viernes, 27 de diciembre de 2013

SOLEDAD


   A esa hora la ciudad estaba tranquila. Las calles vacías y los sonidos del silencio componían una sinfonía espectral. Era el momento que deseaba para asomarse a la ventana de su duodécima planta. Desde allí se apoderaba del inmenso espacio de apartamentos, calles y plazas punteados por las luces del alumbrado. De tanto en tanto se veían los ojos amarillos de los coches desplazándose a lo largo de la calle, sorteando las luces rojas, verdes o anaranjadas que colgaban en el aire ingrávidas.

   A veces se quedaba allí fascinada por el espectáculo de cine mudo donde apenas nada ocurría y cada pequeño objeto que adquiría movimiento se convertía en protagonista del escenario. Sumergida en sus pensamientos, pero a la vez con la mente en blanco, se dejaba llevar por aquel silencio, por la oscuridad rota, por las luces apagadas, por la vida oculta tras los muros infranqueables de las paredes. Los apartamentos de enfrente tenían sus cortinas corridas, pero en ocasiones se encendía la luz en su interior y se adivinaban figuras moverse como fantasmas. Sombras que atravesaban espacios cuadrados, desaparecían y volvían a entrar en escena dejando imaginar lo que había ocurrido en la habitación contigua. Uno o más personajes que se movían sin parecer conocerse, pasaban sin apenas rozarse y en ocasiones colisionaban para batallar o amarse.

   Todo sucedía lejos como si fuera un decorado ajeno a su propia vida, ocurría en otros lugares, en otros mundos que no eran el suyo porque en aquel momento que tanto amaba, su mundo estaba a salvo, allí de pie junto a la ventana. Desnuda o con el albornoz si había disfrutado de la lluvia de agua caliente que saboreaba cada mañana al levantarse. En las manos el café con leche humeante que sorbía como la vida a pequeñas dosis, calentando las manos y el espíritu. La noche incluso vista desde la ventana le producía escalofríos, subían desde los pies atravesando su espalda hasta la nuca y allí erizaban el vello. Aquello era sentirse viva. Sentir como el mundo provocaba en su cuerpo sensaciones, despertaba territorios, abría senderos en la mente apagada por el sueño y la devolvía al estado de consciencia que perdería luego en la vorágine de la vida cotidiana.

   Cada detalle de aquellas madrugadas, era lo que quedaba en el recuerdo que le permitía mantenerse a flote; eran los momentos que le daban impulso para el salto; que servían de amortiguador para los golpes, de refugio para el resto del día.

   Desde aquel palco presidia el teatro del mundo.

  Cuando descendía por el ascensor, ya amanecido, bajaba a escena y era sólo uno más de los títeres que poblaba la vida de otros. En la mayoría de los casos era un personaje secundario y en otros pocos el director de la obra. En muy pocas ocasiones se veía como actriz, como protagonista del acto. No sentía el calor del público cuando bajaba al escenario, sólo el frío de representar un papel ajeno. Incluso cuando el aplauso estallaba en mitad del espectáculo lo vivía como extraño a sí misma, impuesto, artificial.

   Cada mañana a las seis y cuarto sonaba el despertador, ponía en marcha el disco de música que la hacía retornar del seguro mundo de los sueños. Música suave, nunca las estridencias le habían gustado. Tonos delicados, armoniosos, de clásicos o modernos, pero siempre suaves melodías que le dieran el primer impulso para montarse en el carrusel de la vida. Se quedaba un rato en la cama, dejándose acariciar por la suavidad de las plumas encerradas en la funda nórdica, tapándose hasta el cuello y arrebujándose, tratando de huir del mundo que la esperaba. Deseaba seguir durmiendo, a pesar de que a esas horas ya estaba saciada de sueño. Tampoco era pereza, esa resistencia a incorporarse era un ritual más de disfrute de esa soledad que amaba. No se encontraba aislada en el mundo, pero sólo ella misma se hacía verdadera compañía. Su cuerpo necesitaba sus propias caricias, sus ritos solitarios. Su soliloquio interior le llenaba el depósito de gasolina, suficiente combustible para viajar después a los lugares comunes dónde se relacionaba con los demás. Existía ella y el resto del mundo, en ese orden y con una distancia tan grande entre ambos que requería un esfuerzo llegar hasta el otro lado del abismo.

   La música primero, las caricias del edredón, el café con leche, la ventana eran como la oración que cada mañana repetía, el mantra que movía los engranajes de la voluntad para superar los miedos.     Se vestía despacio alargando los tiempos, lo hacía siempre ante el espejo del armario en su habitación. Mirándose, acompañándose en aquel tránsito, admirando aquel cuerpo aún lleno de vida y a la vez huero de deseos. Se acariciaba un instante al ponerse las bragas y el sujetador como si fuera un amante saciado, elegía cuidadosamente las prendas que vestiría. Colores sobrios, pastel, prendas rectas, elegantes, con clase, sin estridencias (como sus músicas). Se miraba, comprobaba el efecto, le hablaba al espejo como si conversara con una amiga a la que pidiera consejo, prolongaba aquellos tiempos para tomar aire antes de la inmersión.

   A las siete y media salía por la puerta, no empezaba a trabajar hasta las nueve pero acostumbraba a ir a pie hasta la oficina con una parada en un café que hacía esquina entre la calle del paraíso y la calle del infierno, el bar se llamaba el purgatorio. Allí tomaba su desayuno de tostadas con mantequilla y mermelada y un café, observando el mundo desde la cristalera. 

   Era una voyeur profesional. Cada mañana la excusa del desayuno le permitía escrutar la vida de otros, desde primera línea, desde el palco proscenio del tablado en que nos movemos a diario. Su aire distraído, su actitud indiferente, su natural mimetismo la hacían transparente. Creía ocultarse envuelta en su capa de normalidad, pensaba que era invisible, que espiaba el mundo de incógnito desde aquella mesa del bar. Miraba como sin pretenderlo a la pareja que se sentaba enfrente, a la mujer que pasaba a buen paso por la acera, al viejo insomne que paseaba el perro desde hacía una hora y ya volvía a su casa. Entraba en la vida de todos ellos e imaginaba sus historias, las creaba como si fueran personajes de su propia vida. Les daba forma, los relacionaba, los movía por el escenario de su imaginación y los hacía sus compañeros mientras bebía el café.

