sábado, 12 de mayo de 2012

VIRTUDES FUE LA PRIMERA

La historia se llamó primero "La puta y el ginecólogo" , ya sé que es una porquería de título, pero empecé a escribirla así. Después de las dos o tres primeras páginas la dejé porque no me acababa de gustar. Sólo me gustaba el personaje de Virtudes, el ginecólogo era patético. Quedó en el tintero mucho tiempo y un día retomé la historia pero decidí que se llamase como la protagonista.

El nombre de Virtudes me pareció que escondía perfectamente a la mujer que había debajo de la fachada y resumía su esencia.Bueno elucubraciones que me llevaron a pensar en varios nombres de mujer que me sugerían historias.

VIRTUDES

Virtudes no parecía un nombre muy propio para una puta. Sé que no está bien decir puta así de entrada, meretriz, prostituta, puede sonar mejor. Pero ella no se molestaba, casi se hubiera ofendido si le cambiáramos por recato su condición. Cuando le preguntabas por su trabajo siempre decía “yo soy puta”. En realidad yo admiraba aquella mujer. Virtudes no carecía de virtudes, y no me refiero a las que son propias de su oficio, sino aquellas que le hacían ser en el término más amplio “buena gente”.
Cuando vino a la consulta no tenía una enfermedad venérea que curar para seguir trabajando. Vino pensando en que de igual manera que en los bares es necesario pasar un control de Sanidad para la licencia, ella tenía la obligación de revisar el local. Se había propuesto mantener su lugar de trabajo en perfecto orden, hacer una puesta a punto periódica del mismo.
“Vengo para una revisión, pero yo estoy bien. Además sólo follo sin condón con mi novio”
La primera impresión ya habréis juzgado que no fue tan comprensiva como he expresado al inicio. Qué hacia aquella tipa allí, de esa guisa. Me iba a espantar la clientela mucho más fina que habitualmente acudía a mi consulta. Bien es verdad que no siempre los asuntos que traían a aquellas damas eran tan finos como sus modales. El secreto de “confesión” me impide decirles cuantas gonorreas se convertían en una infección por hongos, o que los papilomas eran simples verruguitas.
“Doctor explíquele a mi marido que esto lo puedo haber cogido en algún baño público” “Por supuesto, pero no mencionaré que en ese baño no estaba sola” pensaba yo.
En cambio Virtudes nunca escondió su condición. La franqueza de su lenguaje, la transparencia de su personalidad fue lo que me cautivó. Acostumbraba a venir cada tres meses, en las primeras visitas el trato era tan aséptico como el material que empleaba en la exploración. Poco a poco sus visitas eran esperadas por mí, incluso reservaba más tiempo para poder hablar con ella de su trabajo, de su vida. Como si todo ello fuera estrictamente necesario para completar la historia clínica o poder garantizar un correcto diagnóstico de: “Está todo bien Virtudes”.
A veces de forma espontánea me traía a la consulta los problemas sexuales de alguno de sus clientes, pensaba que yo podría darle alguna solución. Se sentía en la obligación de ayudarles porque formaban parte de su trabajo, para ella era como llevarse trabajo a casa. Alguno de esos problemas de erección, de eyaculación precoz, de impotencia para los que mi capacidad terapéutica era casi nula, ella poseía un probado método de sanación. Sin embargo siempre quería escuchar la opinión de un profesional, con verdadera disposición a aplicar el consejo que nunca supe darle. Yo le decía: “Virtudes de eso sabes tú más que yo” y no lo decía con fingida modestia, sino con la convicción de que así era.
Me contaba algunas de las historias de esos hombres que no podían tener una erección con sus mujeres, que con ellas no encontraban satisfacción sexual. Hombres atrapados por su matrimonio, por las convenciones sociales, por los tabúes aprendidos y asimilados, que eran incapaces de ser libres en el único ámbito donde deberían serlo que es su propia casa. Virtudes les dejaba hablar, se mostraba comprensiva, les animaba, les hacía pequeñas preguntas para que se sintieran atendidos y mantuvieran el hilo del relato. Finalmente les aseguraba que su problema era de lo más común por lo que ni siquiera era un problema. No había oído hablar de la mayéutica socrática ni de la entrevista clínica dirigida pero sin duda había adquirido una maestría natural en el trato de las penas ajenas. Ellos volcaban en esta desconocida toda su frustración, todo su miedo, como si estuvieran delante del psicoterapeuta. En el sentido más verdadero sin pretender evitar calificativos hirientes, era una verdadera profesional del sexo.
