas de un fatuo engreído. Me colgué ya no de las ramas de la pajarera, sino de sus ojos, de lo que decía sin abrir el pico, de la sabiduría de su silencio frente la verborrea de mis discursos vanos.

  A veces el amor es un reto, surge de la provocación o del desafío. El amor puede surgir de una chispa, de una llama, de un relámpago; pero también puede surgir de un susurro, de una caricia, de un llanto apagado o un suspiro. Puede aparecer tras una ilusión, hacerse fuerte tras un desengaño, un dolor, un desgarro, una palabra. No creo que Quica tuviera una actitud estudiada en su indiferencia para captar mi atención, más bien le aburría la superficialidad de mi conducta. Ella era en aquel mundo mi igual, mi espejo y desde ese momento mi objetivo. Causó gran decepción (en mi club de fans) y a la vez alivio (en padres y pericos) mi extraña decisión de iniciar el cortejo de Quica abandonando las anteriores conquistas. El conquistador conquistado pasaba a ser un pobre diablo que renunciaba a la gloria por una plaza que carecía de valor, a lo sumo era un pequeño fortín frente a los impresionantes castillos cuyas murallas había escalado anteriormente. Pero estaban ciegos, no veían en Quica más que a una tímida e introvertida joven, cuando era una diosa que aún no había despertado y no era consciente de sus poderes.

 Tuve escaso éxito en mis primeros acercamientos puesto que de tanto usar las armas del amor cortés en mis anteriores batallas, siempre con acierto, no entendía como no producían el mismo resultado en el caso que me ocupaba. Quise desprenderme de los ropajes de galán para cambiar de estrategia, pero ya no resultaba creíble. Me odié por haber dejado de ser quien había sido, por haber renunciado a mi verdadera personalidad, por haberme perdido en otra vida que no era yo y que no deseaba prolongar.

 Pasamos la vida buscándonos y a veces somos tan evidentes que nos pasamos de largo. Siempre esperamos encontrarnos en lo fascinante de los demás, creemos que merecemos destacar y que el brillo que emanamos nos permitirá reconocernos fácilmente. A veces bastaría mirar en lo trasparente para vernos tratando de llamar la atención agitando los brazos. En la vida buscamos un lugar en que colocarnos, siempre nos parece que el que ocupamos no es el nuestro, que quizá nos hemos equivocado. Cuando dejamos ese lugar nos asalta la duda si no era acaso el que nos correspondía. Quizá dejamos libre el lugar que nos estaba destinado y esa duda nos desasosiega.

  La vida se vive en presente, no se puede pretender controlar todas sus variables, conocer todas las respuestas, basta con vivirla. Debemos aprender a valorar lo que tenemos sin renunciar a nuevas metas. La avaricia, la ambición no son motores del progreso, si no de la destrucción del individuo. La iniciativa, el hambre de saber que da el reconocerse ignorante, es lo que realmente nos hace grandes.

 Esa repetida aseveración de que la vida es la búsqueda de uno mismo no es más que un artificio, un sin sentido. No necesitamos buscarnos, ya nos tenemos, estamos ahí mismo, no hay que buscarnos en otras vidas. Somos quienes somos aunque no por ello permanezcamos inmutables. Es la propia vida quien nos va haciendo, nos va dando forma, vamos tomando en el camino los ropajes, los adornos, los útiles que nos conforman. Perder el tiempo en la búsqueda de un ser ajeno es renunciar a la propia existencia, es negarnos a nosotros mismos.

 Es lo que hice buscando parecerme a los que creía eran los ganadores, los triunfadores del mundo y no conseguí mas que el fracaso. Porque yo ya no deseaba ser el donjuán, yo deseaba ser yo. Sólo así me sentía capaz de llegar a ella, que permanecía en su torre mirando con condescendencia mis intentos de escalar sus murallas.

 Hacemos difícil lo fácil, complejo lo simple cuando aspiramos a llegar hasta los demás, porque queremos deslumbrarlos. Queremos demostrarles lo valiosos, lo importantes que somos y para ello no es suficiente el aproximarnos y ofrecernos, resulta más impactante el asalto, la toma por sorpresa. La forma más fácil de entrar en un castillo no es por sus murallas, es atravesando su puente levadizo y llamando a la puerta.