   Aquellos dos jóvenes que veía a menudo siempre sentados en la mesa del fondo, donde la ventana se trasformaba en muro. Allí los veía casi a diario sonriéndose, diciéndose cosas al oído, murmurando palabras de amor que aunque no le llegaban, podría repetir casi con la certeza de no equivocarse. “ Cariño te esperaré en el parque cuando acabe la clase de inglés, tengo una sorpresa para ti – venga dime que es – imposible, no sería una sorpresa, pero se que te va a gustar- porfa – no insistas- venga... porfi” y se besaban suavemente en los labios y él la besaba en la mejilla, llegando hasta el lóbulo de su oreja, dejando allí una mezcla de beso y mordisco. Un escalofrío, un erizarse el vello, una sonrisa cómplice y un reproche en los labios y en la mirada de ella.   Aquellos estudiantes que gastaban su pequeño presupuesto en aquel desayuno y compartían no sólo el café con leche, si no la ilusión de lo que está por construir. Esos dos jóvenes que dejaban testimonio de su amor o su ternura o quizá del deseo aún no realizado de yacer en una cama, de arrancarse la ropa, de comerse a besos, de saciarse de placer. Y en preciso instante en que se besaban pasaba la mujer cargada de bolsas, captaba ese gesto, detenía apenas el paso y pensaba para sí donde quedaron sus besos.   Los que su marido le daba en el parque, el mismo parque donde se habían citado los amantes. Por un momento aparecía en su rostro la sonrisa del deseo, del recuerdo cálido de una boca sobre sus labios. Apretaba después de nuevo el paso pensando en que tenía que entregar aquellos paquetes y volver a casa para llevar a los niños al colegio. Ojalá su marido los tuviera ya vestidos y desayunados. Y el viejo con su perro que tironeaba de la cinta para poder oler el tronco de un árbol y depositar después su señal, volvía la cabeza justo en el momento en que veía sonreír a la mujer. Ya era madura pero que cintura, que garbo al andar, quien tuviera treinta años menos para decirla un requiebro, con educación pero con intención. Porque se veía claramente como esa mujer era de las que hacen feliz a un hombre, con sus caricias, con sus susurros. Ahora él se conformaba con las carantoñas y los ladridos de Linda, pero la vista no envejece y él sabía distinguir una buena hembra.

   Todo transcurría delante de ella, para que pudiera verlo con la claridad con que se pueden ver los sueños, en la intimidad de sus tostadas y su café. Dejando que los ojos pudieran llenarse de imágenes, pero permaneciendo al margen, en el anonimato de la soledad. Pagaba su desayuno y salía de nuevo a la calle para acabar su trayecto hasta la oficina. En este segundo tramo el paso era más lento, como si no hubiera repuesto energía sino que la hubiera perdido en algún esfuerzo titánico. Atravesaba el parque en que más tarde los amantes se verían, los árboles de siempre, testigos mudos de tantas historias. Caminaba por la acera observando a su alrededor, a veces se encontraba con alguna mirada furtiva de otro andante solitario de la vida. Había sido sólo una impresión o puede que aquella pareja de jóvenes estaban hablando de ella. Imposible. Ella era de cristal, su persona una entelequia, su figura un sueño. Su cuerpo era lo único que podía despertar alguna atención a su alrededor, quizá el viejo también la había visto mover su cintura y amagaba su piropo de hombre.

Retrasaba su llegada al trabajo, aunque nunca había llegado tarde. Era metódicamente puntual, se podría decir que siempre entraba en escena en el momento que le correspondía. Cuando atravesaba el vestíbulo de aquel edificio nuevo, de pulidas paredes de mármol, comenzaba su representación diaria. Se levantaba el telón de su espectáculo. El portero la saludaba.
-Buenos días señora directora
-Buenos días.

   Y atravesaba aquel espacio vacío, resonando sus pasos en el aire, hasta llegar al ascensor. Se abría la puerta metálica con el sonido del timbre y la luz que iluminaba el número cero. Aquella escena que repetía cada mañana no dejaba de producirle cierta angustia. Entrar en aquella caja vertical que ascendería hasta la última planta, le producía la sensación de haber penetrado en un ataúd que se elevara hasta el nicho que tenía asignado. La voz femenina que anunciaba la planta no mitigaba su angustia, con un tono monocorde y un acento extranjero, la hacía sentirse incomoda. Cerraba los ojos, respiraba una vez más y se cargaba de fuerza antes de que la voz grabada anunciara su planta y se abriesen las puertas dejándola en medio del verdadero escenario, donde debía interpretar su papel.

   El espacio al que accedía era su jurisdicción, su dominio. En él era la dueña absoluta, ostentaba el título de reina, de directora gerente. Todo aquel lugar que se llenaba de mesas y estantes, de hombres y mujeres, de ordenadores, fotocopiadoras, faxes, todo estaba bajo su égida. Aquel territorio compuesto por tabiques incompletos que delimitaban cubículos abiertos, formaba un largo pasillo que llevaba directamente a su despacho. El recinto último, el sancta sanctorum donde el sumo sacerdote impartía los preceptos de la fe. Allí se decidía qué sería publicado en el semanario, qué temas de la actualidad eran noticia y cuales pasarían al anonimato, al silencio del olvido. Ella recorría el pasillo con una amplia sonrisa, repartiendo saludos, respondiendo a los buenos deseos para el día. No es que le molestara su presencia, pero su único deseo era atravesar aquel lugar y resguardarse tras su muralla. En su despacho, cerrado al espacio interior de la planta, se abría un ventanal hacia el mundo. Un nuevo cristal por el que poder ver la vida, a salvo de lo externo, en la intimidad de su única compañía. Allí se sentía como en una isla. No una isla pequeña de naufrago en la que sentarse a esperar señales del cielo o del agua. Su isla era grande y salvaje, en medio de un inmenso océano en el que perder la mirada. Con unos acantilados desde donde escuchar el bramido del mar rompiendo contra la roca, se imaginaba paseando desde lo alto cerca del precipicio, sintiendo el viento sobre la cara, invitando a dejarse llevar hacia el vacío. Esa era para ella la percepción de estar viva, la sensación de estar sola, abandonada en la naturaleza, defendiéndose de la vida y aferrándose a la vez a ella.

