LA CULPA


Llevo varios días pensándolo, no puedo quitarme la idea de la cabeza. La culpa es como un martillo compresor, como esas máquinas taladradoras cuyo punzón va abriendo la tierra hasta llegar al agua.
Yo siento que este ansia está ya en el fondo de mi cerebro, quiere que mi crimen salga a la luz. No puedo consentirlo.
Mi reputación, mi credibilidad, mi posición… me han costado mucho, debo evitar que se sepa, tengo que apagar estas voces que tratan de revelar mi vergonzoso secreto.
No he sido siempre un soberbio ni un hipócrita. He tenido que esconderme tras estas máscaras para protegerme. ¿Es que acaso tú que estás leyendo no eres a veces un hipócrita? ¿ No existe en ti un lado oscuro donde no quieres mirar, porque hallarías un desconocido?
Debo encontrar una solución antes de que se sepa todo. No tengo miedo a la policía, no van a ser capaces de descubrirlo. Tengo miedo de mí mismo. Este crimen me ha poseído, lo noto recorrer mis entrañas, sube hasta el cerebro, aprieta el corazón hasta el colapso, en el estómago perfora su pared como una úlcera y deja que los ácidos me corroan. Las piernas no las siento y en ese momento sólo deseo correr.
Soy capaz de revelar mi secreto como estoy haciendo contigo lector - no te creas tan importante, este libro sólo está escrito para mí - porque debo escapar del encierro a que me somete mi acción, debo abandonar la prisión que me está derrotando desde dentro, como un troyano que se hubiera metido en mis venas.
Pensé que escribiendo mis pensamientos obsesivos conseguiría expulsarlos. Pero este soliloquio sólo ha conseguido que entre en la espiral del pensamiento único, reverberante, atormentador. Se está alimentando a sí mismo y crece como el alud desprendido por un grito de dolor que saliese del fondo del alma.
Estoy sentado en mi cuarto, casi a oscuras en mi sillón, dejando que el pacharán que trajo mi cuñado vaya matando el intruso.
No es suficiente, ahora lo sé. Tengo que buscar una alternativa, la solución definitiva.
Crees que estoy acabado porque no tengo un plan. No es cierto. Sé cual es el siguiente paso, el que zanjará al fin la cuestión y me liberará para siempre, pero lo reconozco tengo miedo. Hoy no te puedes fiar de nadie, ni de los curas. La confesión es mi plan de salvación. El instrumento que me permitirá expiar la culpa.
Necesito sacar toda esta bilis fuera, me estoy ahogando en ella. Alguien tiene que escucharme. Alguien que no me conozca, al que no le importe mi pecado porque está dispuesto a perdonarlo.
Sí, necesito el perdón, será el remedio a este mal. Si consigo contarlo, el sacerdote me ayudará a llevar la carga, lo involucraré en mi problema y no podrá dejarme sólo con él. Conseguiré al fin que la culpa me abandone.
Estás pensando que debería decírselo a mi mujer, pero eres un ignorante. Ella es el problema. Todo empezó cuando me abandonó con no recuerdo que pretextos vanos y excusas que no convencieron a nadie. Abandonarme a mí, como si fuera un cualquiera. Y además me dejó con él. Ahí empezó el martirio. Se apoderó de mi alma poco a poco, compartir mi vida, mi soledad con él, fue el mayor acto de crueldad que me regaló en nuestra separación. Sé que lo hizo a conciencia. Seguro que lo había planeado.
Ella es inteligente, sólo los inteligentes pueden ser taimados. Me darías la razón si la conocieses. Te encandilaría con sus dotes, acabarías convencido que ella sólo era una víctima. Te enamorarías como yo de su sonrisa. No puedo contárselo a ella porque convencería al mundo de que estoy loco.
Estoy seguro, un sacerdote es la solución. Desde siglos han exorcizado los demonios de los hombres.
Este Lucifer poderoso, ese Leviatán invencible, debe ser expulsado de mi mente para que la luz retorne. Sólo un sacerdote puede arrancar el mal de mi ser y redimir mis pecados.
Para la confesión estoy preparado, repase los preceptos de mi infancia, cuando el catecismo lo aprendíamos de memoria. Dolor de los pecados, propósito de enmienda, cumplir la penitencia. ..