Nunca se quejaba de como la había tratado la vida, el ser puta le venía de herencia. Aunque ella decía que podría haber cambiado su destino no quiso hacerlo, le parecía bien aquello. Nació en un burdel, la criaron otras prostitutas que asumieron el papel de tías adoptivas. No tuvo padre porque aquel que venía de tanto en tanto a pegar a su madre y pedirle dinero, nunca lo reconoció como tal. Tampoco se quejó cuando tras morir su madre de SIDA la internaron en un orfanato y la dieron en acogida a “familias” que no siempre tenían las condiciones de acoger a un huérfano. Siempre pensó que ella era la culpable de ser una rebelde sin causa, que su carácter era el responsable de la mala relación con sus tutores, de sus palizas. Tras liberarse del yugo de la protección social a los dieciocho años no tardó en ingresar en plantilla en alguno de los burdeles en los que trabajaba por horas durante su minoría de edad. Había elegido voluntariamente estar al servicio de los clientes, porque la mayoría de ellos eran pobres diablos que se desahogaban con ella, con lo que le permitían tener un sentido de utilidad en la vida. Se podría decir que se sentía realizada con aquel oficio, denostado en público, pero mantenido en todas las sociedades. Repudiado y perseguido por los “puros” de espíritu, que resultaban ser los mejores clientes de la casa. Me decía, sin ningún ánimo de molestarme : “ Pásese algún día por allí doctor, ya me encargo yo de que tenga un buen servicio. No crea, vienen muchos doctores a visitarnos, también vienen políticos que pagan con VISA del partido, abogados, notarios, artistas y algún que otro hombre de iglesia necesitado de redimir ovejas negras. Todos ellos vienen y se van discretamente, pero mientras están allí dan rienda suelta a sus sueños. Nadie se va descontento, si acaso alguno se lleva los remordimientos que le duran hasta la siguiente visita”
Con toda razón, para ella el suyo era un trabajo honorable, con una importante función pública, que cualquier gobierno sensato debería haber pensado en proteger y alentar, con el fin de mejorar la salud mental de sus ciudadanos. No ignoraba que aquello no ocurriría nunca por la hipocresía de una sociedad que quería mostrar su cara más “correcta” sin permitir sacar a la luz la oscura trastienda, en la que ella se encontraba.
Nunca me contó el origen de los moratones sobre los que la interrogaba. “Usted dedíquese a los bajos doctor, de lo otro ya me ocuparé yo” Sabía que aquellas huellas delataban a un sádico, que lejos de necesitar los favores de una puta, necesitaba la cárcel y asistencia psiquiátrica. Sólo lo supe después de la nota que me llegó disculpándose de que no podía acudir a mi consulta porque debía de cambiar de ciudad. Cuando acudí al club donde ella me había invitado a experimentar la dulzura de su oficio, casi todos me respondieron con evasivas. Tras mi insistencia, se acercó a mí un animal con forma humana y modales de hiena y me dijo: “ ¿Tú que quieres? ¿Porqué preguntas por esa puta? ¿Te has encoñado con ella? Pues se ha ido porque si se queda un día más le habría reventado la cabeza. Así que sal de mi vista si no quieres que te de dos hostias, imbécil”
Tal firmeza en los argumentos me convencieron casi en el acto, pero también me convencieron de que Virtudes, había tenido la virtud de saber desaparecer en el momento preciso en que estaba a punto de ser un número más en los “desgraciados incidentes que ocurren en los círculos de la prostitución”.
Pero a la vez tuve el convencimiento de que por mucho que corriera aquella virtuosa mujer, la violencia de aquellos excrementos de la sociedad que generamos entre todos, acabarían alcanzándola. Sólo deseaba poder decirle que aún estaba a tiempo de escapar de aquel mundo, trabajar en mi consulta por ejemplo de recepcionista. Estuve buscando un tiempo por algunos prostíbulos de las ciudades que visitaba, no la encontré y no recibí más cartas. Este es mi reclamo por si ella pudiera leerlo. Si alguno conoce a Virtudes por favor que se lo diga.