   En su despacho, la mesa estaba de espaldas a la ventana. Cuando trabajaba necesitaba ausentarse del mundo real e introducirse en otra ventana al mundo inmaterial que aparecía en la pantalla de su ordenador. Donde se sumergía y buceaba, donde convertía las noticias en historias. Desde donde la realidad toma forma en escritos y fotografías, en pruebas de vida. Nada existía si no era noticia, al menos nada importante para el mundo. Ella pensaba que sólo aquello que era protagonista de la actualidad era una realidad palpable. Sólo lo que se podía ver impreso en los rotativos, lo que era filmado en los documentales o grabado en los estudios era real. Esa realidad era regurgitada después de ser digerida y remodelada por la maquinaria de la prensa para ser entendida y asimilada. Ella formaba parte de ese proceso trasformador, parte del engranaje, del inframundo necesario para dar cuerpo a la realidad. Los protagonistas eran siempre otros. Vivían en un mundo ajeno al suyo.

   El ordenador era la ventana al mundo sustancial, al presente verdadero. El gran ventanal de cristal un mirador en el que perderse y crear una ilusión, una fantasía, un ensueño. Era la ventana de un futuro incierto e irreal. Pero en aquel despacho de directora gerente existía una tercera pequeña ventana en la que podía asomarse, y pese a su reducido tamaño era donde con más facilidad acababa perdiéndose. La ventana del pasado.

    La fotografía de Carlos enmarcada en plata, labrada con motivos florales, rompía la estética funcional y minimalista de aquel recinto. Se veían dos jóvenes abrazados, sonriendo y mirando a la cámara, esperando el disparo del flash, desafiando el tiempo, ajenos a todo lo que estaba fuera de ellos. Podía recordar perfectamente los detalles de aquella imagen. Su viaje a Praga en pleno invierno, decidido en el último minuto con la excusa increíble de tomar las fotografías y cubrir la noticia de la Revolución de Terciopelo y una entrevista con el mismo Václav Havel. En su viaje no se plantearon ni por un momento la dificultad de acceder al escritor ya convertido en líder de aquel Foro Cívico.

   Nada más llegar se vieron inmersos en el movimiento reformador de un sistema caduco, fracasado. Un elefante que se movía ya a trompicones, y se sintieron partícipes del momento. Aquella era la realidad, el presente que ocupaba las portadas de los diarios, los titulares. Y lo mejor es que compartían ese protagonismo con su amor, su inagotable amor, su indestructible amor. En el frío de las calles, pisando la nieve, sentían el calor de sus cuerpos jóvenes capaces de derretir el acero del muro que dividía Europa. Su ideología intacta, beligerante. El heroísmo de los ilusos, la fuerza de los que creen en la razón, el sueño de los que ven un futuro nuevo. Todo les indicaba que aquel viaje sería el punto sin retorno de un cambio que afectaría también a sus vidas. Les daría el impulso para meterse de lleno en el mundo del periodismo en que andaban bregando como becarios, como periodistas de ocasión y como freelancer de escaso éxito. Vivieron en la segunda Primavera de Praga como su propia primavera. Carlos disparaba carretes de instantáneas en blanco y negro que llenaron después los cajones, pero que en aquel momento parecían estar destinadas a ser como el disparo que acabaría con la tristeza de una sociedad con deseos de abrirse. Aquellas fotografía que revelaban juntos y miraban en la cama después de amarse. Fotografías que pasaron a ser imágenes de su propia vida, porque en aquel cuarto de pensión que alquilaron cerca de la plaza Wenceslao tomaban cuerpo, se hacían reales. El frío de la habitación, no congelaba sus ansias, no era suficiente para mantenerlos vestidos. Entraban en su habitación tras haber asistido a una asamblea o una manifestación, tan entregados a la lucha que iniciaban un combate que siempre finalizaba en tregua o en victoria y cuyos únicos vencidos eran los cuerpos yacientes, agotados. Fueron tiempos de pasión y fueron tiempos de acción.  Cada mañana se encontraban con otros periodistas, con corresponsales de medios de comunicación de todas partes del mundo que como ellos se habían congregado en aquel país para dar testimonio de la verdad. Buscaban contactos en los círculos literarios, en los cafés, en las redacciones, para encontrar la ocasión que les brindase la noticia, la exclusiva. Durante el mes mas intenso, durante el más cálido invierno que recordaban, habían trabajado incansablemente sin asomo de agotamiento. Soledad escribía artículos, entrevistas callejeras con los protagonistas del movimiento. Carlos fotografiaba aquella realidad única y veía a través de su objetivo un mundo esperanzador. Enviaban las crónicas y fotografías al periódico con la misma pasión que los intelectuales escribían las cartas y los discursos. Algunas veces veían parte de su reportaje publicado y eso les daba renovada fuerza, una inagotable energía para seguir en la búsqueda de la noticia definitiva. En aquel tiempo también creían que sólo lo que aparecía en las primeras páginas podía decirse que era real. Lo que las cámaras mostraban era lo auténtico. Nada de lo que ocurría fuera de la noticia tenía interés, no era relevante. Ellos se sentían en el vórtice del mundo, ahí donde todo cobraba vida. Praga estaba cubierta de nieve, pero el frío no helaba las sangres, hervían los estudiantes, cantaban y gritaban en aquellas calles blancas. Podía olerse el perfume de la revolución, un olor acre y dulzón que impregnaba todo, incluso las palabras. Vivieron en el huracán de la emoción y las Navidades en aquel lugar fueron el tiempo más fructífero de sus existencias.

