sábado, 7 de mayo de 2011

NAMASTÉ (escrito en el aeropuerto de Bangalore, antes de salir de India)

A modo de saludo, entre hola , adios y gracias, Namasté es la palabra que abre las puertas. Una especie de ábrete Sésamo para la India. Te introduce en su mundo, crea una cierta complicidad. Agradecen oírlo, pronunciarla conjura los buenos espíritus e inicia una relación que de por sí suele ser de respeto y consideración. No hay recelo contra el extranjero, no hay desconfianza ni animosidad porque posee aquello que anhelarías tener. Este es un pueblo generoso. En ningún sitio me he sentido tan acogido. Son amables hasta lo indecible. No es una actitud fingida y no sólo la vemos en la gente de la calle. Los médicos con que trabajamos nos tratan de forma exquisita , todo el personal del hospital nos llama Sir, con respeto sin adulación. No te dejan agacharte a recoger algo que se cae, se anticipan, les gusta complacer sin ser serviles. Te hacen sentir importante en su espacio, se desviven por que estés bien. Qué pocas veces sientes ese reconocimiento en la vida diaria. Posiblemente nos ven como pertenecientes a un nivel social elevado. La verdad es que si la comparación se hiciera respecto a lo que poseemos, hasta los que se ven como infortunados en nuestro país, pasarían por ricos en la India. Es curioso que nosotros los vemos como una sociedad dónde la miseria es el signo más llamativo, pero lejos de envidiarnos ellos nos ven como una sociedad del despilfarro sin patrones que se deban imitar (esto último nos lo comentaba Balla, jefe médico del hospital de Kalyandurg donde trabajamos, que visitó España el pasado año y era la primera vez que salía de su país, le llamo la atención la cantidad de dinero que gastamos en necesidades creadas, de manera superflua).

Es posible que sea un pueblo acostumbrado a la sumisión, a la aceptación de rangos sociales como distintivo entre los individuos, asumiendo su posición con una docilidad que puede resultar enervante a nuestros ojos. Es cierto que vemos el problema de las castas como una crueldad, y las realidades que genera son hirientes (las castas están abolidas legalmente, pero siguen siendo una realidad social). Pero si nos abstraemos al problema ético del valor de los hombres, que desde nuestra mentalidad occidental es incuestionablemente de igualdad, aunque como en el caso indio solo sobre el papel. ¿Acaso nuestra sociedad no está basada en valores erróneos? No son la razón, la capacidad o la humanidad de los individuos los motores de la promoción social, sino que se basa en otros elementos más prosaicos como el dinero, el poder y la fuerza. No se pueden esperar sociedades justas con estas premisas. Occidente no ha demostrado ser el paladín de la justicia, sino del propio interés. No puede dar lecciones de moral cuando ha incumplido todas las normas éticas. No podemos despreciar aquello que no entendemos. Cada pueblo debe hacer su propia revolución en pro de sus individuos, pero cada pueblo tiene que iniciarla por si mismo y sólo lo hará cuando exista un caldo de cultivo aliñado con las especias que da la educación, el conocimiento y la cultura en mayúsculas. Los iluminados, los profetas, misioneros, voceros de un dios místico y justiciero que prediquen en el desierto. Quien desee ayudar en un cambio tiene que trabajar en él, comprometerse, sin discursos, movilizando conciencias desde los hechos. Esa fue la apuesta de Vicente Ferrer y ha hecho posible un cambio en esta compleja sociedad, en este espacio pequeño de Anantapur del que dependen unos cuatro millones de personas (en un país de más de mil millones).

Estas sociedades que ahora vemos rotas por la miseria, fueron en otro tiempo civilizaciones que brillaron con luz propia. Mientras Europa vivía en la oscuridad de la Edad Media en Asia se cultivaba el arte y la ciencia. Oriente fue el faro de las futuras culturas greco-romanas que se valieron de sus sabios para deslumbrar al mundo. Cuando el Renacimiento aún no había visto la luz, la ciudad de Vijayanagar era capital de un imperio cuyas construcciones hacían palidecer la sobriedad del arte románico (estuve el fin de semana en esta zona patrimonio de la Humanidad, es alucinante) Más tarde el imperio Mogol convivió y compitió con el nuevo renacer de Europa. Si bien es verdad que Asía ha tenido hasta ahora una evolución regresiva y Occidente se ha convertido en el vellocino de oro al que adoran los infieles, quien puede asegurar que el futuro no nos depare un destino distinto a la gloria que pensamos nos corresponde. Tampoco ellos pensarían que iban a acabar así. Estamos viendo como despierta el dragón asiático. Quizá un día sean ellos los que envíen cooperantes. En el bien de nuestras conciencias seamos solidarios y con ello demostraremos que nuestro progreso no sólo ha sido técnico sino humano. No existe ninguna política justa que no sea solidaria, no existe un hombre justo que no de algo de lo que tiene.


No hay árbol que el viento no haya sacudido. (proverbio Hindú)