viernes, 8 de julio de 2011

CORRE,CORRE QUE TE PILLO


No recuerda bien como paso, hace ya tiempo de ello. Quizá todo comenzó una tarde de final del verano, con el sol en su espalda, vio caminar su sombra que se prolongaba delante de él e instintivamente apretó el paso. No con una idea preconcebida, no porque de repente recordara que llegaba tarde. Fue algo así como el presentimiento de que aquel extraño que lo acompañaba habitualmente tuviera ganas de pelea. Aceleró el paso intentando dejar atrás su ingrávido compañero de viaje, parecía un marchador atlético en su sprint tratando de sacar la cabeza al contrario. La gente le miraba extrañada por la calle, aquel hombre realmente tenía prisa. Al girar la esquina se dio cuenta que había vencido, su oponente quedó atrás y pese a relajar el paso le seguía sin ninguna posibilidad de sobrepasarlo.
Aquello era una estupidez. Era absurdo disputar una carrera con la propia sombra. No obstante, la sensación que dejó en su cuerpo la irreal victoria, le había gustado. Serían las endorfinas, pero ahora caminaba más satisfecho, tanto que decidió fijar otro objetivo a batir. La joven que caminaba veinte metros delante de él, tenía además el incentivo de poder admirar mejor sus piernas, las faldas cortas le resultaban muy provocadoras. Aceleró discretamente el paso, fue ganando metro a metro posiciones, fijó la distancia, se deleitó con la visión de su caminar y decidió dar el asalto definitivo adelantándola mirando de reojo a su inesperada contrincante. Había sido una victoria demasiado fácil, los tacones la hacían lenta y al parecer no tenía tampoco intención de disputar con él una carrera. Que tontería, como iba a saberlo aquella chica. Pensó en ofrecer a otro transeúnte la posibilidad del duelo, pero tenía que ser una confrontación más justa, más de igual a igual. Aquel matrimonio de mediana edad caminaban a un paso más ligero y podían ser los dignos merecedores de su disputa. Estaba claro que tenían un objetivo y que se dirigían prestos a cumplirlo, intercambiaban pocas palabras, no querían perder resuello. Todo esto lo fue viendo mientras iba ganando terreno en su lucha, pero esta no iba a ser una victoria tan fácil, se tuvo que emplear a fondo, además le desviaron de su ruta prevista. Casi acabó corriendo en pos de esos dos desconocidos, tanto que al pasar a su lado, estirando la cabeza como si tratara de romper la cinta final, la mujer se asustó y asió su bolso temiendo un robo. Él se percató del movimiento y le pareció ofensivo, pero enfrascado en esa batalla contra el crono, siguió su desbocada carrera hacia ninguna parte.
De nuevo la esquina le salvó. Primero porque tenía que retomar la dirección perdida y luego porque podría huir de la mirada de aquellos dos ignorantes que sentía sobre su espalda. No entendían lo que ocurría y habían visto en él un ladrón. ¿Acaso tenía él aspecto de ladrón,? Vestía con corrección, se había afeitado y duchado esta mañana, aunque a estas alturas de carrera ya no podía dar fe de su olor corporal. Pero en cualquier caso nada en él podía sugerir a nadie que fuera un ladrón. O quizá si, pensó, podría ser un ladrón de tiempo.
Mientras se dirigía a su oficina tuvo sentimientos contradictorios. Se sentía un poco estúpido por haber iniciado aquellas competiciones imaginarias, aunque le habían proporcionado el placer de su elaboración y consecución con el éxito, que pensaba que era patente. Aún más, había llegado pronto a la oficina a pesar del pequeño desvío.
El trabajo en la tarde no difirió de otros días, su trabajo de corrector le gustaba, le permitía una cierta libertad. No dependía de otros para hacerlo. Hablaba poco en el trabajo, no se llevaba mal con nadie, es más podría decirse que los compañeros le tenían aprecio. Él era poco comunicativo, trataba de lo necesario, daba las instrucciones pertinentes de lo corregido en su despacho o en casa y sólo ocasionalmente quedaba con ellos para alguna celebración social. Nunca prolongaba esas reuniones en exceso porque le resultaban tediosas, intrascendentes (como si en su soledad hubiera más trascendencia), sujetas a formalismos sociales y charlas convencionales. Las excusas ya resultaban increíbles para todos pero las aceptaban como parte de su excentricidad.