   A veces en la vida buscamos el sentido de nuestra existencia en las calles que atravesamos, en las avenidas y las plazas; y nos sale al encuentro cuando estamos doblando la esquina de un callejón al que no habíamos prestado atención. A veces lo que habíamos anhelado, el sueño que siempre perseguimos, nos es ofrecido casi sin merecerlo, sin disputarlo. Porque la vida no lleva la cuenta del esfuerzo, no esta pendiente de cada uno de nosotros, transcurre a su ritmo y sin detenerse. A su paso va dejando pedazos y algunos encajan en nosotros como la pieza que nos faltaba, como si fuéramos un puzzle incompleto.

   En aquella cervecería donde la cerveza negra hizo que las lenguas y las almas se unieran. Aquel tipo que llevaba su cámara, como tantos otros, cambió sus destinos de repente. La fotografía lo aproximó a Carlos, ambos se mostraron las instantáneas tomadas como reliquias, como trofeos y en aquel cambalache de emociones regadas por la espuma de la cerveza, endulzada por su sabor a regaliz, se fueron haciendo uno. En aquel duo cabía perfectamente Soledad. Tres en uno, la divina trinidad que conjuraba todos los dioses y los convertía en la unidad. Igual que ocurría en la calle, una multitud que se resumía en una idea, mil corazones que latían a un mismo ritmo, millones de individuos convertidos en un sólo hombre, en una mujer; con el deseo profundo de cambiar la maquinaria estropeada, monstruosa y pestilente que era aquel régimen caduco.

   Petr no era periodista, era un filósofo o quizá intelectual o sólo un hombre, un político comprometido, disidente, traidor, le habían llamado de tantas maneras que ni él mismo sabía que era. Un idealista que desde dentro había conocido la perversión del sistema y quería cambiarlo. Amigo personal del líder y que les franqueo el paso hasta la misma médula de la revolución. Les invitó a ser espectadores de primera fila de aquellos hechos históricos. Le prometió a Soledad una entrevista con Václav y a Carlos fotografiar el momento desde la mejor perspectiva. Aquel final de año, el 31 de diciembre de 1989 iba a ser el comienzo de una nueva época, se abrían caminos nuevos y fascinantes.

   Tomaron las uvas en su cuarto sintonizando radio nacional que retransmitía las campanadas. No pudieron dormir, se amaron como si el día siguiente fuera el fin del mundo. Quedaron embriagados, adormecidos bajo los efectos de la emoción y el alcohol.

El uno de enero, estaban allí formando parte de la historia, en medio de todo aquella multitud, en el epicentro del mundo. No había un día de Año Nuevo en otro lugar que tuviera el significado de aquel. Y ellos como destacados corresponsales se encontraban en el lugar asignado a los elegidos para trasmitir el mensaje revolucionario de un visionario, de un hombre harto de oscuridad. Un líder ahíto de una Creación al servicio del hombre y no del estado, convencido de la necesidad de recuperar los valores de la Humanidad, nuestra relación con la Eternidad y el Infinito. Una revolución en la esfera del espíritu humano, universal, regeneradora. Oyendo como Václav Havel pronunciaba quizá su mas importante discurso tuvieron la sensación de que ellos tenían también un lugar en el conjunto de hombres y mujeres, de jóvenes, de niños que se agolpaban en la plaza del Castillo, frente a aquellas verjas de hierro fundido. Se sintieron integrados en aquel Universo, como individuos pero a la vez como parte de un todo. Una pieza de la máquina humana que ahora se encargaría de romper las viejas y corruptas instituciones para hacer surgir un proyecto renovador.

“Vivimos en un entorno moral contaminado. Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos.

Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales.

Sólo unos pocos fuimos capaces de alzar nuestras voces para gritar que los poderes nunca deberían haber sido todopoderosos; que las granjas especiales, que producen alimentos ecológicamente puros y de la mejor calidad sólo para esos poderes, deberían haber enviado sus productos a escuelas, hogares infantiles y hospitales, ya que nuestra agricultura era incapaz de ofrecérselos a todo el mundo.
.......
No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo, el mejor Parlamento y el mejor presidente no pueden lograr mucho por sí solos. Sería igual de erróneo esperar un remedio general que tan solamente procediera de ellos. La libertad y la democracia implican la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos nosotros. Si somos conscientes de esto, todos los horrores que heredó la nueva democracia checoslovaca dejarán de parecernos tan terribles.”

   Luego vino su entrevista con Vlácav Havel en quien el mundo tenía fija su mirada. Se vio frente a un semidios que fascinaba con sus palabras, que embriagaba con sus ideas. El presidente era ahora, merced a la casualidad, a Carlos, a Petr, a la paradoja del destino, su medio para ser escuchada por todos. Su exclusiva la proyectó por encima de sus propios sueños. Inicio un viaje cuyas consecuencias no podía prever. Soledad se convirtió en una periodista de nivel. Carlos consiguió vender también sus fotografías.

   Pero en marzo cuando la primavera daba su comienzo, la noticia de la nueva Primavera de Praga ya no ocupaba las portadas. El sueño de una realidad dormida para la prensa, aunque en la calle siguiera tan viva como lo estuvo en enero, hizo a Soledad innecesaria en aquel lugar. Le habían ofrecido un puesto en un prestigioso periódico español.

   Carlos tenía que quedarse, aún veía muchas imágenes que retratar    de aquella realidad, que pese al silencio de la prensa internacional, palpitaba con furia. No era una separación, sólo era una pausa en el tiempo. Nada podría robarles ese amor desbocado que se tenían y que en Praga se había convertido en roca.
   La niebla que ya sólo en las mañanas inundaba la ciudad, vino esa tarde a despedirlos en el aeropuerto. Una niebla oscura, mojada, fría como un mal presagio. Una niebla que dejaba tras de sí el silencio porque lo absorbía todo. Un manto de llanto gris que les encogía el alma. Se encontraron por primera vez solos, abandonados en aquel lugar ajeno. Se descubrieron mirándose y una sombra de duda atravesó el espacio. No supieron si era un rayo de luz o un parpadeo, pero se les erizó el vello y sintieron el escalofrío del miedo. Aquella tarde sufrieron la primera puñalada del desamor sin poder darse cuenta de ello.