  Quica me abrió y ese fue el más feliz de mis logros en la pajarera, porque en ella encontré la correspondencia a mis preguntas, a mis dudas, con más preguntas y con más dudas, no con falsos axiomas, no con certidumbres inventadas. Con ella pude compartir el deseo de volar fuera de ese pequeño mundo seguro de la pajarera, en cuyo interior todo ocurría de una manera prefijada, como pactada, sin sobresaltos. Salvo cuando los granjeros venían a recolectar sus frutos, para arrebatar los hijos a las madres, para romper la paz. Eso era el tributo necesario a la armonía de aquel universo pequeño y limitado que nosotros ya habíamos decidido que no deseábamos como destino.

 Fue el tiempo más feliz porque en el enamoramiento inicial, en el despertar del amor, hay una entrega total. Todo lo que salía de su pico, todo lo que me cantaba al oído era para mí la verdad más exquisita, como si se abriera una ventana en mi mente y entrara la luz a raudales, todo cobraba sentido. Cada idea era como el nacimiento de un nuevo concepto, aunque hubiera pensado en él muchas veces, me parecía recién estrenado. Yo escuchaba sus palabras como si en ellas estuviera el alimento que necesitaba, la medicina que espera el enfermo para poder sanar. Después el placer de escuchar y ser escuchado fue para ambos el único deseo, la única necesidad, nos costaba separarnos en la noche porque nos quedaban muchos temas de los que hablar, demasiados para tener que esperar a que amaneciera.

 He sabido después como ese amor pierde el lustre de la emoción intensa y se cubre con la pátina de la cotidianidad. A veces escapa del aburrimiento o incluso del desamor o del odio, pero sin excepción pierde el brillo casi cegador de sus inicios. He podido amar con la virulencia de la juventud, con la pasión de la madurez, con la intensidad del amor verdadero. He vivido también el desengaño y el dolor que genera la pérdida de un ser amado. Ahora más cercano a mi final aún amo, si cabe con más intensidad todo lo vivido, cada momento, aferrándome a los días que me quedan, amándolos en cada segundo.

 Cuando nuestras almas o nuestras mentes se encontraron no quisieron separarse más, hablábamos de los proyectos que podríamos emprender afuera, de la grandeza de lo que alcanzábamos a ver desde nuestro pequeño mundo enrejado, de la libertad.

 Nadie es libre, ahora ya lo sé, lo aprendí en todos estos años. Desde que naces el peso de las circunstancias marcan tu vida, nadie decidió dónde empezar su camino. Pero en el camino si puedes elegir tu paso, las sendas, las veredas, cambiar la dirección  o el  destino al que deseas dirigirte. Sólo en ese contexto somos libres. La libertad como fin no tiene sentido, es inalcanzable además de innecesaria. No se puede esperar a gozar de la libertad completa a través de un camino de dolor, de castigo voluntario, de sacrificio, para un supuesto premio final que nos traiga la felicidad que no tuvimos. Y si ésta llega, que sea cuando ya no la necesitamos porque somos incapaces de disfrutarla. La libertad debe ser el medio, la brújula que dirija nuestros pasos.

 Disfrutarla en el trayecto no en la meta.

 Cada camino plantea unas dificultades y en algunos realmente pedregosos es difícil progresar. Nosotros no veíamos obstáculos en el camino, si caminábamos juntos creíamos que seríamos los dueños de nuestro destino. La libertad estaba afuera y salir era nuestro sueño.

 Al principio vivimos en la soledad del amor, la soledad necesaria y suficiente de los amantes que no necesitan al resto del mundo, que les bastan sus propios cuerpos, sus propias palabras. La ceguera del amor. Después fuimos abriendo los ojos a nuestro entorno. Entonces fuimos para toda la pajarera unas rara avis dentro de aquel mundo ordenado. Nada de extrañar para la mayoría que nos veía como dos peculiares seres que de forma natural se habían encontrado en su rareza. Decidimos que debíamos compartir nuestras ideas con los amigos. Especialmente con Quico que pasó a ser nuestro aliado, nuestro defensor ante el mundo. Nos reuníamos en la mañana y a primera hora de la tarde para conversar. Era cuando la pajarera tenía más vida, cuando los cantos de todos se convertían en una algarabía, en una fiesta sonora que atraía a veces a los niños de los granjeros, nos señalaban y parloteaban entre ellos también como si quisieran participar de nuestra conversación. Eran un elemento más de aquel cuadro que nadie pintó pero que aún persiste en mi retina, es el que viene a alegrarme las mañanas de sol que me quedan y que voy apurando sorbo a sorbo.

