OLVIDO

Su vida había trascurrido sin sobresaltos, discurría con la tranquilidad de un río cuyas aguas descienden mansamente en tierras llanas. Si se paraba a pensar no recordaba ningún momento especialmente tormentoso. Bien es verdad que su carácter era el de una optimista nata, siempre mirando la vida con un sentido positivo.

Era así y no puede decirse que fuera un mérito, no era una posición ensayada, premeditada o que hubiese cultivado con los años. La vida la había tratado bien y no podía ser desagradecida. Era una mujer afortunada, esto lo decía y lo sostenía ante los agoreros profesionales que se empeñan en lloriquear a nuestro alrededor. Poseía todo aquello que siempre hubiera soñado. Ahora que los tiempos eran grises para mucha gente, ella disfrutaba de una aparente normalidad. Tenía su trabajo, su marido, su hijos y una situación económica que sin ser boyante era bastante holgada.

A pesar de las dificultades de su familia, sus padres habían conseguido darles estudios a ella y sus tres hermanos. Desde pequeña recordaba haber sido una buena chica que no había cometido grandes tropelías. Casi se lamentaba de haber sido tan correcta, tan obediente, no haber cometido alguna pequeña locura que pudiese ahora esgrimir como testimonio de que también había sido joven. Incluso cuando conoció a su marido, el único novio que tuvo, la relación se había mantenido dentro de unos razonables límites en lo que se refería a acercamientos y tocamientos. Tan comedida, tan puritana, resultaba anacrónica incluso para sus amigas. Había estudiado en un colegio de monjas, pero muchas otras chicas que habían compartido estudios con ella, misas, rosarios y doctrina moral en aquel colegio, se habían comportado como auténticas devora hombres.
Después continuó los estudios en el instituto público donde conoció a Vicente y finalmente aprobó unas oposiciones a Secretaria de Juzgado.

Su buen carácter junto con su aplicación en el trabajo le habían granjeado la simpatía de los compañeros, que veían en ella una mujer modélica. Llegaba con puntualidad a su puesto y no le molestaba el trabajo duro entre las montañas de expedientes y de causas que se acumulaban en los despachos. Nunca había puesto objeciones si por necesidad debía quedarse algunas horas fuera del horario laboral.

Las tardes eran para ella un espacio de libertad, compartida con las tareas de la casa y de su hijo aún pequeño. Aquellas obligaciones no le suponían una carga, no veía en ellas la esclavitud del ama de casa, ni se sentía presa por su familia. Quizás había heredado aquello de su madre, una mujer conformada con lo que la vida le había ofrecido y orgullosa de haber hecho que sus hijos fueran más que ella. Su madre siempre decía esta frase, pero ella pensaba que sus padres habían luchado más que ella y tenían más valor porque habían sido capaces de levantar una familia desde cero, con el trabajo duro. Ella limpiando casas y él en la fábrica de calzado, dedicando todo su tiempo a un sólo propósito, los hijos. Se sentía tan orgullosa de ellos como lo estaban ellos de su única hija. Había aprendido de sus padres la prudencia como norma de vida. La contención, la neutralidad, el equilibrio, la virtud del término medio, la evitación de la pasión en el amor, en el discurso, en la opinión. Todo ello la había modelado como una persona incapaz de ofender, con ningún afán por medrar a costa de los demás, sensata, cauta y callada. Como decía su madre de la boca sale antes la necedad que la virtud. Aunque sabía que el mundo no compartía sus principios, estos eran los que inculcaba a su hijo. Esta era su biblia particular, su código moral y también se enorgullecía de ello.