Sé que ya no dudas de mi dolor, de esta agonía lenta que he sufrido desde mi acto. Sé que tú lector, también me exculparías, pero yo no necesito tu perdón. Quiero enmendar mi vida y haré lo que se me pida como penitencia para conseguir la redención.
San Juan Nepomuceno es una iglesia gris, el tiempo ha depositado sobre su estructura el paso de los años. Parece una vieja sentada en un banco que quisiera levantarse pero no tiene fuerza para hacerlo. Vista desde lejos da la sensación de estar deforme. No es altiva y no muestra simetría en sus formas, como quizá lo hizo en otro tiempo. Diríase que la osteoporosis hubiera atacado sus cimientos y la carcoma se hubiera tragado sus crucerías. Quizá la iglesia tuviera también alguna culpa no expiada que poco a poco la ha ido aniquilando.
El padre Benito ejerce allí su magisterio. Es un hombre gris, sin ser excesivamente mayor, aparenta cansado. La iglesia puede haber transmitido su espíritu al padre, o acaso el destino del hombre ha sido escrito para que se encuentren las almas gemelas. En cualquier caso, existe un perfecto maridaje entre la iglesia y su confesor, diría aún más con su parroquia, donde el luto impone el rigor de su reinado .
En su interior se filtra la luz tamizando de azul oscuro el aire. Es un aire espeso por la frialdad del recinto y esa bruma que huele a incienso, para mí resulta placentera. No hablaré de la austeridad del mobiliario ni de sus imágenes abandonadas en la soledad de las oscuras hornacinas. Sólo quiero describir el objeto que me impresionó sobremanera y que sin duda junto con la bonhomía del padre decidió mi elección.
El confesionario que se encuentra en el rincón derecho de la entrada, su madera oscurecida por los años y los pecados oídos. Tallada de forma magistral parece como si dos manos abrieran sus palmas para acogerte en su seno y de allí se pudiera salir limpio de alma hacia la casa de Dios. El reclinatorio almohadillado de un dulce terciopelo rojo, desgastado por las rodillas penitentes, pero con un noble porte que se elevaba hasta mi pecho. La rejilla trabajada como las ventanas de los gineceos árabes, donde las mujeres del sultán se asomaban a la vida sin ser vistas. Así pensaba que aquella ventana me protegía de la mirada del cura, quizá ausente, absorta en el misticismo o en la aburrida cotidianidad que llenaba el alma de aquel desconocido. Al otro lado una puerta daba entrada a un sacro recinto, a modo de celda de un eremita, que sentado iba a escuchar mi relato y darme la salvación.
Fui a las seis de la tarde, esa era la hora de la confesión. Sólo una mujer estaba esperando al párroco. Una mujer mayor, enlutada. ¿Qué pecados podía haber cometido aquella mujer comparado con mi crimen? Acabó pronto, como suponía. Tuve que pensar de nuevo como empezar, infundirme valor, estaba a punto de nacer un hombre renovado. ¡Adelante!
Me acerqué y me arrodillé ( no era tan blando el terciopelo como había imaginado), la madera se clavaba en mi rótula. Lo tenía todo ensayado iba a empezar con un “Ave María Purísima” y pasaría a contarle mi pecado; pero en el último momento el miedo busco una maniobra de distracción e inicie una retahíla de pequeños atentados contra los mandamientos, insulsa, sin personalidad. Percibí un silencio aburrido, condescendiente, que me instigó a descubrir mi verdadero propósito en la confesión: “Padre, he matado a un hombre”. Noté como se estremeció de súbito el sacerdote, oía su corazón cuyo rápido batir se hacía patente en la caja de resonancia de aquel confesionario. Lo había rescatado de la soledad, ese estado donde vagamos lejos del mundo que nos rodea, conversando con nuestro otro yo, viviendo al margen de lo real. El cura seguramente lo hubiera llamado oración. Yo creo que decimos hablar con Dios para no reconocer que hablamos con ese otro que vive en nuestro interior. No queremos reconocer ante los demás su presencia e invocamos lo divino. En cierta forma quizá estemos en lo cierto y exista algo divino, pero también algo diabólico a la vez. Ambos conceptos se necesitan, se complementan. El bien y el mal, el ángel y el demonio son inseparables, constituyen la esencia del hombre y su sublimación.