   En aquel aeropuerto de pasillos sucios, papeleras llenas y oscuras manchas en las paredes y hasta en los cristales, pasó el fantasma de la desolación. Soledad llevaba un traje pantalón con un abrigo hasta las rodillas, de corte clásico. Él siempre informal, con su vaquero, camiseta, cazadora militar y su palestina al cuello. Parecían tan diferentes que no costaba pensar que la vida les llevaba por caminos paralelos, que sólo convergían en los cruces. Sin embargo su beso de despedida, interminable, agónico, contradecía aquella apreciación. No deseaban separarse, temían que ese amor sagrado que compartían pudiera desvanecerse cuando sus labios se alejaran. Su abrazo era un grito de rabia frente al destino que les impedía seguir unidos. Permanecieron pegados sin hablarse, sintiendo el calor, el aliento de ambos sobre el rostro, un tiempo indefinido que se prolongaría en sus mentes hasta el último de sus días.

   Hay momentos en la vida donde el tiempo se detiene, tomamos una imagen, una fotografía del instante y la añadimos al álbum de recuerdos imborrables que nos acompañan siempre. Esos olores, esas sensaciones, esas imágenes son el equipaje con el que llegamos hasta las puertas de la muerte. Son las verdaderas riquezas que acumulamos a lo largo de la vida. Estas instantáneas que algún día parecieron intrascendentes, como puntos de luz en un día claro, se hacen imprescindibles. Es el azar, el capricho de un dios perverso o una conexión eléctrica neuronal reverberante lo que las hace imperecederas, lo que las consagra a la eternidad. La inmaterialidad de lo eterno, aquello que nos es insustituible, lo que para cada cual es la esencia misma de la vida, es sin embargo insignificante en el cosmos. Somos tan pequeños, tan poco relevantes en el Todo, que nos debería bastar vivir para sentirnos satisfechos. Sin pretender dejar huella de nuestro paso. Pero qué sentido tendría el Universo si cada una de sus criaturas no fuera única, un universo en sí misma. El tiempo que vivimos es para cada uno el único tiempo, nuestro mundo es el único mundo real y por ello no podemos dejar de vernos como dioses o quizá verdaderamente lo somos. Todo gira en torno a nosotros porque ese momento nos pertenece.

   Ninguno de los dos podía renunciar a la oportunidad que la vida les brindaba, pero maldecían que fuera necesario alejarse, caminar en direcciones opuestas.

-Piensa en mí
-A cada momento, mi amor.
-De verdad no crees que debería quedarme.
-En absoluto, tu sitio está allí, tienes que ir y demostrarles cuanto vales, yo iré en cuanto pueda.
-Por favor no tardes, te necesito. Somos un equipo, somos los ojos y la palabra.
-Tu eres la voz y yo sólo tus ojos. Quieren escuchar lo que tienes que contar.
-Pero lo que yo cuento no tiene sentido sin tus imágenes. Van juntas, ensambladas son la verdad, por separado sólo una opinión.
-Cuando llegue tu estarás ya situada y podrás ayudarme a hacerme un lugar. Te necesito allí, no puedo irme ahora, hay demasiadas fotografías que aún no he tomado.

   Las palabras fluyen como el agua de un torrente cuando existe el amor. El desamor, el olvido, levanta un muro de silencio. No se encuentran las sílabas que deben ser pronunciadas, se pierde el impulso para decirlas. Por eso ni un momento dejaron de hablarse mientras Soledad se alejaba y entraba en el control policial.    Cuando atravesó la puerta que daba acceso a las salas de embarque se desmoronó como un castillo de naipes. Cayeron de sus ojos las lagrimas de la soledad. Allí acudió el desconsuelo a hacerle compañía. Habían emprendido aquella aventura juntos, la habían vivido como una luna de miel inolvidable. Ahora sin embargo debían separarse porque el sueño que perseguían parecía indicar que aquel era el camino. Pero acaso el sueño podía obrar contra natura y romper aquella unión que era la esencia misma del proyecto. En cualquier caso había dejado que Carlos la convenciera de la necesidad de responder a la propuesta de trabajo más que generosa y en la que de momento sólo cabía ella. Carlos tenía razón, ella sería el agua que abriría el camino de ambos. Su trabajo consistía en crear un espacio suficiente para los dos y en aquel espacio construir luego la habitación común en la que serían de nuevo felices.

   Nada es lo que parece, o no sabemos verlo. Quizás miramos y nos engañamos porque nos interesa, puede que la vida se disfrace a veces de hada cuando no es más que la bruja mala. La verdad está oculta y vive en los subterráneos de la mente pero no siempre encontramos las antorchas que iluminen los pasadizos y las oscuras celdas. El trabajo, la cotidianidad, la mecánica existencia adormece los sentidos y permite el paso monótono de la vida. Sólo las piedras del camino son a veces capaces de despertarnos. El dolor de la caída es un estímulo mayor que el goce del beso, que si acaso, anestesia los reflejos. En aquel nuevo trabajo no tenía tiempo para mirar atrás porque había un futuro prometedor. Había surgido una oportunidad imposible de rechazar. Ella escribía y pensaba en esa realidad que se cruzaba por delante, describiéndola, llenándola de adjetivos, de frases brillantes que la hacían más creíble y real. El periodismo es como la novela de la vida cotidiana, consiste en contar aquello que ocurre, recreando los detalles, dándole a los personajes un papel que interese, que atraiga al lector y lo someta a la acción. La noticia debe ser un obra literaria de consumo rápido, porque se diluye rápidamente en el tiempo. Su presencia es casi siempre efímera, pasa con rapidez su frescura, por ello debe ofrecerse ya digerida para que al público no le empache. Así cada día necesitaba reinventarse construyendo verdades vendibles. Soledad miraba el mundo con ojos rapaces, atrapando todo lo que ocurría. Enfrascada en la misión de ser testigo, no podía abstraerse de su propio mundo.

Se perdía en el tiempo y se alejaba de sí misma. Praga quedaba cada vez más lejos y con ella Carlos, que se había convertido en una voz al otro lado del teléfono. Al principio no podían cortar la conferencia, era demasiado doloroso dejar de oír el sonido del amor, las palabras de la esperanza.