La armonía de la vida es una quimera, vivimos en un sueño tejido con nuestros deseos. Somos lo que creemos ser, olvidando que en nuestro interior existen otros yo, pulsiones que tratamos de esconder porque no se ajustan a nuestra imagen de nosotros mismos. Somos parte verdad y parte ficción. Construimos una identidad compuesta de los retales que vamos tomando a lo largo del camino. Tratamos con esos pedazos que vamos recogiendo de ocultar aquello que no nos gusta que se vea y bordamos con hilos de color las virtudes que nos atribuimos para que todo el mundo las admire. Pero a pesar de todas las precauciones la vida siempre es capaz de sorprendernos.
  • Desearía hablar con doña Olvido Giménez Montes. Le llamo del Ayuntamiento. Hemos recibido una notificación sobre su abuelo.
  • Creo que se han equivocado. Yo soy Olvido pero no tengo abuelos, los dos murieron y no llegué ni a conocerlos.
  • Mire le hablo de Dº Vicente Montes Antón, por los datos que figuran en nuestros archivos su abuelo fue un represaliado de la Guerra Civil. Nos han informado que tras la exhumación de restos de una fosa común abierta tras las investigaciones incoadas por aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, se han hallado los restos mortales de varios hombres y mujeres entre los que están los de su abuelo. En el archivo se encontró el documento que incluye una lista de ejecutados el día 26 de marzo de 1942 y figura el nombre de su abuelo. Sólo queda el trámite de realizar una prueba de ADN para confirmar su identidad.
  • Pero nosotros no hemos solicitado la apertura de ninguna tumba, yo no sabía que mi abuelo había muerto de esa manera, nunca nos lo dijo mi abuela. Además no estamos interesados en lo que pasó hace tanto tiempo.
  • En cualquier caso, estamos en la obligación de ofrecerles la posibilidad de enterrar a su familiar si ustedes lo desean. Nos hemos dirigido a usted porque nos parecía más oportuno comunicarlo a una persona joven de la familia y evitar causar algún daño a su madre con la noticia.
  • Si claro, se lo agradezco sinceramente, hablaré con mi madre y nos haremos cargo. ¿Donde se encuentran los restos?
  • En el cementerio de la localidad de donde procede su abuelo y donde fue fusilado.
Fusilado, aquella palabra sonó como una descarga de fusil sobre ella. Como si se repitiera en sus oídos la escena que ocurrió en aquel oscuro lugar. La despertó a la realidad, estalló en medio de un mar de tranquilidad como el impacto de un obús, formando olas que iban llegando a modo de imágenes que no acababa de perfilar. Cómo podía imaginar que aquel conflicto lejano, que ella no había vivido y que había ido conociendo por libros, documentales, reportajes que siempre acababan aburriéndola, no había estado tan lejos de su familia. ¿Cómo su madre nunca le había contado la verdad de lo sucedido? ¿Porqué se había tejido un manto de silencio sobre la muerte de mi abuelo? ¿Porqué habíamos hecho desaparecer la figura de mi abuelo como el humo de los fusiles que lo mataron?

Cuando le conté a mi madre que se habían recuperado los restos de mi abuelo, su padre al que casi no recordaba, del que había perdido la noción de su existencia, no lloró, no dijo nada. Su silencio fue tan elocuente como lo que más tarde me contó.

Siendo ella niña vivían en una masía a las afueras del pueblo. Eran medieros de un rico terrateniente, cultivaban sus campos por un salario y mantenían la casa ordenada para cuando los amos venían en vacaciones con la familia. Entonces pasaban de la labranza de los campos y el cuidado de los animales, a hosteleros. Cuando acabó la Guerra y los nacionales fueron los vencedores, el trabajo en la casa se multiplicó durante las vacaciones y atendían también a los militares amigos del amo de la finca. Venían con sus familias a pasar algunas semanas, con sus coches nuevos, con sus hijos siempre limpios, con la ropa nueva de los domingos que era para ellos la de diario. Durante el invierno vivían solos en la casa. Sólo recibían la visita ocasional durante la noche de unos hombres que venían de la montaña, sucios, hambrientos, con las armas en los cintos. A ella le daban miedo, sólo los veían a través de las rendijas de la puerta de la habitación donde la encerraban a ellas con sus hermanas. Mi abuela les preparaba la comida, mi abuelo hablaba con ellos mientras cenaban alabando siempre la comida que les preparaban. Cuando acababan, mucho antes de que amaneciera volvían al monte dejándole a mi abuela el dinero por la comida.

“Una mañana vinieron hombres con fusiles, vestidos con camisas azules. Yo pensé que eran amigos del amo de la finca, porque sus amigos vestían igual. Se llevaron a mi padre y no volví a saber nada más de él. Quedamos solas en la finca mi madre y tres niñas pequeñas, no podíamos llevar la carga de trabajo que suponía. La despidieron por haber colaborado con aquellos maquis que venían a cenar a casa, la señora de la casa le dijo que habíamos tenido suerte de que ella creyese en Dios, porque merecíamos otro castigo peor.

Nos fuimos a la ciudad, mi madre pensó que era el único lugar donde podríamos vivir sin ser señalados por ser rojos. Nunca más se habló en casa de todo aquello, ni nos dijo que había sucedido a mi padre. Hubo un pacto de silencio. Nada podíamos hacer para devolver a mi padre, para devolvernos nuestra vida. Era mejor asumir que las cosas habían ocurrido así y debíamos conformarnos. Mi madre nos enseñó a no quejarnos, a trabajar y mirar a delante”.