 Recuerdo aquel sol brillante de la mañana que proyectaba las sombras de las encinas sobre la pajarera, perfumándonos el aire de un frescor limpio, resaltando el verde profundo de esos árboles que siempre recordaré como los más bellos. Nos rodeaban cuatro de ellas, grandes, impresionantes, con unos troncos que se diría indestructibles, elevándose y extendiendo sus ramas, protegiéndonos como ángeles guardianes. Majestuosas siempre, cuando florecen y cuando regalan su fruto encapuchado. Me hubiera gustado poder entender también las palabras de las encinas, sus voces centenarias. Las imaginé siempre solitarias, calladas, acostumbradas a un soliloquio profundo consigo mismas, como los sabios filósofos que debaten para sí los misterios de la vida. Pero estoy seguro que en las tardes de siesta del verano, tras el bochorno, cuando se tiñen de rojo los verdes del campo o en invierno cuando esos mismos rayos son el último aliento cálido que anuncia el frío,  las encinas iniciaban largas charlas con sus voces quedas, roncas, tranquilas. Me hubiera gustado entenderlas,  hablar con ellas como quien pregunta a un profesor que ha vivido tanto, que todo lo conoce, que todo lo debe saber.

 En aquellos días todo tenía un brillo especial, cualquier detalle que apreciábamos fuera de las rejas de la pajarera  parecía maravilloso, como un adelanto de lo que nos esperaba afuera. No todos los pericos compartían nuestra meta de salir al mundo exterior. Algunos nos escuchaban embobados, asintiendo a lo que íbamos contando como si fuéramos expertos conocedores de ese mundo. La mayoría escuchaba nuestros relatos, nuestros planes como quien escucha a un contador de historias, por el divertimento de su narración, por la intriga del desenlace; pero no se planteaban participar de aquellas propuestas descabelladas en que perdían la supuesta libertad de la pajarera, la ilusoria seguridad.   
      
  Un tiempo pasamos ideando la fuga de la pajarera, aprovechando los momentos en que venían a traer comida o a limpiar la pajarera, pero todos los planes resultaban infructuosos, los cuidadores tenían mucho cuidado en no dejar puertas abiertas. No sabían que salvo nosotros nadie hubiera escapado de aquella cárcel. Finalmente decidimos que la única manera segura de salir era ofreciéndonos cuando nos vinieran a buscar.

 Cuando nos fuéramos se compadecerían de nosotros, pensarían lo afortunados que eran de no haber sido los elegidos y de permanecer en aquella jaula dorada. La compasión, la piedad, son sentimientos contradictorios, con un doble filo. Hablan del amor, de la capacidad de querer a alguien que padece, sentir su dolor y compartirlo. Pero a la vez es un sentimiento malvado por que consagra esa situación de dolor ajeno, la da por buena y nos coloca por encima, en una situación de privilegio, dejando al que padece con su pasión. Compadeciéndonos, aliviamos el peso de nuestra conciencia, pero no liberamos de su carga, ni aniquilamos la causa que la provoca al atormentado.

 El día en que el granjero volvió para recoger la nueva cosecha de pájaros, nos encontró dispuestos, eramos las víctimas propiciatorias que aceptaban de buen grado el sacrificio. Los tres nos dejamos atrapar con facilidad, casi nos precipitamos hacia la mano que a otros les parecía la del verdugo y a nosotros la del libertador que nos ofrecía un mundo nuevo.

  Tres fuimos los afortunados y siete los desgraciados que lamentaban su mala suerte, diez pájaros que unimos nuestro destino en un punto. La misma situación provocaba sentimientos opuestos en los dos grupos. Tratamos de tranquilizar a nuestros amigos y compañeros de fuga forzada. Estaban asustados, angustiados por el futuro que les esperaba, fuera de su hogar, lejos de sus seres queridos. No es que nosotros no echáramos de menos a nuestros familiares, pero habíamos idealizado tanto aquel momento que no podíamos sino disfrutarlo. Eramos ingenuos pero felices, tontos llenos de ilusiones, ignorantes que creían saberlo todo, pájaros llenos de vida, seres que podían saborear el paso de cada segundo porque permitía acercar el futuro, nuestra nueva vida.

Continuara.....