sábado, 25 de agosto de 2012

EL DOLOR FORMA PARTE DE LA VIDA, PERO DOLORES ES SOLO UNA HISTORIA

No me gusta ser pájaro de mal agüero, ni darle a nadie el día. Dolores no es ni la historia de una mujer, ni conozco a nadie así.  Es una forma personal de ver el dolor dentro de una historia. Pero por increíble que parezca, seguro que hay mil formas más de decir dolor. En estos tiempos, también en los pasados y vista la historia sin duda en los futuros. Para compensar en la próxima entrada será más amable, o no. ya sabéis que vuelvo  a Africa y no me sienta del todo bien.

DOLORES

El dolor es nuestro aliado dicen los médicos. Un mecanismo de alarma que nos pone en guardia ante las disfunciones del organismo. El dolor como maestro evita repetir errores que nos ponen en riesgo. El dolor es un acicate para la vida, para arremeter contra ella cuando te pone a prueba. El dolor como ascesis, como medio para llegar a la virtud expía y redime las culpas.

El placer y el dolor a un paso de distancia, a veces superpuestos, casi indistinguibles, excitando nuestras terminaciones nerviosas con impulsos que el cerebro transforma indistintamente en angustia o en goce.

Sentir dolor es sentirse vivo, presente, tener conciencia de estar en el mundo, de ser como individuo. Sufro luego existo, sólo pensar no garantiza estar vivo. En los sueños pensamos, nuestra mente elabora proyectos, discute ideas, sin embargo el dolor nos despierta, nos trae a la vida en ese intervalo que es el sueño. En el sueño eterno, en la muerte no existe dolor, porque el dolor es vida.

Puede que todo esto sirva para el dolor leve, la molestia que embarra el camino, que incordia sin evitar que sigas haciendo tu vida. Incluso para el dolor agudo, punzante, que nos provoca el grito, que nos trae al ser primitivo, al que se defiende , al que lucha, al que se rebela contra esa lacra. Ese puede ser un dolor aceptable, positivo, incluso necesario. Yo he vivido el dolor del parto, la epidural mitigó ese tormento que acompañaba a la maternidad. Pero imagino como nos parieron nuestras madres, con un dolor que viene desde las entrañas, que en cada contracción te arranca un grito. El dolor que te mortifica, que te hace negar hasta a tu propio hijo cuando desgarra tu cuerpo y lo expulsas como si fuera un demonio. Sin embargo tras ese infierno, el fruto permite el olvido y la paz, el sentimiento de haber dado vida a un ser que es parte de nosotras mismas, aplaca el recuerdo del dolor. Algunas mujeres perciben aquella experiencia dolorosa como positiva, gratificante por la recompensa obtenida. La viven como la culminación de un deseo quizá impreso en la memoria de las mujeres, un impulso creador que nace de lo trascendente.

Vemos el dolor como un accidente temporal. Ni por un momento pensamos en el dolor como un continuo. Hay un tiempo después del dolor, una luz al final del túnel. Vemos al dolor en color negro por contraste a los colores brillantes de la felicidad.

Qué me diríais si ese dolor fuera eterno, si cada segundo dolería y le siguiera el dolor del segundo siguiente, de forma interminable. Dolería el tic-tac del reloj porque el propio golpe del segundero desencadenaría ese dolor. Si el dolor fuera la constante, la norma sin excepción, si el dolor se convirtiera en el motor, en la gasolina, en el camino, en la meta. El dolor ocupándolo todo, vistiendo tu vida de un color que ya no podría ser negro, porque no hay contraste.

Yo lo veo blanco, blanco de hospital, de algodones entre los que quisiera dormir, blanco de batas, de fármacos, blanco de luz que molesta sólo con mirarla.

Un dolor que no viene de fuera, que sale de dentro de un cuerpo en apariencia completo, sin desperfectos. Incomprensible para nadie, ni para mí misma. Inimaginable, porque la propia percepción de un dolor tan terrible, tan atroz se hace incompatible con vivir. La paradoja surge porque el daño no se ve, no es una quemadura, un arañazo, un flemón, una herida donde la sangre hace visible el dolor, lo justifica. Cómo creer en la cordura de quien diga que duele el parpadeo, el habla, un beso o una caricia. Cómo entender que el pensar en levantarse de la cama supone un esfuerzo doloroso. Una meta que se debe superar con el valor de un titán, con el sacrificio de un atleta exhausto que consume su último aliento al ver la cinta. No se puede comprender como el dolor puede ser el único pensamiento, la monótona melodía que te acompaña, con escasos instantes en que tratas de distraerlo para que permita no perder el contacto que te queda con el mundo.Todo ello se resume con la brevedad de un diagnóstico. Aséptico, erudito, blanco, tan inmaculado como la pronunciación del médico: “ Usted tiene fibromialgia” .