Tras aquella historia, que para mí surgía del más oscuro de los desvanes de la familia volvió el silencio. El no saber que decir tras despertar a una realidad nueva. Como si el mundo de pronto hubiera cambiado y existiesen nuevos elementos para entender lo que hasta ahora había sido evidente. Sólo dijo: “ Si hija mía, recogeremos al abuelo y le daremos sepultura”.

Quizá ahora que veía más cerca su muerte pensó en la de su padre. Aquel desconocido que había pasado por su vida como un recuerdo fugaz, apenas como un sueño sin haber llegado a tomar forma, a adoptar su papel de padre, porque se fue cuando más lo necesitaban. Había desaparecido y nunca se habían parado a pensar porqué las dejó. No lo hicieron porque su madre les ordenó seguir adelante con la venda en los ojos, ciegos para ser felices, o algo así. Ahora quería verlo, tenerlo en sus brazos, enterrarlo, dejarlo reposar para poder descansar y poder evocar su recuerdo sin dañar a nadie, sin desobedecer el mandato de su madre.

Desde que le tomaron las muestras para el cotejo del ADN hasta que llegaron los resultados se tejió de nuevo un manto de palabras sueltas, de frases convencionales, que trataban de evitar aquel “contratiempo”, aquella incomoda verdad que había dormido esperando que alguien la destapara. No me contó nada más de aquellos días. Pensé que quizá ya lo había dicho todo, que en su memoria no existían más recuerdos porque habían sido borrados. Haciendo honor a su nombre, el olvido había sido su forma de enfrentarse a una realidad impuesta. Se habían convencido que no podían enfrentarse a hechos consumados desde la inferioridad del débil, del perdedor y existía un acuerdo tácito de eliminar aquel tiempo. Pero yo despertaba ahora a aquella verdad que me abría los ojos para entender como éramos, como se había forjado nuestro carácter. Eramos hijos de aquel destino que mi abuelo halló en una fosa común.

Fuimos al cementerio a por los restos. En su entrada tras la empinada cuesta destacaba sobre el muro blanco una frase junto a la cruz “ La vida no termina, sólo se trasforma”

¿Y la muerte, la muerte se trasforma?

Se trasforma en un acto impúdico cuando ocurre a manos de otros. Acaso la muerte no transforma al muerto en víctima y al asesino en verdugo, creando para siempre un vínculo inseparable. La muerte es parte de la vida, pero no todas las muertes son iguales. Hay muertes que son la culminación de una vida, lo que le dan sentido. Engrandecen al hombre que la vivió, hacen perdurar su recuerdo. El recuerdo es nuestro vínculo con el pasado, nos da la eternidad, nos hace dioses inmortales. Otras en cambio sólo sirven para ocultar la existencia de su propietario, borrarlo por siempre. No sólo acaban con su vida, sino con su recuerdo. Lo transforman en humo, en niebla, en una bruma que se desvanece y que sólo se espera de ella que desaparezca para dejar paso a la luz. Se le arrebata la posibilidad de ser y de haber sido. Se muere para siempre sin posibilidad de réplica, sin poder apelar al Dios de los hombres para redimir su causa. Hay muertes que se entierran y como decía la frase del cementerio, la vida se trasforma.

Se transforma en NADA. En silencio, en olvido.

Por eso fuimos a por los restos de mi abuelo, quizá fue por eso o por la necesidad de recuperarnos, de recoger los pedazos de nuestra vida que habían quedado desparramados en el trascurso de nuestro camino ciego hacia la felicidad. Fuimos juntas para honrar la memoria de un hombre que casi no existió, que estaba a punto de desaparecer con el último rayo de esperanza, la de su hija mayor que aún quedaba con vida para dar testimonio de su presencia en el mundo. Fuimos movidas por la inercia del respeto, por la lealtad a la sangre, por el fino hilo que aún nos unía a aquel desconocido. No queríamos con ello devolver al mundo su equilibrio, no pretendíamos instaurar una suerte de justicia divina que cerrase el círculo de nuestra existencia, sólo queríamos recuperar una parte de nosotros mismos perdida en la noche de los tiempos. Nuestro paso no era firme, era una marcha cansina hacia un fin necesario que no habíamos buscado.