-Cuando vienes mi amor
-Yo quisiera estar ahí a tu lado acariciando tu cuerpo, pero debo acabar mi trabajo
-Necesito tenerte pronto o me moriré
-Aguanta un poco y estaremos de nuevo juntos.
Pero con las semanas, con los meses las palabras se convertían en dardos, en reproches.
-No me quieres, sino volverías
-Porqué dices eso, acaso tu podrías renunciar a tus crónicas, esas que leo ahora desde el otro lado de Europa
-Estoy intentando buscar un lugar para ti, aquí podríamos estar juntos y vivir de momento con mi sueldo. La separación hace más daño del que podía imaginar.
-Yo siento ese mismo dolor, pero espero que dure ya poco.
-No sé si podré resistirlo.

   El tiempo que trascurre parsimonioso o veloz, cansado o apresurado, fue abriendo el espacio que los separaba y casi sin darse cuenta se encontraron en las orillas distantes de dos océanos, en dos precipicios enfrentados, separados por un abismo. Se gritaban sin oírse, sólo sus propias palabras eran devueltas por el eco. Cada semana afrontaban el castigo de hablarse, casi como el fastidio de un rito que cumplir y que a ninguno de los dos les era ahora propicio. No porque pensaran que no se amaban, sino porque las palabras ya no eran capaces de establecer la conexión, el nexo que otrora apenas con un murmullo obtenían. Quizás una mirada, un abrazo podría devolver la llama a aquel fuego que se apagaba, pero las voces en el teléfono no daban ningún consuelo y les sumían en la confusa sensación de no poder saber que sentían. La desesperanza de no poder apartar el miedo que intuían de que aquellos seis meses hubieran hecho mella en el amor incorruptible que tuvieron, teñía los días de septiembre de un gris más profundo que el del otoño. De pronto como una tormenta que descargara su fuerza en un aguacero, se hallaron en el definitivo momento de la verdad.

-Cariño, voy a volver la semana que viene, el miércoles a las siete 
   Un silencio de sorpresa, la conmoción de lo esperado y lo temido, la fuerza de la duda que apaga la voz.
-¿No te alegras?
-Claro, es que no me habías dicho nada y me he quedado muda. Te esperaré en el aeropuerto y te prepare un cena. Tengo una reunión pero ya la cancelaré.
-Si tienes que ir puedo acudir directamente a tu casa y allí nos vemos.
-Vale, pero lo de la cena sigue en pie.

   Llegar a un aeropuerto, a una estación y no encontrar a nadie, mientras ves abrazarse a los demás, es una amarga sensación si llega después de un tiempo de ausencia. Carlos sintió el frío del otoño como si la estación hubiera ya cambiado al invierno. Pero era un hombre fuerte que no dejaría que aquel aire húmedo enfriase su reencuentro. Cuando pensaba en buscar un taxi para ir a casa la vio, Soledad había llegado corriendo, viendo que el tiempo la traicionaba y no podría encontrar a Carlos. Allí de pie, separados por la gente, pero juntos, dejaron de percibir nada a su alrededor que no fuera al otro. Se miraban, perdiéndose momentáneamente cuando se cruzaban los viajeros, como si fuera un parpadeo, y se disiparon todas las dudas. Él estaba allí, de nuevo su mitad le era devuelta por el destino. Caminaban ya con los brazos abiertos, sin importarles el mundo, por un momento se creyeron solos. No necesitaban más. Se abrazaron como lo habían hecho en Praga al despedirse, sin poder separarse, ahora sin hablar. Había demasiadas cosas que decirse y no cabían en una frase, si acaso en una mirada, puede que en aquel beso. Ella lo llevó directamente al apartamento, tenía preparada la cena, pero antes sus cuerpos tenían cientos de caricias que darse, besos que habían guardado en el cajón de la esperanza. Después ya llegarían las palabras a rescatarlos de un silencio que ahora era necesario. La cena, el vino, la charla, el verse allí de nuevo juntos los hacía verse como aquel equipo ganador que fueron al llegar a Praga.

   Soledad había conseguido que en la redacción accedieran a ver las fotografía que traía Carlos y a valorar la posibilidad de escribir un artículo retrospectivo sobre aquello que sucedía en otro lugar y que por un momento parecía olvidado por el restos del mundo. Después de aquello, Carlos peregrinó por los templos de la información, buscando su lugar, ofreciendo sus ojos, su mirada detrás del objetivo. No es el rechazo lo que duele. A veces un golpe que te derriba hace que te levantes más fuerte, desafiante, pero la indiferencia carcome las entrañas y te destruye. - Ahora no tenemos nada para ti, pero quizás más adelante. - Ese tema no es ahora noticia, quizás si nos trajeras otro tipo de trabajo. - De momento tenemos bastantes fotógrafos en nómina, pero déjanos tus referencias y no dudes en enviarnos tus fotos, si nos interesara algo te llamamos.

   No es fácil vivir sólo en el amor. Vivir al lado del éxito, a su sombra duele tanto como sentirse despreciado. Es posible que sea incluso peor, porque el desprecio no viene ya de los demás si no de uno mismo. Carlos se veía cada vez más como una carga. Al lado de Soledad que ya contaba como un activo fijo, reconocido, imprescindible para su redacción, que gozaba del prestigio en el oficio, estaba él, un don nadie.

   Como convencer a alguien que se ve hundido en el lodo que debe caminar firme, que existe un camino más allá.

