martes, 9 de octubre de 2012

AFRICA MON AMOUR




África es un vendaval de sensaciones, un marasmo para los sentidos. Contradictoria e imposible de entender desde mis esquemas. Maravillosa, bella, fascinante, mágica, se nos acaban los adjetivos cuando pensamos en la utópica imagen de la fotografía. Pero... y las chozas de adobe, la suciedad en que viven, la miseria, la malaria, tuberculosis, SIDA... Todo eso queda oculto por la ceguera colectiva que no queremos ver. 


Sus gentes son respetuosas, entrañables, pero también crueles, violentas, indiferentes incluso a su propio destino. Son amigos generosos, pero veo también en ellos una carencia en el concepto del amor. Las relaciones de pareja no parecen estar dirigidas a quererse, quizás a complementarse para un objetivo fundamental que son los hijos, única riqueza junto con el ganado y la casa (no quiero decir ambas cosas estén al mismo nivel). Los niños hablan con orgulloso de su familia, del número de hermanos y hermanas, dicen que su mayor satisfacción es reunirse todos juntos en casa. Ahora (septiembre en nuestro calendario) en su fiesta de año nuevo los imagino en el barracón de adobe, con el barro hasta la puerta , alrededor de la comida especial que preparó su madre, pollo al curry con injera, patatas cocidas con berberé y café etíope. Pienso que en ese preciso instante toda la felicidad de mucho tiempo se agolpa en aquel lugar pero el día después los devuelve a una realidad demasiado cruel. La pobreza es tan extrema, la miseria tan humillante que no les cabe otra posibilidad que sobrevivir, que ser egoístas. Los niños sufren las mismas carencias, pero ignoran otras posibilidades, felices sin sus zapatos, chapoteando en el barro, vestidos con una camiseta raída y a veces con pantalones heredados de otra generación. Las niñas con sus vestiditos que perdieron el color hace mucho y sólo se adivina debajo de una suciedad que confiere un tono marrón como para mimetizarse al lodo que lo envuelve todo.
Todo menos el verde, un verde luminoso. La vegetación es casi lo único que podría decirse que goza de una salud envidiable. La lluvia diaria, el sol que se abre camino entre las nubes casi siempre presentes. Un cielo imprescindible en el paisaje. Vistos desde la distancia aquellos enormes prados de tef, trigo o maizales, o los inmensos bosques de eucaliptus, hayedos y acacias parecen mágicos. Atravesados por caminos embarrados, con sus charcos brillantes por el sol y el inabarcable cielo azul-gris que choca contra las montañas al fondo. No es difícil pensar que es un paraíso, pero en realidad es una caricatura del mismo, un esperpento donde la belleza pierde su gracia por el dolor que encierran sus habitantes. Es un edén engañoso, un infierno si se vive en sus condiciones. 

        

Nosotros somos la isla que se mantiene a salvo entre tanta miseria. De cuando en cuando cogemos el bote y nos acercamos, con nuestra ropa más o menos limpia, los zapatos deportivos que evitan que nos manchemos de barro. Nuestras batas blancas que imponen la autoridad del hombre blanco, la medicina milagrosa del sabio. Si supieran que poco se puede hacer con lo que tenemos y cuanto no podemos hacer con lo que sabemos. Pero somos el referente, nos entregan su vida, confiados, porque creen en nosotros, porque sienten la desesperación del enfermo.
Las mujeres casi siempre víctimas propiciatorias de estas sociedades empobrecidas y víctimas de su propia condición de mujer. Los nueve, diez, doce embarazos consumen mucha energía y mucha vida. Todas ellas aparentan una edad que no tienen, envejecidas prematuramente por el trabajo, por los partos, por las infames condiciones de vida que comparten con sus hombres y con sus hijos. Entran a la consulta temerosas, calladas, con su shama o nettala, cubierta la cabeza, a veces la boca y esperan la pregunta del traductor: Racon ke mani o Esa si Dhukuba? No te cuentan nada de la tiña o la sarna a la que posiblemente se han acostumbrado. Les duele todo el alma entera y sólo saben decirlo señalándose la cabeza, el estómago, las piernas ( escribimos rheumatic pain, burning,...) pero como se escribe en inglés me duele la miseria. 