Los trámites de identificación y de recepción de los restos no se salieron de un protocolo burocrático que estaba lejos de inspirarnos ninguna emoción. Aquella misión aceptada como una carga, deseábamos que fuera un trámite para retomar nuestra vida, saltando el obstáculo como un contratiempo que no supusiera ningún impedimento para seguir con nuestra normalidad.

La caja era un recipiente de plástico oscuro con cierre de presillas que cabía perfectamente en el maletero del coche y a la que ya habíamos buscado el correspondiente permiso para su enterramiento en nuestra ciudad.

Durante el viaje de vuelta no hablamos, el mismo silencio que se había mantenido durante años nos acompañaba en aquel viaje. Era como si todas las palabras que tuviéramos que decirnos estuvieran contenidas en aquella caja negra. No era dolor, no era tristeza, no era duelo, pena, aflicción. Ni era complicidad en el silencio, ni deseo de callar. Era la imposibilidad de expresar con palabras aquel sentimiento de impotencia, de hurto de una vida que había quedado incompleta.

Al llegar al nuevo cementerio nos cogimos de la mano, juntas abrimos la caja y juntas cerramos los ojos frente a un futuro que no podía ser el mismo después de aquel día. Al abrir la urna vino un escalofrío que sentimos como el abrazo de un muerto, como el reencuentro con quien nos había esperado desde hacía más de 60 años, allí en la tierra húmeda, agarrado a la esperanza de despedirse de su familia. Nos sentamos en el banco de madera, dejamos la caja en el suelo y me adelanté a tomar en mis manos la calavera. Aquel cráneo era como los que había visto muchas veces en la televisión, en el cine, en los libros. Sus órbitas miraban al vacío, la mandíbula desencajada de la articulación se abrió como en una carcajada, como en un grito cuya voz se escuchó quizás en otra dimensión.

Reproducimos a veces algunos actos que puede que residan en la memoria colectiva, porque me vi como Hamlet alzando aquel hueso preguntándome quienes somos. En ese acto quizás mimético se contiene la filosofía de mirarnos frente a frente con nuestro destino, con nuestra esencia. Lo que somos, lo que seremos está en la calavera, en aquella urna que contuvo las ideas, las pasiones, los ideales, todo aquello que nos hace sagrados ante la Creación.

Aquel Sancta Sanctorum de nuestra alma, si es que el alma puede residir en algún lugar, me devolvió a los años en que fue profanado. En aquel cráneo, con paredes suaves y lisas en su bóveda, pude ver como se rompía la armonía del mundo, aparecía un blasfemo orificio que horadaba su hermosura. El agujero de la bala que acabó con la vida de mi abuelo, quizá el tiro de gracia, ese cínico término que ejecuta el verdugo como expiación de su culpa, como último acto de humanidad, de una humanidad violada en el asesinato previo. Ese borrón en la inmaculada blancura de la calavera, ese oscuro círculo que se abría en aquellas paredes, ese disparo, lo percibí en mi propio cráneo.

Se abrió un abismo bajo mis pies y caí en el vértigo del desamparo, me sentí huérfana por primera vez. Sentí la desolación de mi madre, de mi abuela, de mis tías ante un destino al que las llevaron maniatadas, con la venda en los ojos, como un reo ante el cadalso. Como un inocente ajusticiado que aún no sabe como ha podido ocurrir, porqué absurdos designios se ve abocado a la infamia. Fue una caída al vacío, notaba como mi cuerpo perdía la gravidez y descendía en un remolino. Compartí el horror de mi abuelo en aquel instante en que se le privaba de su condición de individuo, anulándolo, impidiendo que su más profundo deseo pudiese albergar alguna esperanza. Quizá en aquella cabeza tiroteada se fijó el instante en que pensaba en la familia que había dejado abandonada, desprotegida. La pena insoportable de no poder verlos, abrazarlos, decirles cuanto los quería, cómo habían sido el único motor de su vida. Esa calavera contenía ahora alojada en su interior la bala y la idea. Era la prueba de vida de un ser que apenas fue y al que arrebataron su derecho a ser. Comprendí que en aquel fusilamiento estábamos también nosotras dos, como espectadoras a distancia. Y que ese aciago día en que fuimos separadas de nuestros orígenes no podía ser barrido por el viento de los tiempos. Lo que en aquella cabeza había sido pensado, amado, soñado, no podía quedarse en el olvido. Decidí recuperar la memoria de mi abuelo, hacerle volver, darle su dignidad mancillada.