Al oírlo sólo experimentas el dolor de la palabra, no el consuelo de un pronóstico, no la esperanza de una cura. Duele desde antes de que emitieran aquella sentencia y duele cada momento después sintiéndote marcado por el dolor como su víctima, como una víctima que jamás podrá librarse de él. No maldigo a los médicos, no maldigo al dolor, sólo puedo maldecir mi mala fortuna. Tal vez el responsable de aquel error cósmico es la fatalidad o tal vez estoy pagando el error de un dios imperfecto.

La Escala Visual Analógica (EVA) que se utiliza para valorar su intensidad tiene nombre de mujer, quizá porque el dolor está en nuestra conciencia moral del pecado original o quizá porque sólo una mujer pueda soportarlo.

El dolor genera un respeto sobre la persona que sufre, un reconocimiento de valor infundado, porque el sufrimiento no es voluntario. Es un parasito que se introduce en el cuerpo y en la mente, pasa a formar parte de tu propia vida. Sin solicitar su presencia, sin culpa, sin mérito para ser poseedor de él. Ni siquiera es un castigo divino, el azote de un juez vengador que pretenda infligir un daño, mortificar al reo. No se puede pedir una razón para su existencia, no se explica, no se justifica. No hallo culpables en los que hacer recaer la responsabilidad de mi injusta condena, ni siquiera en mi misma.

Nací como tú con el llanto de la vida, no del dolor. El llanto de la respiración, el grito de gozo por llegar a ser. Estuve libre de dolor – del dolor malvado- hasta los treinta y cinco años. Pasé mi infancia en un sueño de felicidad, claro que lloré, seguro que tuve dolores de barriga, de anginas, de muelas, pero todos fueron olvidados. De la infancia no recuerdo ningún dolor que me haya dejado la más mínima huella. La infancia viene a ser como un referente de recuerdos benévolos. Pero la vida empieza más tarde, cuando empiezas a tener la conciencia de lo que posees y lo que pierdes. En ese transito por la adolescencia también puedo decir que fui feliz. Me dolió el corazón y me estalló de gozo, a veces sin poder precisar en que momentos ocurrió cada cosa. Viví con la pasión que sólo se es capaz de vivir en ese tiempo.

Estudié, aprendí, lloré, reí, amé y hasta seguramente odié con ese odio sin maldad que los jóvenes tienen ante la adversidad. Acabé magisterio y he dado clase en preescolar hasta que escribieron mi sentencia en un informe médico. Los niños fueron mi alegría, mi soporte en los momentos que pudieran ser difíciles. Tuve tiempos de penuria económica, no los recuerdo con pesar. La escuela me dio además a mi alma gemela, un sólido apoyo, una luz en las incertidumbres, aunque como yo no conociera las respuestas. Fue mi gran amor, el amor en mayúsculas. El que me acompaña incluso ahora que transitamos por caminos oscuros, con las tinieblas de mi enfermedad persiguiéndonos.

Con Valentín tuve dos hijos. Ellos son mi estímulo, el asidero al que me aferro para levantarme cada día. Pienso en ellos y despierto del duermevela de cada noche, donde el sueño no llega a vencer a mi dolor. Abro los ojos y me esfuerzo por mantenerlos abiertos para que cuando se vayan al colegio me encuentren despierta, incluso a veces levantada tras hacer acopio de las fuerzas que me quedan. Sonrío con una mueca entre el gozo y el sufrimiento. Los beso aunque me atraviesen agujas en los labios.

El tratamiento que me recomiendan los médicos me alivia, no niego su voluntad de sanar, pero más que quitar el dolor lo adormece, baja la intensidad. El único inconveniente es que también a mí me hacen entrar en un sopor que no deseo. Prefiero a veces el martirio a la ausencia de consciencia. Deseo permanecer junto a mi familia pese al suplicio de soportar a veces el martilleo del mal que recorre mi cuerpo siguiendo cada día rutas distintas. A veces son las articulaciones de los pies al levantarme, a las que siguen las rodillas, caderas y un hormigueo en las manos y las piernas incapaz de controlar, que adquieren movimiento por sí mismas. Otras el dolor se inicia en la cabeza, resulta como un tambor cuya vibración rebotase en cada pared del cráneo y repitiese los ecos.