Me duele este cansancio de haber parido diez hijos, como describir el dolor de soportar que dos hayan muerto, el hartazgo de comer poco, de soportar al marido que no la trata con cariño (o que le pega), que por la noche se satisface sin creerla con derecho al placer. Aquello no se puede traducir y si para tratarlo sólo tienes ibuprofeno, paracetamol, omeprazol o multivitámínicos te sientes un poco médico de pega, un farsante. Como ginecólogo me preguntan por su regla que desapareció hace unos años después de quinto o sexto hijo y quieren más (ellas o sus maridos, o ellas porque si no sus maridos no las quieren). Se suben las faldas sin pudor ( a veces tienen vergüenza pero la autoridad del enfermero hace que no pongan trabas) ¿qué se puede saber sólo con dos dedos de una historia obstétrica que si la conociera me parecería una película de terror? Me acojo a la ecografía, la ignorancia si se disfraza de técnica se nota menos. Tenemos un buen ecógrafo mi alivio cuando veo a una embarazada, porque la imagen de su hijo es para ella como un medicamento. Decirles si es niño o niña, que todo está bien, Misha, repito hasta que me traducen. No sonríen mucho, ni lloran, solo asienten con esa aahh! aspirada o asse, asse que repiten como un mantra a lo que les explican. Ni siquiera en las malas noticias parecen inmutarse, un hijo muerto o una malformación supongo que es una gran decepción, pero lo asumen con una entereza pasmosa. Tienen tantos a los que cuidar y otros por venir que no parece que les afecte. En nuestro ámbito este es uno de los mayores dramas que se vive en la obstetricia, aquí sólo un acontecimiento más.

        


Me ha impresionado muy gratamente la atención de las comadronas a las mujeres, les hablan, las tranquilizan, les ayudan mucho. No es que el parto tenga las condiciones óptimas, la asepsia es la que es, pero la cuidan dentro de sus posibilidades. Se les nota además una buena preparación obstétrica y supongo que lidian con problemas para los que nosotros requerimos muchos más recursos y personal. El parto sigue siendo duro, sin epidural por supuesto, con poca analgesia. Son mujeres fuertes, que tras el parto no viene un celador con camilla para llevarlas a la planta, se levantan y van andando a su cama. No protestan, no las he oído gritar. Estoicamente asumen aquel trance con entereza porque así se lo han enseñado “parirás con dolor”. No estamos tan lejos de esto, si miramos atrás 50-60 años, como parieron nuestras madres o abuelas. No tenemos a veces memoria para lo propio, parece que siempre hemos sido ricos. Lo que ocurre que en este lugar la miseria se ve tanto que duele.
En el hospital veo una labor enorme al intentar batirse con la enfermedad, pero en realidad la lucha es contra la pobreza. No se trata de caridad, se trata de entender que la enfermedad es una alienación para el ser humano cuando ante esta situación está desprotegido. No es sólo necesario trabajar para curarlos, a veces cuando no se puede hacer nada, cuando sabes que van a morir, lo que necesitan es sentirse atendidos. Que alguien les haga ver que no están solos. La grandeza de los gobiernos no se ve en los palacios, no en los estadios, ni en los polideportivos que construyen e inauguran antes de las elecciones, se ve en el cuidado de los más débiles, de los enfermos, de los dependientes. La enfermedad nos hace tan vulnerables, tan frágiles que no puede dejarse en manos de los mercados. Es un bien innegociable, un derecho que no podemos permitir que nos arrebaten. No se necesita piedad ni caridad si no justicia, sólo la justicia dignifica a las sociedades, en la nuestra y en la suya. La historia no la escriben los justos pero enseña que sólo los soñadores serán dignos de figurar en ella, porque al menos habrán intentado hacer de la justicia su bandera.
África es bella hasta con sus miserias, al menos para nosotros que la vemos de lejos, como un paisaje que se desvanece en el recuerdo cuando te sientas en el sofá de casa.