Emprendí la búsqueda en los archivos de los expedientes de aquellos hombres y mujeres asesinados. Quería reconstruir sus últimos días, encontrar los motivos que llevaron a mi madre a la orfandad. Las causas que llevaron a aquellos militares franquistas a matar a un hombre. Quería entender como una sociedad basada en preceptos religiosos, dirigida por hombres de profundas convicciones católicas de las que hacían alarde como prueba de su virtud, trasgredían toda ley moral de su religión, golpeaban a su Dios con la culata de sus armas.

Leí la crónica de la guerra contada por unos y otros, las consignas de los mandos militares que animaban a sus correligionarios a la lucha contra la insurgencia, contra el marxismo malévolo. El ideólogo del Golpe de Estado el general Mola decía: Cualquiera que sea abierta o severamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror, dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a los que no piensen como nosotros”. Y su rival y quizá su verdugo el general Franco arengaba: “Como el caballo de Atila, el bolchevismo seca la hierba, y las ciudades sólo son ruinas, cobardemente calcinadas, y los campos son razzia y abandono. Pero nosotros sabremos reedificarlo todo. Si invocamos las grandezas de la España imperial, es porque nos mueven con sus ideales sus empeños de salvación y fundación” Todo el cinismo de los discursos políticos cabía en la boca de los líderes: “ ...el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad”.

Escondí la cabeza de vergüenza por mí misma y por mis mayores, por los que desde un ideal equivocado creyeron que las urnas les daba derecho a la violación de las leyes y por aquellos que tras su victoria persiguieron sin miramiento a los vencidos. Yo era la voz de los muertos olvidados, de mis muertos enterrados sin respeto. Los otros muertos ya fueron santificados por la historia de los vencedores, aunque las loas no consiguieran restituirles la vida, al menos glorificaron su memoria. Los nuestros era sólo expedientes marchitos, olvidados en los archivos y tumbas de cadáveres hacinados, enterrados con prisas, muertos como traidores.
Encontré el acta de detención de mi abuelo. El relato de los hechos que llevaron a su asesinato.

ATESTADO DE LA COMANDANCIA DE LA GUARDIA CIVIL

DETENCION DE Vicente Montes Antón
Varon de 37 años, estatura regular, pelo castaño, cejas negras, ojos oscuros. Mediero de la finca “los olivares” del Baron de Rodera. Casado con Olvido Garrido Cerdan con tres hijas, la mayor de 10 años y las otras de 7 y 4 años.
Ha sido detenido por colaboración con los rojos huidos al monte, facilitandoles comida y cobijo en numerosas ocasiones. Por tanto responsable de los desmanes y saqueos cometidos por los maquis.
El comandante del puesto y su ayudante el numero Dº Aureliano Dominguez Rosas siguiendo las instrucciones de la superioridad toman declaración al tal Vicente para practicar diligencias y esclarecer los hechos delictivos de los rebeldes. A las preguntas realizadas contesta como sigue:
Que trabaja para el señor baron desde que era pequeño porque ya su familia trabajo con ellos. Que no conoce a los bandoleros que llaman maquis y que nunca a tenido ideas de izquierdas, que no participo en ninguno de los altercados acontecidos en el pueblo durante el regimen rojo. Que no sabe que fechorias cometian los individuos que se llegaron a su casa en dos o tres ocasiones por la noche. Que les davan de cenar porque llevaban armas y tenia miedo por su mujer y sus hijas. Que es una persona onrada que toda la vida a trabajado en el campo y tiene poca formacion porque no pudo ir al colegio de pequeño”
Interrogado sobre la declaracion de algunos vecinos que aseguran que no acude a misa los domingos y que un tio suyo era republicano refiere:
“Que no va a misa porque tiene que trabajar mucho para mantener la familia, pero que su mujer y sus hijas cumple con los mandamiento de la Iglesia y que en casa se enseña el respeto a la religion y los curas. Que su tio republicano lo es por parte de madre y que no tenia relacion con ellos. Que el no se metia en politica como le abia enseñado su padre y que su tio se fue del pueblo ace mucho tiempo y no abia vuelto a saber nada de el”
El individuo no muestra resistencia ni actitud violenta ante la Guardia Civil, se le informa que pasara a disposicion del juzgado para valorar los hechos y su colaboracion con los rojos.

21 enero de 1942


Tras su detención pasó dos meses en la cárcel junto a otros retenidos. El alcalde del pueblo durante el gobierno republicano era el más antiguo de los presos porque fue detenido en 1940 tras huir al monte con otros dos encarcelados, “el practicante” y Dº Servando el maestro que se entregaron después. Dos mujeres que formaban parte de las milicias populares, la mujer de un sindicalista ya muerto tras la guerra y Mariana una republicana convencida, que había vivido en Francia.