Ahora sí podía contarle mi historia a aquel sacerdote, porque era mío, lo había traído a mi mundo.
“ La culpa no ha sido del todo mía padre, él me ha provocado ha hecho nuestra convivencia insoportable. Yo no soy violento, nunca pensé que podía matar a alguien, pero poco a poco me fue transformando, fui más él. Al principio sólo percibía su presencia de forma fugaz, pero después se hizo corpóreo, lo veía a mi lado, me observaba, asentía o negaba como si tuviera la obligación de emitir un juicio no verbal de aquello que yo estaba realizando. Me acostumbre a él, casi lo necesitaba porque me daba su aprobación o su disconformidad, me sentía más seguro en mis decisiones cuando estábamos de acuerdo y acabé por darle la razón en muchas de ellas. Todo cambió cuando tomó la palabra, se creyó con derecho a hablar, a intervenir en mi vida, a cuestionar mis actos y hacérmelo saber de la forma más hiriente. Ironizaba con mis decisiones, exponía sus opiniones de forma descarada. El decía que era su obligación que debía ayudar a dirigir nuestra vida. ¿Nuestra vida? ¿Quién le había dado permiso para entrar?¿O acaso siempre estuvo dentro?
Nada fue lo mismo a partir de entonces. Hubo momentos en que pensé que era un sueño del que más tarde o temprano despertaría y no estaría conmigo; pero en lo más profundo sabía que aquello no ocurriría, que quizá tuviera razón y debíamos compartir la existencia porque a ambos nos pertenecía. A veces temía que desapareciera porque dejaba un vacío de soledad, me sentía como un cuerpo estelar en la infinita nada. El anhelo de los hombres de encontrar un alma complementaria es posiblemente la forma de evitar la presencia de este incomodo inquilino que es uno mismo bipartito.
No fue su presencia, ni sus comentarios lo que me llevaron al desenlace final. Lo que me decidió estaba escrito que ocurriera cuando me fue alejando de lo que más quería. Empecé a comportarme como un ególatra, como si todos los que me rodeaban quisieran arrebatarme mi vida. Dejé de compartir con mi mujer los momentos porque tenía miedo de perderlos. Temía que ese ser extraño y próximo a la vez, se adueñara de los tesoros que había ido acumulando en mi existencia. Precisamente así es como fue ganando la batalla, no fueron los demás los que cambiaron, yo hice que quien había estado a mi lado se sintiera rechazado, que quien había confiado en mí, no me la ofreciera de nuevo porque en mi obsesión había empezado a desconfiar de todos. Él ya estaba tan dentro de mí que yo no me reconocía, me había transformado. Cada vez era más el otro y mi yo se desvanecía como la ceniza entre las manos.
No podía consentir que alguien a quien no había dado permiso llevase el timón de mi vida rompiendo mis barcos contra las olas del infortunio. Lo maté llevado por la furia pero después sentí de nuevo la ternura de antaño con él. Era demasiado tarde. Fue un acto cruel conmigo mismo, porque ahora estaba sólo, en esa casa llena de recuerdos con el remordimiento de este crimen que me consume.
Estaba desesperado padre, sé que me perdonará por lo que hice”.
“Hijo mío: No eres dos, si no cien o mil, miríadas de ti mismo habitan tu interior. No se creo al hombre a imagen y semejanza de Dios sino a imagen y semejanza de todo lo creado. Dio un Universo entero a cada hombre para que buscara su destino, para que se encontrara en él. Quizás mi Dios es sólo una de esas estrellas que pueblan el cosmos, puede que tú y yo seamos creadores de hombres, dioses y demonios que se manifiestan en nosotros. No existe la felicidad en la soledad.
¿Acaso estás seguro de que mataste a quien dices? ¿ No es posible que en esa ceguera te mataras a ti mismo?
Yo te digo que mataste aquello que no querías ser y en ello no hay pecado. Tu penitencia es encontrar a los que quieres que te acompañen para vivir la vida sin culpa.