He probado todos los tratamientos: analgésicos, relajantes, antidepresivos, magnetoterapia, yoga, … me he prestado a cualquier ensayo clínico que pudiera sacarme del abismo, que me devolviera mi vida anterior. Ahora sé que no es posible y lo asumo. No existe un tratamiento para el dolor físico cuando no es objetivable una causa, cuando no se ha producido un error, un fallo del sistema. Los antiprostaglandínicos, los inhibidores de la recaptación de serotonina,.. nada tienen que hacer ante un dolor esencial, inmanente, que sólo podría arrancarse desprendiéndose del propio ser.

Sólo concibo un dolor más intenso que el mio, el de una madre que pierde a un hijo. No sé si podría soportarlo, me aterra sólo la idea. El dolor no viene aquí de ninguna parte del cuerpo, ni está en la mente. Es el dolor de la negación a la vida, la antítesis al propio sentido de estar vivo, de proyectar tu vida finita en tus hijos. Cada vez que veo el rostro de la madre de Dios en el descendimiento de la cruz o en una piedad, siento la brutalidad de la idea de perder un hijo. La impotencia, la desesperación, el querer dar explicación a una muerte que cambiarías por la tuya. La imagen me resulta tan cruel, tan atroz que siento una necesidad de llorar, de verter la hiel que se acumula en el alma ante una visión tan desgarradora. Siempre hay algo más allá del mal, ese puede ser un consuelo, aunque no consigo agarrarme a él.

Pensáis que deseo la muerte. Si así fuera la buscaría y la encontraría, ninguna muerte puede ser más dolorosa que lo que ahora siento. Deseo la vida, aunque admito desearía otra vida, aceptaría un cambalache con Dios o con el diablo y a cambio de este dolor entregaría mi alma.

Amo la vida porque antes de ahora la he vivido. Aunque no siempre la percibí, no siempre fui consciente de que estaba viviendo. La existencia es un tránsito que hacemos a ciegas, sordos a los cantos de sirena, atados al mástil para no ceder a las tentaciones. Ahora echo de menos no haberme dejado llevar por las emociones. Haber realizado las locuras y las corduras que en cada momento me regalaba la vida. Haber sido libre cuando pude. El dolor es una cárcel con barrotes como cuchillas, como alfileres. Es la más atroz de las condenas, infinitamente más cruel que la pena capital. Todos vivimos en el corredor de la muerte, sin conocer cuando llegará el decreto de nuestra ejecución. Disfrutamos de permisos carcelarios, de horas de patio, de taller de trabajo, de salón de actos... No somos conscientes de nuestra mortalidad a cada instante, ello nos permite ser más libres, aunque a veces pasamos por alto el valor de la propia vida. Yo vivo en la humillación permanente de la celda de castigo, con un carcelero sordo a mi pena, que a veces pienso que soy yo misma.

El dolor no tiene dignidad, no merece respeto, no fortalece el espíritu, no ilumina la verdad , aunque a veces te abre los ojos, permite distinguir a quien te quiere. Es verdad que he encontrado a los amigos en el dolor, a mis hijos y sobre todo a mi marido. Es más fácil separar la paja del trigo, distinguir el amor frente al interés, la entrega frente al egoísmo. No hablo del egoísmo o el interés malvados, sino del que emana de la necesidad de buscar el propio bien, la propia felicidad. El egoísmo justificable y entendible, que está en la propia naturaleza de los seres vivos, motor del impulso vital necesario para competir en la Naturaleza.

Con mi marido y mis hijos entablo las batallas de esta guerra pérdida. Formamos un grupo de guerrilleros que vencen en cada escaramuza a sabiendas de que el final será la derrota. Pero en cada pequeña victoria vivimos intensamente nuestra percepción de aliados, de luchadores por la vida, de maquis echados al monte con la rabia de derrotar al que nos arrebató el derecho a la felicidad absoluta.

Mi dolor será un estímulo para crecer en amor a mis hijos, sé que este calvario les engendrará valor, que a través de él verán la vida de otra manera. En el dolor ajeno, fundamentalmente cuando nos afecta, cuando compartimos la carga del sufrimiento, se forja el espíritu del hombre. Nos abre la mente a un sentido de la vida, dónde el valor de los momentos adquiere una dimensión más plena. Cambia nuestra percepción de este mundo donde tasamos lo material y lo inmaterial, la realidad y los sueños,

El dolor será el aliado de mis hijos en su vida. Quizá esa es mi recompensa, quizá este es el propósito de mi existencia.
Lo acepto y afirmo que quiero vivirlo.