Coincidiendo con la fiesta de San José durante la noche, ocurrió un hecho que decidió el destino de todos ellos, un grupo de la denominada AGLA ,Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, decidió asestar un golpe de efecto al gobierno franquista. Asaltó la Iglesia, matando al cura que opuso resistencia y quemando la Parroquia de San Antonio Abad en lo que llamó una falla popular. Tras iniciarse el incendio se escondieron tras los muros del antiguo camposanto y cuando la Guardia Civil acudió al incendio los tirotearon, consiguiendo matar a dos guardias y el sereno que los había avisado.

En la comandancia del cuerpo de la Guardia Civil los siguientes días fueron un hervidero de mensajes con las autoridades militares, acudieron al pueblo inspectores de policía, policía secreta, el delegado del gobierno y autoridades políticas que fomentaban el honor patrio, la defensa de la Fe cristiana y de los valores del nuevo régimen, toda vez que hacían ver la crueldad de los rojos, aquellos degenerados que no respetaban a Dios y cometían el más atroz de los sacrilegios. Aquellos sucesos que todos los medios de comunicación se encargaron de agrandar y que los escribas del régimen trasmutaban en un acto heroico por parte del señor cura, que había caído defendiendo el cáliz de las hostias y los guardias que habían intentado repeler la agresión de un numeroso grupo de facinerosos. Acabaron convirtiendo la venganza en el único disolvente para aquella mancha, aquella afrenta al pueblo y a Dios. Los rojos encarcelados seguro que conocían los planes de los maquis y la presión sobre ellos no tardó en manifestarse en interrogatorios y palizas que no consiguieron obtener información de unos hombres y mujeres que ya eran sombras. Ante la imposibilidad de encontrar a los responsables, pese a las batidas que el ejercito había realizado en el monte, se optó por culpar de colaboracionistas a los encarcelados.

INDAGATORIA DE Dº Vicente Montes Antón
Preguntado si a sido complice del asesinato del parroco, los guardias y el sereno, dice que no.
Preguntado si conoce quien a sido el responsable de los hechos, dice que no.
Preguntado si conocía los planes de realizar dichos actos o si abia escuchado alguna vez a los maquis hablar de estos planes, dice que no.
Preguntado si han celebrado en la carcel como aseguran los guardias los hechos ocurridos en el pueblo la noche de San José, dice que no.
Preguntado si tiene algo más que manifestar, dice que el nunca a tenido nada que ver con los rojos y manifiesta que quiere ver a su familia para que no sufran por el que se encuentra bien.
Ante la negativa a colaborar y la evidente implicacion en los hechos acontecidos, que demuestra claramente su desprecio por el gobierno actual y su relacion con el marxismo, se le declara culpable de ser colaboracionista con el bando republicano en rebelion.
25 de marzo de 1942

En la mañana siguiente antes de que el sol levantara su mirada en aquellos días aun frescos de la recién estrenada primavera, cinco esclavos eran conducidos por sus amos al altar de los sacrificios. Fueron sacados de la cárcel con la falsa intención de un traslado. Cuando se vieron juntos en la furgoneta, custodiados por un grupo de Guardias Civiles y seguidos por otra camioneta con más guardias, sus miradas ya hablaban el lenguaje de los muertos.

El miedo, la soledad del condenado a muerte, que mira de frente su alma. La mente que vuela para atrapar todas las sensaciones, todos los instantes que prolonguen su tiempo. Los recuerdos agolpándose, tratando de robar protagonismo unos a otros. Al bajar de la camioneta ya no caminaban, volaban como seres ingrávidos, como ángeles que ya han perdido la corporeidad y caminan en el edén. Con un único pensamiento ya afirmado en sus mentes, la imagen de sus seres queridos. Ahí estaba mi abuela, mi madre y mis tías, justo en el momento antes de que se oyera un disparo o muchos o quizá un trueno o la voz del dios del odio, justo antes de caer junto aquella tapia del cementerio. En ese preciso momento nosotras estábamos ahí como testigos de la ejecución, sin saberlo, sin la conciencia de que poco después olvidaríamos aquello durante sesenta años. Hasta que en esa sepultura infame alguien hurgó y de la herida salieron los huesos con una bala en sus calaveras. Una bala que era un mensaje para que recordásemos, para que supiéramos que junto a ella estaba la imagen última, nuestro propio reflejo.