Volvió a casa como de costumbre sobre las ocho y media, paso por el Kebab que resultaba su cena más habitual. Pensó en emprender una nueva carrera anónima contra los caminantes que encontró en su camino, pero se resistió a ello. Le parecía estúpido lo que esta tarde había hecho, no entendía muy bien porqué lo hizo. En su necesidad de demostrarse que aquello había sido un arrebato, caminó con calma, mirando lo que cada tarde veía en su camino a casa y que no le llamaba la atención. Hoy tampoco tenía la sensación de estar contemplando algo extraordinario pero tras llegar a casa no se sintió más aliviado por el paseo que por la carrera. Se había relajado tanto en su vuelta a casa que se perdió el inicio de la serie de televisión que solía ver cada noche. Acompañaba el kebab o la pizza con los avatares de los personajes de las series que en una u otra cadena desgranaban humor, misterio o inverosímiles situaciones de vecindario. Bones, el mentalista, CSI Miami, Castle, Aquí no hay quien viva o Aida, todos aliñaban con su compañía las monótonas cenas de Alberto. No había sido una gran idea eso de perder el tiempo caminando con parsimonia, no había podido ver el asesinato con que comenzaba Castle y eso le daba mucha rabia. No lo repetiría. Se fue a la cama, leyó un rato y decidió que era hora de dormir. Siempre le costaba conciliar el sueño, la lectura lo desvelaba, pero tampoco quería renunciar a ella. Leer era su pasión y su trabajo, pero le emocionaba entrar en la vida de sus personajes de ficción y formar parte de sus interesantes vidas llenas de amor, odio, violencia, que tras cerrar el libro no dejaba secuelas visibles y le permitía refugiarse en la seguridad de su previsible vida.
Esa noche los sueños continuaron manteniendo despiertos los fantasmas de la vigilia. Un torbellino de ideas agitaban su cabeza como queriendo ser protagonistas de la noche. Se sucedían las imágenes de la tarde, se veía corriendo por callejones que no reconocía, girando en cada esquina tratando de despistar a su perseguidor. No se atrevía a mirar hacia atrás porque sabía que algo terrible le perseguía. Tras interminables carreras en las que adelantaba chicas jóvenes, ancianos y parejas que le miraban ausentes a su angustia, sin ningún atisbo de solidaridad reconoció su calle y su portal y no lo dudó, entró mirando de reojo a su perseguidor que por un momento le pareció su sombra. Llegó en el momento en que en la televisión se iniciaba CSI Miami, ver a Horatio Caine le relajó, alejó de pronto sus miedos. Esa grandeza de héroe al quitarse las gafas con ademán de suficiencia, con la seguridad que sólo los grandes hombres tienen. Ahí acabó el vértigo y se sumió en la profundidad del sueño que anula todos los recuerdos y nos convierte en seres vulnerables pero felices.
La mañana solía invertirla en trabajar, tras el desayuno, salia a comprar si necesitada hacerlo. Tomaba siempre un café a las doce, oyendo la radio, habitualmente las noticias de la SER. Era casi el único contacto con la realidad política y social, que le producía un escaso interés. Mientras leía podía escuchar música si no necesitaba concentrarse. Satie, Rodrigo Leao, Ludovico Einaudi, Mark Knopfler, Amancio Prada o la música clásica llenaban los silencios de su casa con voces y melodías que le hacían sentirse acompañado. Esa mañana se levantó de buen humor, pese a recordar la agitación del sueño y que no había dormido mucho, estaba descansado. Hacía tiempo que no experimentaba una sensación así. Recordó la imagen final de Horatio Caine en la escena del crimen que lo relajó antes de dormirse definitivamente. Porqué no le habrían puesto a él Horatio, Richard, Augusto u otro nombre que sólo con nombrarlo impusiera carácter. Lo habían condenado a vivir con Alberto, demasiado largo y sonoro para un nombre banal. Incluso sin la o final habría resultado más determinante. Se hubiera conformado con nombres menos adustos, más convencionales pero cortos, que no requirieran un esfuerzo para nombrarlos: Juan, Paco, Luís...