   Empezó retratando hombres solos, aquellos que transitan por la vida como muertos vivientes, los que pueblan los bares de los barrios periféricos, los desheredados del nuevo siglo a punto de comenzar. En sus rostros, en sus arrugas, en las barbas por afeitar y las cicatrices encontraba algo parecido a un bálsamo para su vacío. Empezó a beber con ellos para conocerlos, poco a poco dejó de verlos como personajes singulares y le parecían más sus iguales. Soledad se empeñaba en que dejase aquel mundo, que buscase otros objetivos, porque aquellos hombres iban apoderándose de su propio yo, transformándolo en un extraño. Fue quedando atrapado en las redes de la soledad, la del hombre que no ve remedio a su situación, la soledad del vencido que rumia su derrota consigo mismo, porque a nadie le interesa. El alcohol le permitía encontrar en aquellos desechos de la vida aliados, le devolvía la dignidad del caído y le infundía el valor de insultar al mundo que lo había traicionado. Se fue perdiendo en el engaño de la compasión que siempre se vuelve en contra, convertida en humillación. Cayó en aquello que llamamos depresión y que en realidad es la abdicación ante la vida, el sometimiento a un fin irremediable, la renuncia a seguir luchando, a plantarle cara al destino.

   Soledad no se dio cuenta de ese descenso a los infiernos, porque estaba demasiado ocupada trabajando, buscando también una salida para él, que cada vez era más difícil porque Carlos se había trasmutado en otro. Su cámara ya no buscaba retratar la realidad, describía el mundo oscuro en el que caminaba. Soledad se preocupaba por él, le animaba, le protegía. Pero sólo podía protegerlo de los demás, no podía hacerlo de sí mismo.

-Venga cariño algo saldrá, me han prometido que verán tus fotos.
-Nada me importa, ni mis fotos, ni siquiera tú.
-Tienes que poner de tu parte para salir adelante, tienes que dejarte ayudar.

   Nadie sabe como llegará el día de su muerte, no se escuchan las trompetas del juicio final, no se percibe un olor especial en el aire. La parca que nos corta el hilo de la vida, que nos arrebata nuestro mayor bien, es a veces liberadora. O eso piensan los suicidas, los que cogen de la mano a la vieja hilandera y manejan su cuchillo. Pero la muerte siempre guarda su sarcasmo, su ironía mordaz para firmar aquel acto de renuncia como propio. Así lo vio Soledad cuando en su apartamento encontró a Carlos colgado de la correa de su propia cámara. Aquella bandolera de la que hasta entonces pendía su máquina, su compañera, se había convertido por una sangrienta burla del destino en el arma. Y la cámara sobre el aparador dispuesta con el disparador automático había tomado la última fotografía, convirtiéndose en testigo. Aquella escena macabra era el testamento, el legado que ella heredaba. No había cartas de despedida, no había súplicas de perdón, ni siquiera palabras de reproche. El silencio. El mudo testimonio de una fotografía, que parecía una acusación directa.

   Nunca hubiera permitido que aquella escena degradante saliera a la luz, pero no se sabe muy bien cómo, llegó a la prensa. Carlos que llevaba un año sin poder publicar ninguna de sus fotografías era el autor de la imagen más publicada. Se convirtió en autor, en artista. Las fotografías que había enviado a los periódicos y habían sido olvidadas, eran ahora obras póstumas de un incomprendido genio. Su último acto le convirtió en un autor de culto. Las imágenes en blanco y negro de Praga eran iconos de la libertad, gritos de rabia contenida que nadie había escuchado. El mundo lamentaba ahora su sordera, el haber ignorado a ese hombre magnífico que vivía bajo la piel de un perdedor. El mundo redimía con ello su muerte y rendía culto a su memoria.

   Y Soledad para poder seguir adelante, tuvo que llenar el tiempo de actos mecánicos, de gestos vacíos que la mantuvieran en pie.

   Cuando se pierde la ilusión por la vida, cuando ya nada importa, necesitamos seguir aparentando estar vivos. Reproduciendo los actos de los demás, con la inercia que proporciona lo cotidiano, repitiendo los mismos gestos. En este ritual de la vida, de la ficción de la vida, encontramos el consuelo a la tristeza existencial, hacemos tiempo hasta que vuelva la primavera. Cada día debía levantarse, tomar su desayuno, ir al trabajo, dar los buenos días, sonreír, hacer como que se interesaba por los artículos de los demás, aceptar los pésames con fingida tristeza. Porque ya no se sentía triste, no estaba deprimida, no le dolía la muerte o el abandono. Se sentía únicamente sola. Era la soledad lo que anegaba su alma.

   Esa soledad que había perseguido a todas las generaciones de mujeres de su familia, a las tres Soledades. Su abuela Sole que había perdido a su hombre cuando aún apenas había disfrutado de su compañía. La guerra se lo llevó pronto, poco después de su boda. Lo llevaron a Marruecos para salvar a la patria, defenderla, honrarla. dejándole como único recuerdo el vientre que creció y le dio a su hija Soledad. La llamó así, no porque tuviera el nombre de su madre si no porque con ella vino la soledad de quien tiene que plantarle cara a la vida, sin pistola, sin coraza, sin escapatoria. Ella si había sido una combatiente, una miliciana. Su abuela que recordaba lo efímero del amor, que casi no le dio tiempo a conocer. Se había casado enamorada, o eso creía, aunque no podía estar segura. No le hubiera importado descubrir que había sido sólo necesidad y un cierto grado de atracción, si al menos la vida le hubiera dado la oportunidad. Su desapego por esa vida que la había traicionado, no era por haber tenido que luchar sola en un tiempo difícil para sacar adelante a una hija siendo la viuda de un soldado caído en acto de guerra. La abuela Sole se sentía abandonada. Su soledad venía de la ausencia, de la rabia de haberle arrebatado su tiempo por un juego absurdo de hombres. Era la soledad del desposeído, del que contra su voluntad es expulsado del mundo, sin haberlo merecido. Un castigo sin crimen, una penitencia sin pecado. Esa es una soledad rancia, que sabe a sal y huele a orina en un callejón. Es la soledad de los pobres, la que tienen los desahuciados, la que sufren los enfermos, los nacidos en los barrios miserables, los hijos de padres alcoholizados, de madres ausentes. Una soledad en gris azulado.

