MIRA QUE TE LO ADVERTI

Anoche cuando llegamos no quise quedarme con una primera impresión, era demasiado pronto, la oscuridad podía crear falsos fantasmas, pero es inevitable que tomes contacto con esta realidad. El aeropuerto era una especie de almacén, al que daba paso una escalera. Cada escalón contenía todas las especies de insectos conocidas, moviéndose unos, dando los últimos estertores otros. No era que me daba miedo pisarlos, me acorde que debíamos ponernos el repelente sin más dilación, lo llevaba en el bolsillo en una bolsa de plástico de las que se necesitan para pasar líquidos en los aeropuertos.
Nos esperaba Pierre, nos identificó enseguida, no era difícil, casi todos eran negros. Tampoco él era fácil confundirlo con un lugareño, blanco, delgado, con aspecto de misionero. Nos trajo en coche hasta el hospital, cruzando una larguísima avenida asfaltada y flanqueada en algunos puntos por bancos, embajadas, comercios. No es lo que crees. No se había trasformado cenicienta en una princesa, ni la calabaza en un carro tirado por hermosos corceles. La calle era muy ancha, asfaltada pero con baches que hacían traquetear el viejo jeep en el que nos movíamos. Las embajadas o incluso la casa presidencial que pasamos eran sobrios edificios de líneas rectas, ningún resto del estilo colonial, si es que lo hubo alguna vez. Eso sí, como en el resto del mundo, mucho militar y todos armados. Deben ser baratos, los militares y las armas. El resto de edificios ya no necesitais que os los describa. El barrio donde está el hospital no tiene luz eléctrica, se llega tras cruzar el río, que ahora es un mar, recién salido como está de la estación de las lluvias. Aún no he visto el hospital, sé que funciona con un grupo electrógeno, pero teníamos luz en la habitación, es grande pero no debe ser muy distinta de las celdas de un penal. La cama con mosquitera y los grillos (de esos negros pequeñitos) por el suelo, paredes y alguno que saque de la mosquitera. El baño lo cuento otro día.
No cambié anoche la hora y me he levantado a las seis (hay una hora menos de diferencia horaria), había quedado con Javier a las siete. Cuando he salido de la habitación, sin duchar todavía, pero rociado de repelente, he regresado a por la cámara. Amanecía un sol redondo, rojo, sobre el río que ayer me pareció una mancha oscura y que esta mañana recuerda a los ríos africanos de las películas. Me quedaré con esto como principio de una pequeña aventura que no se puede decir que no te lo advertí, va a ser preciosa.