En fin, a pesar de esto, hoy se veía como un hombre diferente. Pensaba que iba a ocurrir algo que cambiaría su futuro. Salió a la calle sin un propósito claro, algo le impulso a hacerlo. Una vez fuera pensó que compraría pan para almorzar pan tierno y no tostado tras descongelarlo como de costumbre. Caminaba deprisa, con la ansiedad de quien desea que cunda el tiempo y le permita hacer el millón de cosas que le restan. No se dio cuenta hasta que llevaba un rato, pero no dejó de caminar a buen ritmo, le daba la sensación que era el cuerpo el que le pedía acción. Quizás éste era el cambio, necesitaba sentirse dueño de su tiempo y administrarlo a su antojo.
No ocurrió de forma inmediata, fue un cambio lento pero imparable. Pensó que la tarde anterior había tenido una señal y quería seguir con determinación el camino que su cuerpo le había marcado. Debía rentabilizar su tiempo, ahorrarlo como se hace con el dinero o la energía y le permitiría disponer de fondos venideros. Ahora se convertiría en un hombre de acción, que valora el tesoro que la gente corriente (como él había sido hasta ahora) malgasta de forma absurda. Desde este momento caminaría siempre con paso firme, no en sentido figurado, sino en sentido literal. El ejercicio que la tarde anterior había iniciado al perseguir a los transeuntes iba a ser ahora su norma. Trazaría las rutas más cortas en sus desplazamientos, avivaría el paso (sin que llamase la atención a los demás) adelantando a quien se encontrase en su camino. Iban a ser pequeñas victorias que darían un gran triunfo final. Anotaría las mejoras obtenidas y sacaría un computo mensual de sus ganancias.
La semana siguiente hizo el primer recuento. Si bien los primeros días no habían sido muy ventajosos, ya advertía una tendencia esperanzadora. El primer día había ahorrado tres minutos, pero al finalizar la semana había logrado duplicar la ventaja. Llegaba al trabajo seis minutos antes, nadie pareció darle importancia, pero en el recuento semanal había ahorrado treinta y tres minutos. Sólo este cambio le supondría en adelante 42 minutos semanales, que eran casi cinco horas mensuales y que se convertirían en dos días y medio extras al cabo de un año. Se sentía lleno de vida y entendía que podía llegar a más, ahora era un hombre imparable en su nueva proyección.
En la semana siguiente introdujo algunas mejoras adelantando el despertador diez minutos. Se dio cuenta que le costaba menos levantarse, la perspectiva del incremento en el saldo de tiempo acumulado era un estimulante natural. No remoloneaba en la cama y se dirigía rápidamente a su cita con el aseo diario. Aquí también podría conseguir unos minutos suplementarios. Calculaba que en el último mes aquella aportación suponía un ahorro no menor de seis horas que venían a sumarse a las cinco obtenidas con su carrera hasta la oficina. La mañana le parecía más rentable, su actual pasión por optimizar el tiempo le hacía tomar conciencia de su importancia y creía vivirlo más. El café de la mañana dejó de acompañarlo con las noticias (siempre era lo mismo, la aburrida disputa política y el anecdotario luctuoso de cada día), a partir de ahora se conformaría con oír las noticias los fines de semana. Aprovecharía el café para repasar las notas tomadas en la mañana.
En el trabajo empezaron a notar los cambios, traía las correcciones adelantadas y llegaba antes, además su rendimiento parecía mayor. Sin embargo, a pesar de ver su disposición al trabajo y su ánimo más vivo, parecía como encerrado en sí mismo. No se equivocaban, otra mejora introducida en su febril lucha por acumular tiempo extra, era evitar perderlo con distracciones o charlas innecesarias durante el horario laboral. Se decía a sí mismo que los ricos lo son, no sólo por lo que ganan si no por no gastar inútilmente lo que tienen.
Habían pasado nueve meses del comienzo de su nueva vida (un embarazo feliz, con un parto no menos afortunado). Tras el recuento de los pingües beneficios obtenidos con su estrategia, era poseedor ahora de un saldo favorable de 139 horas más, lo que suponían 5,6 días. En lo que restaba de año podría incrementar su patrimonio a una semana, sin duda alguna.