   Su madre Soledad, decidió vivir todo aquello de lo que había carecido la abuela. Se casó enamorada, tampoco llego a saber si era necesidad, pero acabaron necesitándose como la sed al agua. El marido y su única hija, a la que puso el nombre en recuerdo de su madre, fueron los ejes, los objetivos. Su vida la dedicó al cuidado de ambos, como si hubiera sido un mandato divino que debía ser cumplido. Pero no lo hizo con pena, no era una renuncia a sí misma. Ella sólo podía reconocerse en su familia, en sus dos referentes y no podría haberlo hecho de otra manera. A su hija pronto tuvo que dejarla volar, porque no era como ellas, era una mujer libre cuyo vuelo era irrefrenable. Y a pesar de la renuncia a su cuidado cuando se fue a estudiar periodismo, entendió que nada podría separarlas, que el vínculo ya se había creado, además le quedaba su marido. Antonio que siempre se conformaba con todo, que era un hombre feliz al que la vida le había regalado lo que podía esperar de ella. Trabajaba en la compañía eléctrica y a la vuelta del trabajo su familia lo era todo. La hija había sido su debilidad, cualquier momento que podía lo pasaba con ella, como decía su mujer acabaría desgastándola de tanto tocarla y besarla. Fue feliz hasta su muerte, porque murió en la inocencia del enajenado. Aquel extraño que fue penetrando en su cabeza y que fue creando lagunas en su cerebro. Primero olvidos triviales, luego algunas acciones inexplicables que parecían fruto del despiste.
-Tienes la cabeza no se donde.

   Le decía Soledad sin reproche, mientras arreglaba aquello que había roto o corregía el equívoco. Hasta que el huésped que habitaba en su cabeza fue más poderoso que el amor, más fuerte que la voluntad. Hasta que dejó de ser él y se convirtió en nadie, porque el extraño que lo habitaba destruía, no creaba una identidad. Su mujer y su hija cuando empezaron a comprender que esos cambios no eran por descuidos sino que algo se había estropeado en su mente lo llevaron a los mejores médicos. El diagnóstico siempre fue el mismo, Alzheimer, la tan temida enfermedad que llevaba inexorablemente al silencio, a la ausencia. No sabían combatirla, pero Soledad pensó que el mejor remedio era el amor y de ese elixir ella estaba llena. Antonio fue entrando en una postrera infancia, poco a poco lo convirtió en un muñeco roto que había que vestir, lavar, dar la comida y acompañar para los paseos con cada vez menos percepción de lo que le envolvía. A Soledad le llamaba mama y a su hija, el ser más metido en el alma de aquel hombre, la miraba mientras buscaba en sus recuerdos un nombre, a sabiendas de que aquellos ojos los había visto antes. Nunca lo encontraba, se quedaba mirando con aire bobalicón, ensimismado, y ese gesto hacía brotar a Soledad las lágrimas del dolor, de la pérdida. Su madre sin embargo le hablaba con tanta normalidad que parecía que olvidaba que no la entendía, que las palabras volaban por el aire como pavesas y caían convertidas en ceniza. Nunca ni en los peores momentos de la enfermedad se quejó. Dedicó todo el tiempo a su cuidado, lo aseaba, lo alimentaba, le daba conversación en largos soliloquios que la hacían parecer a ella la enferma. Incluso cuando estuvo postrado y el fin corría en su busca, aceptó de la vida sus decisiones. Sólo cuando Antonio murió lloró de rabia, sin duda se hubiera cambiado por él.

   Cuando Soledad visitaba a su madre la encontraba siempre sentada en la mesilla camilla, con la televisión encendida a la que no prestaba atención. La veía con las manos cruzadas, los dedos alargados y nudosos por la artrosis, lamentando no haber prestado más atenciones a su marido. Fuera ya del mundo, al que no parecía pertenecer, sólo aguardaba su hora. Al faltarle su marido se derrumbó en el abismo de la soledad, pera la suya venía de la pérdida. La soledad del abandonado, del que queda en la cuneta sin entenderlo. El huérfano, el exiliado que no puede volver, el que pierde al amigo. Todos ellos saborean aquella soledad de agrio sabor que deja un regusto ácido en el fondo del paladar, que huele a humo. Una soledad de colores lilas tornasolados.

   Y ahora cuando Carlos se había ido, cuando el tiempo se había detenido con el fogonazo de un disparo ensordecedor, ya no podía sentir lástima más que por sí misma. Navegaba en un mar de dudas, habitaba en el dolor de sentirse culpable de su destino. ¿Era verdadero el amor que había sentido por Carlos? ¿Le dolía su recuerdo sólo porque su muerte la señalaba con el dedo? Estaba segura de haberlo amado. El amor es la emoción que nos aparta de la soledad, es sentir en nosotros a otra persona que habita nuestra vida. Él había estado en su interior, tan adentro que no hubiera podido desprenderse de su presencia. Pero de repente decidió irse, abandonarla. Por eso su soledad era insoportable, la soledad del repudiado, del reo que merece su condena. Era una soledad de color negro y un olor pestilente, de un sabor tan amargo como la bilis. Sentía que la suya era la peor de las soledades, más cruel que la de su abuela, más atroz que la de su madre. Caminaba en un mundo del que se creía el único habitante y lo que la rodeaba no era más que un sueño, un escenario. Se sentía tan cansada como un condenado obligado a contestar a la demanda de sus últimas voluntades, cuando el acto final era ya su único anhelo, encontrar la soledad de la muerte.

   Desde aquella mesita del bar se veía reflejada en el cristal y percibía la tristeza de su rostro. Al levantar la mirada que había posado en el fondo de la taza de café, vio aquellos ojos que había creído que eran los suyos. Ese hombre desconocido hasta entonces. se encontraba en otra mesa del bar. Ahora le resultaba familiar, como si lo hubiera conocido en otro lugar, como si formara parte de su paisaje cotidiano. No apartó la mirada. Ella bajó los ojos. ¿Acaso no era invisible como creía? Es posible que no seamos dueños de nuestra propia soledad, ni nos pertenezca nuestro tiempo.

   Estamos inevitablemente unidos a los demás, la vida nos reúne en un momento, en un espacio. Siempre existirá alguien que nos mira desde su isla como a extraños, sin saber que formamos parte de su propio mundo.

   La soledad puede que sea sólo una ilusión, la hermosa fantasía de los hombres.