No iba a conformarse con esto, su meta iba más allá, reduciría todo lo prescindible, se centraría en su objetivo e iría ganando la partida al tiempo. Había decidido trabajar en casa por las tardes y acudir a la oficina una vez por semana. Esto si que le reportaría un sustancioso beneficio. Su trabajo le permitía esta libertad y no habría mucho cambio con la situación actual, en la oficina estaba tan sólo como en casa. Cuando se lo planteó a su jefe, no pareció sorprenderse, es más se diría que lo esperaba. ¿Cómo iba a esperar esta petición? Eran imaginaciones suyas. Lo más probable era que la presentación que él había hecho, argumentando sobre la eficacia de la medida en cuanto ahorro de tiempo lo convenció.
A partir de este momento sus expectativas de ahorro se vieron incluso superadas. En la libertad de su casa, podía administrar los tiempos de una manera óptima. A estas alturas él ya era un verdadero experto en las finanzas y administración de cada segundo. Tenía que reconocer que los primeros meses fue duro, aislado en ese retiro voluntario. Cuando llevaba seis meses en su nueva condición de eremita urbano, el recuento de beneficios no podía ser más alentador. Cada día suponía un ahorro de una hora treinta y cinco minutos y crecía la ventaja que iba obteniendo al introducir cambios en el estilo de vida. Ahora conseguía 47.5 horas mensuales, casi doce días en medio año. El próximo año superaría el mes extra de ganancias. Quizá incluso más porque a partir de ahora reduciría las horas de sueño. Una disminución en una hora suponía un ahorro de 365 horas al año, quince días más de lo que obtenía en este momento. Dejó de ver sus series favoritas, eso le produciría unas ganancias de vértigo.
Es verdad que había descuidado su aseo personal y su dieta, salia sólo a comprar sus Kebab y algunas veces aprovechaba la visita a la oficina para comprar en el supermercado. El día que tenía que ir a la oficina se duchaba y afeitaba. Sin darse cuenta su casa se convirtió en un mundo donde el tiempo se trasladaba a una dimensión que sólo cabía en su propia realidad. Lo contaba, lo manoseaba, lo trasmutaba en oro. Contemplaba su brillo y le parecía que se iba acumulando en los rincones de la casa formando pilas de segundos y fajos de horas. Tan embelesado estaba en su creciente fortuna que aquella noche (o día, quien sabe) cuando la oscuridad de su conciencia le dijo que debía acostarse y el sueño vino a él, no pudo reconocerla. La había perseguido como otras tantas veces, corriendo por callejones, por avenidas, desviándose de su ruta en una carrera frenética. Intentando alcanzarla sin conseguirlo, era una digna adversaria que necesitaba ver aunque fuera con el rabillo del ojo tras adelantarla. Esa mujer lo invitaba a seguirla como en un desafío, sus gestos la delataban como un mujer entrada en años, pero su energía era inagotable. Pasó la noche en una persecución delirante, le faltaba el aliento, le dolía el pecho. ¿Cómo podía aquella mujer correr de esta manera? Algunas veces conseguía acercarse lo suficiente para ver parte de su rostro, pero entonces ella doblaba una esquina y desaparecía ganándole ventaja. Se sentía desfallecer y de pronto perdió la conciencia, se durmió.
Lo encontraron tres semanas después.En su oficina había faltado a alguna cita ocasionalmente, o había acudido a una hora inadecuada. Pero les extrañó no tener noticias de él, que no respondiera al teléfono, ni las llamadas en el timbre de su casa. Estaba tendido en el suelo agarrado al reloj, con un gesto de incredulidad en el rostro.
En su persecución hubo un momento de tregua que llegó tras el primer sueño, la mujer había aminorado la marcha como para darle ventaja. Entonces sacando fuerzas de su flaqueza, venciendo el profundo dolor que sentía en el fondo de su pecho, quizá en su alma, aceleró el paso hasta ponerse a su lado y pudo ver el rostro de la muerte. No la reconoció enseguida, pero su risa de triunfadora, su mirada inmisericorde le convencieron. Trató de hablar, pero las palabras no fluían de su boca, tenía que comunicarse con aquella mujer. Esto era un error, él tenía tiempo, tenía miles de segundos guardados, estaba en posesión de una fortuna inmensa y no podía haber llegado su hora. Se señalaba el reloj, le mostraba sus manecillas y se agarró a él como único refugio. Cayó en el profundo sueño dónde el tiempo se detiene y nada importa, no lo podía creer, consumió el último segundo de su conciencia para reconocer que estaba muerto.